El rey de los lobos 1 Capítulo 36
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Capítulo 36

D oy un paso atrás para dejar a Callum entrar en mis aposentos.

Cierra la puerta con suavidad tras él y se gira para mirarme.

Transporta el aroma del exterior y tiene el cabello húmedo y revuelto. Me pregunto si habrá estado en el lago, aunque la noche sea completamente oscura al otro lado de la ventana.

Tiene una expresión seria y veo cierto brillo perdido en su mirada. Parece incluso nervioso.

Se pasa una mano por la nuca y deja escapar un largo suspiro.

—Lo lamento mucho —dice al fin con voz ronca—. Mi comportamiento de antes. Quiero… quiero que sepas que yo no te haría daño. Jamás.

Me perfora con la mirada en una súplica silenciosa para que le crea.

Está tan cerca que podría tocarlo. Diosa, deseo hacerlo. Ninguno de los dos se mueve. Sus manos permanecen firmes a los lados de su cuerpo y tiene los antebrazos tensos como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente para demostrarme que puede comportarse como un caballero.

Una parte de mí de la que me avergüenzo no quiere que lo haga.

—Lo sé —susurro.

Noto el aire cálido y tenso. Agobiante. Necesito romper la tensión como sea antes de que me rompa a mí.

—¿Has recibido el mensaje de tu rey?

—Sí. Necesita mi ayuda. Tendré que partir en los próximos dos días para ir a su encuentro.

La tensión aumenta. Trago saliva.

Me fijo en el modo en el que la luz de la luna se refleja sobre su piel.

—Es un poco tarde para un baño, ¿no crees?

Suelta una carcajada.

—Pues sí. Un poco. Tenía demasiada energía y necesitaba sacarla de mi sistema.

Creo que es la misma sensación que lleva recorriéndome el cuerpo toda la noche. Pienso en lo que estaba a punto de hacer antes de que llamara a la puerta.

—¿Ha funcionado?

Crispa la mandíbula.

—No demasiado.

—Y, aun así, has vuelto.

—No puedo mantenerme alejado.

Hay algo tan primitivo en su voz que hace que me dé un vuelco el estómago.

—Quería mostrarte… —Me acaricia la mejilla con cautela—. Quería mostrarte que puedo ser amable.

De nuevo me siento como si me hubiera tragado los vientos de las Tierras del Norte. Se agitan en mi interior, rugen en mi pecho y exigen que los libere.

Me obligo a mantenerme libre, a no revelar la ferocidad que crece en mi interior.

Aunque anhelo esa liberación.

Anhelo gritar, morder y rasgar algo. A él. Quiero que la tormenta que lleva días gestándose, tal vez desde que Callum puso el pie por primera vez en mis aposentos durante el asalto y me echó sobre su hombro, estalle de una vez.

Por el modo en el que respira, me pregunto si él también está reprimiendo algo.

He visto lo que tiene encerrado en su interior.

Es muy diferente de la tormenta que se está gestando en mi pecho, pero igual de salvaje.

Le toco el pecho para sentir su corazón desbocado.

Me pregunto si la bestia de su interior despertará.

—Pues muéstramelo —le digo.

Arquea las cejas. Sonríe.

Me sostiene la mejilla y me roza los labios con los suyos. Se mantiene fiel a su palabra y se muestra tierno y contenido.

Sin embargo, el beso desata algo violento en mi interior.

—Llevo mucho tiempo deseando hacer esto, princesa.

Agarro su camisa con los puños y tiro de él.

Capto un destello de sorpresa en su mirada antes de que su boca se estrelle contra la mía.

Desliza una mano en mi pelo y me echa la cabeza hacia atrás. Me separa los labios con la lengua y un sonido áspero escapa de su garganta y vibra en mi interior mientras me saborea. El aroma a leña y montaña me impregna la nariz. Estoy ardiendo y ahogándome en él al mismo tiempo.

Se me escapa un suave gemido.

—Joder —dice con voz ronca y primitiva contra mis labios.

Me agarra por las caderas para acercarme a él y me aprieto contra su cuerpo, desesperada por aliviar el dolor cada vez mayor.

