Capítulo 34
E stoy desnuda.
Pese a lo mucho que me arden las mejillas, el agua de la bañera se me antoja fría de pronto. La luz grisácea que se cuela por la ventana resulta reveladora.
Se supone que no debo permitir que ningún varón me vea desvestida, y ahora estoy en una estancia en la que hay dos.
Y lo que es peor: Blake parece divertirse bastante con la situación.
Por un tenebroso instante, siento deseos de que Callum lo estrangule.
Al cabo de unos segundos retrocede.
Blake no consigue disimular la gran bocanada de aire que se ve obligado a tomar antes de alisarse la ahora arrugada camisa de cuello torcido. Tiene el pelo alborotado y las mejillas ligeramente rosadas. Aun así se las apaña para mantener una pose altiva.
—¿Qué rey? —pregunta Callum.
Blake se apoya en el quicio de la puerta y compone una expresión de hastío con sus facciones.
—El nuestro —responde con una nota que raya en el sarcasmo.
—¿Qué mensaje?
—¿Sabes? Deberías trabajar ese pronto que tienes, Callum.
—Y tú deberías cuidarte las espaldas.
—Oh, eres demasiado honorable como para que me preocupe por eso.
—¡Por la Diosa, Blake! ¿Me vas a dar el mensaje de una vez —gruñe Callum— o voy a tener que sacártelo a puñetazo limpio?
Los ojos de Blake emiten un destello. Salta a la vista que disfruta de provocar a Callum.
—Está en apuros. Necesita tu ayuda.
—¿Qué clase de apuros?
El enfado que se desprende de la voz de Callum no basta para ocultar el timbre de preocupación subyacente.
—Tal vez deberíamos hablarlo en un lugar con más privacidad. Cuando hayas acabado de bañar a tu mascota, claro.
Con la piel echando humo, me enderezo e intento mantener la compostura.
No me pasa inadvertido el brillo de interés en los ojos de Blake cuando me ve la parte superior de la espalda. Es posible que haya atisbado las cicatrices que me marcan la piel. Me sumerjo tan deprisa que la bañera se desborda un pelín.
—No la mires a ella. Mírame a mí. —Callum se mueve de costado de manera que su cuerpo bloquea la vista—. Sal de mis aposentos de una puta vez. Te veré abajo.
Blake se impulsa desde la pared.
—Mírate, con ropa sureña para impresionar a una princesa. ¿Pantalones? ¿Qué diría tu padre? La Diosa lo tenga en su gloria.
La tensión se apodera de cada músculo del cuerpo de Callum. Recuerdo lo que dijo sobre su padre. Fuera la que fuera su relación, es obvio que no era fácil. Blake ha cruzado una línea.
Algo se endurece dentro de mí. Me olvido tanto de mi desnudez como de mi vulnerabilidad.
Quiero darle donde duele.
—¿Lo saben los demás lobos? —le pregunto.
—¿Saber el qué?
—Que te avergüenzas de ser uno de ellos.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No acudiste al ritual de anoche. —Los gemidos de dolor que me hicieron salir de mi alcoba acuden a mi memoria, igual que el sufrimiento en la cara de Blake cuando me lo encontré—. Intentabas no transformarte.
Él ladea la cabeza en un movimiento que me hace pensar en un gato que está decidiendo si juguetear con un ratón o no.
—¿Y tú ? ¿Lo sabes?
—¿El qué?
—La razón por la que murió tu madre.
La sangre se me hiela en las venas. El tiempo se ralentiza. Ya no soy un ser que viva y respire sin más.
Soy pura furia.
—Ya basta. —La voz de Callum me devuelve a mi cuerpo.
—Sucumbió a una enfermedad —mascullo.
—¿Seguro? —replica Blake.
— Fuera —exige Callum—. Ya .
Blake da un paso hacia el pasillo.
—Espera. —La desesperación de mi voz es lamentable. Los dos hombres se vuelven hacia mí, pero solo Callum parece sorprendido por mi decisión de última hora—. ¿Sabes de qué murió? —le pregunto a Blake.
—No —responde—. Pero me gustaría. ¿A ti no?
Se gira sobre sus talones y desaparece de mi vista.
Callum cierra la puerta. En sus ojos se aprecia la presencia del lobo, movido por la ira esta vez. Su expresión se suaviza en cuanto me mira.
—¿Estás bien, princesa?
El corazón me late demasiado deprisa.
—Sí —respondo en voz baja, aunque no sé si es verdad.
Vuelvo a sentirme expuesta. Pequeña. Tonta. ¿En qué estaba pensando? No debería haber sido tan atrevida. Nada bueno podía salir de ello.
Callum coge una camisa de su armario y se la pone.
—Lo siento, princesa, pero tengo que irme. He de averiguar qué es lo que pasa. Si James tiene problemas…
—Blake puede haber mentido.
Se pasa una mano por la nuca.
—No mentía. Los latidos de su corazón eran tranquilos. Le creo. Termina de bañarte. Vendré a por ti luego.
