Capítulo 33
C allum se queda de piedra.
Como no está de cara a mí, puedo apreciar la rigidez que se apodera de los músculos de su espalda. Creo que no respira. Creo que yo tampoco.
Nos hemos quedado congelados en el tiempo.
Noto el alocado latido de mi corazón en los oídos.
«¿De verdad he dicho eso?».
Él se da la vuelta, abre la boca y luego la vuelve a cerrar.
—¿Qué has dicho? —Su voz tiene un timbre ronco y áspero como la gravilla.
Alzo el mentón.
—Creía que los lobos tenían un oído sobrehumano.
Suelta una tenue carcajada.
—Correcto, pero no es posible que hayas dicho lo que me parece que has dicho.
—¿Por qué no?
Puedo notar como su pecho asciende y desciende a una velocidad más pronunciada de lo habitual, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo por mantener la respiración bajo control.
—¿Quieres…? ¿Quieres que te dé un baño?
—Eso he dicho.
—Eres consciente de que es necesario que te quites la ropa para que pueda hacerlo, ¿verdad?
—Soy muy consciente de en qué consiste darse un baño, Callum. Me he dado muchos a lo largo de mi vida. Imagino que con más frecuencia que tú.
Él ríe al tiempo que menea la cabeza. Su rostro adquiere un matiz de exasperación.
—Pero imagino que nunca lo has hecho asistida por un varón, ¿o sí?
—En palacio siempre había gente trajinando a mi alrededor mientras me bañaba. No veo por qué esto habría de ser diferente.
Él tensa la mandíbula.
—Es diferente.
—A los lobos no parece que os suponga mucho problema ir por ahí sin ropa. No veo por qué a mí deberían aplicárseme unas normas distintas.
Me bajo de la cama y Callum se pone rígido al ver que me acerco a la bañera. Soy increíblemente consciente de cómo sigue cada uno de mis movimientos. Es agradable ser dueña por completo su atención.
Paso una mano por el agua. Su calidez resulta reconfortante y el vapor que desprende está impregnado de un aroma a lavanda que se mezcla con el olor a leña quemada.
Me pregunto si ha sido Isla la que lo ha preparado.
La idea de echar a perder los planes más que obvios que tenía para seducir a Callum me satisface tanto que me sorprende.
Echo un vistazo por encima del hombro hacia Callum, que se mantiene cauto.
—¿Qué pasa? —inquiero.
—Vas a meterme en un lío.
Qué bien me lo estoy pasando.
—Creí que querías lavarme.
—Correcto. —Sus ojos se oscurecen hasta adquirir la tonalidad del bosque por la noche—. Quiero.
Miro el agua humeante.
Por mucho que esté disfrutando de tener el control de la situación, no se me escapa que, si hago esto, será lo más osado que he hecho en mi vida.
He dicho que no hay diferencia entre este y los baños que me daba en palacio, pero ambos sabemos que sí la hay. Ningún hombre me ha visto desnuda jamás. Se supone que eso es algo reservado para mi esposo.
Para Sebastian.
Para un individuo que obliga a los hombres del norte a pelear por deporte, que me amenazó, que despelleja vivos a los lobos, que hirió a Ryan y que dijo que me abandonaría a merced de Callum en la perrera una vez hubiera acabado conmigo.
Sebastian no me ve como nada más que un premio, un trofeo del que presumir, un objeto con el que hacer lo que le plazca.
Pero ¿qué hay de lo que yo quiero?
En esta habitación, el crepitar del fuego es lo único que quiebra el silencio. Noto la mirada de Callum sobre mí, a la espera de ver qué hago. La tensión en la habitación es palpable; el aire, irrespirable.
—Princesa…
Su voz suena ahogada. Casi suplicante. Aunque no sé exactamente qué es lo que suplica. Tampoco creo que él lo sepa.
Con dedos temblorosos, deshago los nudos de la parte trasera de mi vestido. Bajo las mangas y dejo que caiga a mis pies, lo que me deja solo con un camisón negro.