Profundiza el beso mientras me arrincona contra la pared y desliza el muslo entre mis piernas. Jadeo cuando me atraviesa una chispa de placer.

Lo agarro con más fuerza y presiono sus duros músculos bajo la camisa con los nudillos. Mueve la lengua en embestidas ardientes y profundas contra la mía y su sabor es puro calor. Solo puedo pensar en más.

Tengo los sentidos agudizados: el agarre de sus dedos alrededor de mis caderas, el roce de su barba contra mi barbilla, su dureza. El calor se acumula en el centro de mi cuerpo.

¿Esto es lo que significa ser un lobo? ¿Ser consciente de cada sensación?

Es abrumador. Y, sin embargo, no es suficiente.

Me remuevo contra su muslo y gimo ante la fricción. Un gruñido grave retumba en su pecho y refuerza el agarre sobre mis caderas.

Me quedo inmóvil. He llegado demasiado lejos. He perdido el control. Necesito calmarme. Necesito…

Sus besos se vuelven más suaves. Insistentes. Como si intentara persuadirme.

—No pares.

Me cubre el cuello de besos, deja un rastro ardiente que me hace gemir y, acto seguido, pasa a mordisquearme los lóbulos de las orejas.

—Puedo con ello. No pares.

Veo al lobo en sus ojos.

Su boca vuelve a estar sobre la mía con un beso intenso y exigente. El dolor crece entre mis piernas y no puedo evitarlo. Muevo las caderas, me presiono contra él cada vez más fuerte y rápido. Respiro de manera superficial. Estoy desesperada. Salvaje. Desatada.

Le paso una mano por el cuello para empujar su boca aún más contra la mía y recibo cada caricia de su lengua con una de la mía. Se le tensan los dedos y gruñe.

Su larga dureza me presiona las caderas.

Quiero tocarlo, arrancar más gemidos roncos de esos labios. Cuando me muevo y paso los dedos por su pecho, se aprieta aún más contra mí y me impide seguir bajando la mano entre ambos.

—No puedo con eso —dice con una risa oscura y aireada.

Su mano busca mi espalda y me atrae hacia él. Tengo los pezones sensibles bajo el tejido del camisón y se frotan contra su pecho con cada respiración entrecortada. Y quiero más.

Me restriego contra su muslo, el calor aumenta y noto que el rubor se extiende por todo mi cuerpo.

Lo que fuera que se liberó en mi pecho cuando Callum me puso sobre su hombro en el castillo ha vuelto a escapar.

Ruge en mi interior, primitivo, libre y salvaje.

Ya no soy una princesa, una prisionera ni una estatua.

Ya no estoy atrapada en una jaula ni en un castillo.

Ya no hay cadenas ni anillos de compromiso que me aten.

Callum gruñe contra mis labios como si pudiera notar el cambio en mi interior.

Algo se tensa dentro de mí, arde, crece.

Entonces me invade. Callum me presiona la lengua con la suya reclamando mi liberación mientras me recorre en una fuerte oleada. Me tiemblan las rodillas y él me sostiene y me impide caer mientras mi respiración agitada azota sus labios.

Gruñe con el sonido más grave y animal que he oído en la vida.

Maldice en voz baja.

Y, antes de que pueda ser consciente de lo que está pasando, me levanta en brazos.

Le envuelvo la cintura con las piernas presionando mis partes íntimas contra su duro torso.

Acto seguido estamos en mi cama, cuya estructura cruje bajo su peso.

Está encima de mí, con los antebrazos a ambos lados de mi cabeza mientras flota ante mi rostro.

Me sostiene la mirada con sus ojos de lobo, tan salvajes e indómitos como en el bosque. Tiene la mandíbula dura, los bíceps grandes y tensos… como si todavía se estuviera conteniendo.

Le acaricio la mejilla y paso el pulgar por sus labios hinchados.

Mueve las caderas contra mí sin dejar de mirarme con esos ojos salvajes y gimo cuando su larga dureza me roza ahí abajo.