Se precipita por la estancia mientras se abrocha los botones. Una vez ha abierto la puerta, echa un último vistazo hacia atrás. Sus ojos se ensombrecen. Parpadea un par de veces antes de exhalar un cálido suspiro.
—Probablemente sea lo mejor —murmura.
No tengo claro si me está hablando a mí o a sí mismo, pero se adentra en el pasillo y cierra la puerta a su espalda.
Termino rápido de bañarme.
No sé cómo sentirme después de lo que ha pasado. Es lo más osado que he hecho en mi vida, y si mi padre se enterase, me impondría un castigo más que severo.
Nada es impedimento para que siga sintiendo el toque de Callum en mi piel. Creo que ha estado a punto de besarme, y lo que es peor, deseaba que lo hiciera. Ha despertado una inquietud sin precedentes en mi interior.
Casi echo de menos esos días en los que no sentía nada en absoluto.
Me seco y, como todavía no ha vuelto, decido vestirme e ir a mis aposentos.
De camino me cruzo con Isla y acelero el paso, decidida a no reaccionar ante el cuchicheo despectivo que comparte con su amiga.
La señora McDonald me dijo que no hacía falta que hoy ayudara en las cocinas, así que dedico mi tiempo a estudiar los libros de medicina que hay en mi alcoba.
Lo que ha dicho Blake sobre mi madre se me ha quedado grabado. No consigo olvidarlo.
Leo hasta que la oscuridad repta por mi ventana y tengo que hacer un esfuerzo por distinguir las borrosas líneas de tinta que marcan el pergamino.
Como Callum sigue sin venir, empiezo a preguntarme si no habrá partido hacia alguna aldea de las Tierras del Norte en busca del rey. Me enfada la posibilidad de que se haya ido sin avisarme.
Sin embargo, tras lo que sucedió anoche, me cuesta mucho mantener los ojos abiertos.
Así que los cierro.
Me encuentro en el bosque, tumbada de espaldas.
La luz de la luna se cuela por entre las ramas sobre mi cabeza.
El rostro de Callum está delante del mío. El peso de su cuerpo, del que mana un calor que me abrasa, me ancla a la tierra fresca. Está desnudo. Siento su rigidez contra la cadera.
Un gruñido reverbera en mi pecho, aunque no tengo claro si procede de él, cuyos labios recorren mi mandíbula, mi cuello y mi clavícula, o de mí. Le rodeo la cintura con las piernas.
Y estoy ardiendo.
Las llamaradas se sacuden en mi interior, deseosas de liberarse.
Resulta sofocante. El calor. Lo abrasante que es. La presión que se acumula en mis entrañas.
Le clavo las uñas en la espalda, arrancándole así un jadeo que hace que su boca descienda y una de sus manos ascienda.
Noto una molestia tirante en la entrepierna, allí donde se acumula el calor. Una necesidad acuciante.
—Callum —jadeo—. Callum.
El aire, inmóvil, se me antoja opresivo e implacable.
De las hojas se desprende un susurro.
No estamos solos en este bosque.
Me mordisquea la oreja, lo que me provoca un chispazo por todo el cuerpo. Con un gemido, arqueo la espalda.
Mi mirada se detiene en la figura del lobo que hay entre las sombras.
Avanza hacia mí a través de la maleza.
Abro los ojos de golpe. Tengo el pulso acelerado y el cuerpo ardiente. El ansia que padecía en el sueño no se ha disipado. Mi respiración es rápida y las sábanas se me pegan a la piel. Un líquido cálido se derrama entre mis piernas.
Necesito unos segundos para orientarme: la cama individual, los libros y los tarros en los estantes, la penumbra impuesta por la noche en la que está sumida mi alcoba.
Oigo un estruendo al otro lado de la puerta.
Salto de la cama.
—Aléjate de ella.
La voz grave de Callum retumba a través de la puerta, que abro sin dudar.
Callum tiene a Blake contra la pared, igual que esta mañana.
Sin embargo en esta ocasión, envueltos por la oscuridad, hay algo aún más amenazante en su pose.
Su complexión parece mayor, más indómito.
Blake, tenso, tiene los ojos entornados.
Esta vez está resistiéndose, tal y como sugiere la mano que mantiene en torno al cuello de Callum.
Ambos parecen tener que esforzarse bastante para respirar.
Se giran para mirarme y yo tomo aire con brusquedad.
Callum parece estar desatado. No hay otra palabra para describirlo. Sus ojos refulgen, tan salvajes como lo eran cuando estaba del todo transformado en lobo. Su respiración es errática y pesada.
—Vuelve dentro —dice Blake—. Ya .
—¿Callum? —tanteo con cuidado.
Él suelta a Blake y se vuelve para mirarme. Parece distinto. Salvaje. El instinto de cazar reluce en sus ojos.
Se queda ahí, totalmente inmóvil.
Debería estar asustada. Asustada de él . Pero la razón por la que mi pulso se acelera no tiene nada que ver con eso.
—¿Callum? ¿Qué pasa?
Y empieza a acercarse a mí.