El rey de los lobos 1 Capítulo 38
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Capítulo 38

C allum se ha ido? ¿Después de todo lo que pasó entre nosotros?

Anoche traicioné a mi reino al besarlo.

A pesar de ello, se ha ido a buscar al rey de los lobos… alguien que, sin duda, me ejecutará o me enviará de vuelta con Sebastian. Y ni siquiera se ha despedido.

La vergüenza me recorre todo el cuerpo. Vergüenza porque algo tan trascendental para mí no significara nada para él. Me pregunto a cuántas mujeres habrá besado para que sea así.

Me obligo a adoptar una expresión de indiferencia.

No pienso dejar que esta víbora se dé cuenta de que la noticia me ha afectado.

—Sabía que se iría pronto a buscar a su rey, pero no sabía que lo había hecho ya. Si intentas causar problemas, no vas a conseguirlo.

Blake eleva la comisura de los labios.

—Qué lástima, me gustan los problemas.

—¿Por qué has venido?

—Estoy buscando algo. —Saca un libro con la encuadernación azul de la estantería—. Ah, aquí está.

No veo el título completo, pero capto la palabra «folclore» escrita en una elegante caligrafía en la cubierta y estrellas doradas en el lomo.

Se lo mete debajo del brazo y se dirige a la puerta.

—¿Qué libro es ese? —pregunto.

Se detiene y tensa los hombros. Es evidente que no quiere que sepa lo que está leyendo. Sin embargo, cuando se gira, muestra una expresión impasible.

Señala la pila de libros sobre medicina junto a mi cama.

—¿Estás intentando averiguar si podrías haberla salvado?

Cierro el puño con fuerza alrededor del abrecartas. Emplea un tono casual, como si la muerte de mi madre fuera algo insignificante.

—Eso no es asunto tuyo.

—¿Qué síntomas tenía? —Como lo miro fijamente sin decir nada, se encoge de hombros—. ¿No quieres saber si yo podría haberla salvado?

Se me acelera la respiración.

—No podrías haberlo hecho. Serías un niño cuando murió.

—Igual que tú.

Espera. Odio que sepa lo desesperada que estoy por obtener respuestas.

—Tenía sudores fríos, fiebre, temblores y dolor —espeto antes de que pueda cambiar de opinión sobre si confío en él—. A veces tenía alucinaciones y le costaba curarse. Estaba… débil. Se debilitaba más a cada día que pasaba.

—¿Estaba peor por las mañanas o por las noches?

Recuerdo su frágil silueta en la cama con dosel mientras la luz del sol se colaba por las contraventanas.

—Por las mañanas.

—¿Recibió algún tratamiento para su enfermedad?

—Sí.

—Supongo que alguna poción o infusión, ¿verdad?

Asiento al recordar el horrible olor del líquido de hierbas que le obligaban a ingerir. Recuerdo también el sabor de cuando me lo daban a mí porque también me había puesto enferma.

—¿Y tu padre quería a tu madre?

—Y eso qué tiene que ver.

—Responde a la pregunta.

Aprieto los dientes.

—Mi padre no quiere a nadie.

Blake se encoge de hombros.

—No me suena a ninguna enfermedad conocida. —Sale al rellano y se detiene—. Ten cuidado, pequeña liebre. Fiona también se ha ido. Isla se ha quedado a cargo de tu bienestar. Estás sola entre lobos.

Cuando se va, me acerco a la ventana con los puños apretados. No sé si Blake pretendía asustarme, provocarme o ambas cosas. ¿Cómo se atreve a atraerme con preguntas sobre mi madre? Independientemente de eso, no puedo creer que Callum me haya dejado a solas.

Una bruma flota sobre el lago y serpentea alrededor de los picos de las montañas. La enormidad del paisaje me hace sentir pequeña.

Pregunto cuánto tiempo estará fuera Callum. Quiero desahogarme con él.

Pero también me da miedo su regreso.

Porque, cuando vuelva, lo hará con el rey de los lobos.

Los dos días siguientes agradezco tener un trabajo en las cocinas. Me distrae e impide que mis pensamientos vaguen hacia terrenos demasiado oscuros.

Callum cree que llevar su collar me mantendrá a salvo, pero sin él en el castillo, la hostilidad que sienten los demás hacia mí es más palpable.

Cuando voy a las cocinas por la mañana, Magnus y su amigo con cara de rata me gritan comentarios lascivos al pasar por delante para irse a entrenar.

Una tarde, cuando estaba recogiendo hierbas en los jardines de la cocina, Isla le susurró algo a su amiga y se rieron en voz baja.

Solo me hablan la señora McDonald y Kayleigh…

Los demás se limitan a mirarme con desprecio.