Gruñe una vez más mientras desciende y me deja un rastro de besos por la mandíbula, el cuello y las clavículas. Sus ojos brillan en la oscuridad cuando acerca la boca a mi pezón y succiona a través de la tela.

Suelto un gemido y se me arquea la espalda.

Su boca vuelve a estar sobre la mía, caída, profunda y exigente.

Le clavo los dientes en el labio inferior.

Gruñe, me agarra por la muñeca y me inmoviliza contra el colchón. Qué fuerza… ¡Diosa, qué fuerza! Me invade una oleada de euforia y puro calor.

A continuación se queda quieto.

Tensa todos los músculos del cuerpo.

—¿Callum? —susurro con la voz extraña y entrecortada.

Inhala bruscamente y deja escapar una media risita.

—Tal vez no pueda controlarme.

Se aparta de la cama tambaleándose.

Tiene la respiración agitada. No sé si es agua del lago o sudor lo que brilla sobre su piel.

—Joder.

—¿Qué pasa?

Me siento y él se estremece con los músculos rígidos. Dirige la mirada a la estrecha ventana y la débil luz de la luna antes de fijarla de nuevo en mí.

—¿Callum?

—Me noto… me noto… raro.

Bajo de la cama y me acerco a él.

—Callum, dime qué te pasa.

—Me siento… Me siento como… —Tiene los puños apretados a los lados.

Cuando me mira a los ojos, parece… cauteloso.

—Callum, no pasa nada —digo en voz baja como si intentara calmar a un animal salvaje.

No estoy segura de qué le pasa. Tiene todos los músculos del cuerpo tensos y rígidos. Se le marcan los bíceps debajo de la camisa y tiene la mandíbula apretada. Puede que la sensación de necesidad que palpita en mi cuerpo también lo haga en el suyo.

Me dijo que no dejaría que nadie me tocara, incluido él. ¿Es eso lo que le preocupa? ¿Tocarme?

¿O acaso intenta ocultar al lobo de su interior?

—No tengo miedo —le digo.

Una vena palpita en su cuello.

—Es que no… —empieza y niega con la cabeza—. No es…

—No pasa nada —lo tranquilizo.

Camino en silencio sobre los fríos tablones del suelo hacia él, pero me paro cuando gruñe.

—No —dice y capto poder en la orden. Me quedo paralizada con expresión seria.

—Dime qué pasa.

Respira profundamente y se gira hacia la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —Mi voz aguda atraviesa las sombras.

—Tengo que irme.

Me siento como si me hubieran tirado un cubo de agua helada encima. Acabo de compartir con él algo que no he compartido nunca con ningún hombre. Algo que tengo prohibido. ¿Y ahora pretende marcharse sin más?

Algo en mi pecho se quiebra como el cristal, agudo y doloroso.

Trago saliva y levanto la barbilla intentando parecer una dama de la nobleza a pesar de que llevo un camisón y de que acabo de experimentar algo que no tendría que haber experimentado.

—Sí, debes irte —respondo—. No es apropiado que vengas aquí a estas horas. Soy la princesa de las Tierras del Sur y estoy prometida con otro hombre. Te has tomado demasiadas libertades conmigo.

Se le tensan los hombros y se le quiebra la expresión.

—Tienes razón. Lo lamento, princesa.

Se me parte el corazón. Quiero que luche por mí, que me diga que nunca va a devolverme a Sebastian.

Pero me pongo una máscara y no permito que vea mi verdadero rostro.

Se marcha a paso apresurado, como si no pudiera alejarse de mí lo bastante rápido.

Observo la puerta cerrada con la respiración entrecortada.

Quiero gritar. Quiero atravesar el bosque y aullarle al viento. En lugar de eso, hago lo que hago siempre y me lo trago. Me trago los sentimientos, el dolor y la rabia. Dejo que la oscuridad me envuelva, que las sombras apaguen las llamas de mi alma hasta que me quedo fría y vacía.

Más tarde, cuando me tumbo sobre las almohadas y recuerdo lo que ha pasado, se me ocurre algo.

Callum estaba asustado.

Y mañana averiguaré por qué.