Capítulo 37
U n golpe en la puerta me despierta.
¿Cómo voy a poder enfrentarme a Callum esta mañana?
Bloqueo la vergüenza que invade mi cuerpo cuando recuerdo lo atrevida que fui, lo enfadada que estaba cuando se marchó.
Bloqueo también otros sentimientos… unos sentimientos que no quiero reconocer.
Sentimientos que me calientan la sangre y me estremecen el alma.
También aparto a un lado los extraños sueños sobre lobos, montañas y monstruos en la oscuridad.
Respiro hondo.
—Adelante.
—Hola, pequeña liebre.
Me da un vuelco el estómago y las sábanas caen hasta mi cintura cuando me incorporo de golpe.
Blake se asoma por la puerta. Lleva unos pantalones oscuros y una camisa negra que le sienta de maravilla. Parece un príncipe malvado salido de las historias de mi madre. Su cabello oscuro y revuelto como si se hubiera pasado los dedos por él varias veces acentúa aún más esa impresión.
Esta mañana no estoy de humor para él.
—¿Qué haces tú aquí?
Desvío a la mirada a la mesita de noche en busca del abrecartas que traje. Solo veo una pila de libros sobre medicina, una vela casi consumida y el collar de tartán rojo de Callum sobre la superficie.
—¿Buscas algo? —pregunta.
Se saca un paquetito de tela del bolsillo y lo desenvuelve. Revela mi abrecartas de plata. Había olvidado que se lo había lanzado durante la luna llena.
Me lo tiende y el filo brilla bajo la fría luz del sol.
Con cautela, bajo de la cama y camino hasta él. Permanece atento a mis movimientos. Cuando alargo la mano para coger la pequeña arma, separa levemente los labios.
Dejo caer el brazo.
—¿Por qué quieres que lo coja? ¿Qué le has hecho?
—Nada.
Parece analizarme. Es alto y tengo que levantar la cara para mirarlo. Me da la sensación de que me está desafiando y no quiero acobardarme. Tampoco puedo evitar que una leve chispa de interés se encienda en mi interior.
Al igual que Callum, Blake es un alfa. Debe de tener la misma edad más o menos. Habla con el acento de las Tierras del Sur y dice que trabajó en la guardia del rey. ¿Cómo alcanzó un puesto tan alto entre los lobos?
—¿Por qué elegiste venir aquí, pequeña liebre? —pregunta Blake.
—No lo elegí. Me secuestraron.
—Ajá. —Le brillan los ojos como si supiera que estoy mintiendo.
Retira el abrecartas de la tela y su piel sisea cuando la plata entra en contacto con sus dedos.
Le da la vuelta de manera que lo sujeta por el filo y me ofrece la empuñadura.
—No le he hecho nada —dice—. Cógelo.
Lo dejo en su mano un instante más, a sabiendas de que se está quemando. Acto seguido, lo cojo. Su mirada se desvía a mi mano, mi rostro. La curiosidad se enciende en su mirada.
Su expresión vuelve al aburrimiento mientras se acerca a mis estanterías.
—Sal de mis aposentos —espeto.
Pasa el dedo índice por los lomos polvorientos.
—¿Estás segura de que son tus aposentos?
Me invade una horrible sensación. Observo la pila de libros sobre medicina, los extraños frascos de hierbas y el oscuro tomo con experimentos manuscritos que he estado leyendo.
Me había dicho a mí misma que no quería llegar a conocer nunca al anterior dueño de esta habitación.
Observo a Blake mientras pasa el dedo por los libros.
—Esta era tu habitación, ¿verdad? —pregunto llanamente.
—Es mi habitación. Ya no duermo aquí, pero la uso para guardar algunas de mis pertenencias más interesantes.
No me gusta nada cómo suena eso… Es como si me estuviera almacenando a mí también aquí.
—Vete, Blake. A Callum no le hará ninguna gracia cuando le cuente esto.
Blake se gira y apoya un codo en la estantería.
—¿No te lo ha dicho?
—¿Decirme qué?
—Callum no está aquí.
Frunzo el ceño.
—Mientes.
Se le forma un hoyuelo en la mejilla.
—Ha salido esta mañana. Se ha ido a buscar al rey de los lobos.
Se me hielan las entrañas.