Callum, con la mano cerrada en un puño que mantiene a un costado, abre más los ojos. La distancia que nos separa parece palpable.
No se mueve. Vuelve a ser ese alfa del recinto de lucha: tenso, listo para la batalla.
No quiero que vea las tenues cicatrices de mi espalda, procuradas por el sumo sacerdote. Así que lo miro de frente mientras agarro el borde del camisón. Él aprieta la mandíbula.
—Princesa… —repite, y no estoy segura de si se trata de una advertencia o de un ruego.
Mientras imagino que estoy de vuelta en palacio, que me desvisto simple y llanamente para uno de mis habituales baños, me lo saco por la cabeza y quedo completamente expuesta ante él.
Callum inspira, con los labios un tanto separados. Deja escapar el aire, trémulo.
Mantiene la vista fija en mí. En la dureza de su mandíbula se atisba determinación. En su expresión también se distingue cierto grado de desafío. Como si estuviera luchando contra algo.
Pero entonces baja la mirada.
Y por la Diosa que siento el peso de sus pupilas en mi cuerpo. Pese a estar cerca del fuego, se me endurecen los pezones. Noto mis pechos más pesados que de costumbre, hinchados. Y siento una punzada entre las piernas.
No me puedo creer que esté haciendo esto. Debería coger el camisón y taparme. Sin embargo, permito que sus ojos recorran mi piel, y me siento poderosa. Me gusta cómo cambia su expresión, la tensión que se acumula en sus bíceps.
El lobo destella tras las pupilas de Callum. Los cierra un momento y maldice por lo bajo.
Yo me meto en la tina de cobre. Percibo el agua caliente y aromatizada a medida que me sumerjo en ella, y dejo que relaje mis músculos y me envuelva hasta que lo único que queda en la superficie son mis hombros y mi cabeza.
Callum tiene aspecto de estar sufriendo. Nunca he visto a nadie tan en tensión.
—¿Y bien? —exhorto.
El fantasma de una sonrisa trasluce en sus labios. Parpadea un par de veces y arquea una ceja.
—¿Te he comentado que la gente no suele dirigirse a mí en ese tono?
—Unas cuantas veces.
Él suelta una risilla burlona. Sacude la cabeza en un gesto de negación y cruza la estancia. Con cada paso que da en mi dirección, el corazón se me desboca un poco más.
Una vez junto a la bañera, se pone de rodillas de manera que su rostro queda a la altura del mío. El calor de su cuerpo y el embriagador aroma que desprende se mezclan con el vapor.
—¿Estás segura de esto? —pregunta.
—No es para tanto —respondo, aunque me siento más atrevida que nunca en mi vida—. Me han lavado un montón de veces. Solo es un baño.
Sus ojos centellean, como si fuera capaz de detectar la mentira.
Se pasa los dientes por el labio inferior y, por un terrible momento, me parece que va a marcharse.
Vuelve a reír y a sacudir la cabeza.
Estira el brazo para hacerse con la pastilla de jabón y el paño que descansan sobre la bandeja que hay en el suelo y después pasa la mano por el agua.
No me toca, pero por el modo en que siento su calor en el torso bien podría haberlo hecho.
Frota el jabón con sus grandes manos, lo que no tarda en impregnar de su fragancia toda la alcoba.
La diversión desaparece de su semblante.
—Puedo olerlo en tu cara.
Recuerdo el lametón que me dio Blake anoche.
Me sumerjo en el agua y me froto las mejillas. Una vez fuera, los músculos de Callum parecen haberse relajado un poco.
—¿Mejor? —pregunto.
—Sí. —Me regala una tenue sonrisa—. Bastante.
Me pasa el paño enjabonado por el hombro antes de seguir con el brazo. Percibo el calor de la palma de su mano pese a que su piel ni siquiera me roza.
Me recreo en la extrañeza de esta nueva sensación. Nadie me ha tocado así nunca. Debería sentirme vulnerable, expuesta. Sabe la Diosa que así es como estoy. Pero mi cuerpo se muestra dócil bajo su tacto. Es como si sus manos estuvieran hechas para mí.