No quieren a una humana entre los suyos.

Al menos, la tira de tartán rojo que me rodea el cuello me ahorra problemas más graves.

Como todo lo que puedo a la hora de la comida para no tener que bajar una vez ha oscurecido, cuando fluye el alcohol y empieza a sonar música de gaitas.

Ignoro los comentarios de Isla y las miradas lascivas de Magnus.

Me paso el resto de los días leyendo mientras la ira que llevo dentro crece entre espinas y brotes.

¿Por qué me ha abandonado Callum?

¿Estará bien?

La tercera mañana me despierto al alba. El sol todavía no ha salido y el aire huele extrañamente a perfume y rosas. No he dormido bien porque he estado soñando con lobos, naturaleza indómita y oscuridad.

Me giro hacia la mesita de noche para coger el collar de Callum.

Se me para el corazón.

«No».

Bajo de la cama de un salto y aparto los libros, lo cual hace que unos cuantos pergaminos caigan al suelo.

Se me hiela la sangre y, a continuación, me hierve.

El collar no está aquí.

Alguien ha estado en mis aposentos.

Se me forma un huracán en el pecho, mucho más salvaje que el viento que hace traquetear la ventana de mis aposentos.

«Isla».

Tiene que haber sido ella.

Atravieso la habitación a zancadas, abro la puerta del armario y me pongo el primer vestido que veo.

¿Cómo se atreve ? Bajo la escalera de caracol hecha una furia hasta llegar a un pasillo.

Me dirijo al Gran Salón y pienso demostrarle a Isla que se ha equivocado al meterse conmigo.

Voy a mostrarle lo que pasa cuando decide robarle algo a la princesa de…

Me choco con una gran masa de cabello oscuro y músculos definidos y me tambaleo en el pasillo iluminado por las antorchas. Me da un vuelco el estómago y siento que mis pies echan raíces y me anclan al suelo de piedra.

—Hola, cielo —canturrea Magnus. Una lenta sonrisa se abre paso en su rostro y revela que le falta un diente.

Sus dos amigos, el hombre con rasgos parecidos a los de una rata y el musculoso con la barba oscura, lo rodean, ambos bloqueándome el camino con sus kilts verdes.

Por un momento, no puedo moverme. Acto seguido, mis instintos entran en acción.

Me doy la vuelta e intento volver corriendo por el pasillo, pero el grandullón me agarra por el brazo.

—¡Suéltame!

Intento zafarme, pero su agarre es como el acero.

—¿Dónde vas, cielo? —espeta Magnus.

El aire apesta a sudor. Magnus recorre mi cuerpo de arriba abajo con la mirada y se me hiela la piel allí donde la posa.

Aprieto los dientes y le dirijo una mirada fulminante.

—Cuando Callum se entere…

—Callum no está aquí. Y no llevas su collar. —Da un paso hacia mí y su punzante hedor me impregna las fosas nasales. Casi me entran arcadas—. Eso te convierte en terreno permitido.

—Pagarás por esto. —Intento apartarme, pero la gigantesca mano me agarra el brazo con más fuerza—. Callum os matará, idiotas.

Los tres se echan a reír y ese algo salvaje y espinoso que lleva días gestándose en mi interior se enciende.

—Os haré pagar por esto.

—No hace falta ponerse así —dice Magnus—. Aquí todos podemos ser amigos. Ahora, me parece que sabemos algo sobre ti que no quieres que sepa el rey en funciones, princesa . ¿Qué vas a hacer para evitar que…?

El calor de otra persona me envuelve la espalda y una mano esbelta me rodea el cuello. El tiempo se ralentiza cuando siento el susurro de la seda contra mi garganta. El corazón me late con tanta fuerza que creo que se me va a salir del pecho. El lúgubre pasillo se inclina a mi alrededor.

Me obligo a calmarme y todo vuelve a enfocarse. Cierro los puños, preparada para luchar.

Solo que Magnus y los otros dos ya han retrocedido con el miedo reflejado en la mirada.

—Lo sentimos. No lo sabíamos. —Magnus muestra una expresión cautelosa—. Creíamos que era de Callum. Si hubiéramos sabido que era tuya… nunca habríamos…

Como no obtienen respuesta, se apartan y se escabullen hacia el Gran Salón.

Me doy la vuelta con el corazón en la garganta.

Y me encuentro cara a cara con Blake.

Tengo la respiración tan acelerada como la mente que intenta procesar lo que acaba de pasar, lo que aún está pasando.

—Yo… ¿Qué estás…?

Su mirada baja al collar que me rodea ahora el cuello.

Su collar.