Él desliza el paño por la clavícula mientras a mí se me aceleran las pulsaciones, y contempla la estela de espuma jabonosa que deja tras de sí. Su mano parece inmensa en contraste con mi cuerpo.
Devuelvo la mirada a su rostro.
El calor que palpita en mi entrepierna y que no tiene nada que ver con la temperatura a la que está el agua no me impide echarme a reír al verle la cara.
Tiene la mandíbula rígida por la determinación; no creo haber visto nunca a alguien tan concentrado.
Sus manos se hunden bajo el agua, despacio, en dirección a mis pechos. Noto el roce de su pulgar contra la hinchazón de uno de ellos y comprendo que él debe de ser capaz de oír lo rápido que me va el corazón.
¿Por qué me apetece tanto provocarle?
—Creo recordar que dijiste que jamás me tocarías —murmuro.
—No te estoy tocando. —La seriedad de su mirada recae en su mano, que aparta de mis pechos—. Toco la tela. Y la tela te está tocando a ti.
Una carcajada que no sabía que estaba conteniendo escapa de entre mis labios.
—¿Qué?
—Nada… Es solo…, tú. —Miro deliberadamente su mano, extendida sobre mi pecho. La tela apenas se distingue debajo de ella—. Yo desde luego sí consideraría que esto es tocarme.
Él esboza una sonrisa.
—Si de verdad te estuviera tocando, te aseguro que lo sabrías, princesa.
«Y lo sé», quiero decirle. Sé que me está tocando porque me arde el cuerpo entero y hay algo dentro de mí que ansía liberarse y porque no he conocido a nadie cuyas manos me hayan devuelto a la vida como lo hacen las suyas.
Su semblante se ensombrece, como si se hubiera percatado del viraje de mis pensamientos.
Cierra los ojos de golpe para ocultar al lobo.
—¿Por qué haces eso? —pregunto.
—¿El qué?
Le toco la mejilla, empapándole la piel con mi mano mojada.
—Cierras los ojos cada vez. ¿Te avergüenzas del lobo?
—¿Avergonzarme? No. Nunca. —Abre los ojos para mostrar esos extraños y hermosos iris—. Estoy orgulloso de ser un lobo, pero no quiero asustarte.
—Ya te he dicho que no me asusto.
—Eres muy rara.
—Igual que tú.
Repaso el contorno de su mandíbula con el pulgar. Él, por su parte, alza la mano lentamente hacia mi nuca. Su agarre es firme, y sin embargo mi cuerpo se enternece bajo su toque. Tiene el rostro a escasos centímetros del mío; la calidez de su aliento me acaricia la piel.
Los latidos de mi corazón me retumban en los tímpanos.
—Rory. —Le cuesta hablar, por lo que su voz es casi un susurro. Presiona su frente contra la mía, acerca nuestros labios—. Tienes que pedirme que me vaya. Quiero ser un hombre decente, pero no sé si puedo.
—Callum…
La puerta se abre a nuestras espaldas y una combinación de adrenalina y pudor se apodera de mí.
—¿Qué diantres es esto que me encuentro?
El tono divertido de Blake proviene del umbral. Un destello de ira cruza el rostro de Callum al tiempo que se aparta veloz, con los hombros rígidos.
Yo me sumerjo aún más en el agua, con las mejillas ardiendo y la cara girada para ver al hombre apoyado en el marco de la puerta.
—Anoche me lo pasé muy bien, pequeña liebre. —Los labios de Blake se curvan en una sonrisa—. Deberíamos repetirlo en alguna ocasión.
Callum se levanta con el agua chorreándole por los brazos y cruza la habitación en un par de zancadas. Coge a Blake del cuello de la camisa y lo estampa contra la pared.
—Antes de que hagas algo de lo que te arrepientas —dice Blake con la voz ahogada—, traigo un mensaje del rey.