El rey de los lobos 1 Capítulo 32
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Capítulo 32

C allum carga conmigo a través del bosque sumido en el silencio.

Pese a lo relajado y distendido que se ha mostrado al despertar, su actitud se ha ido crispando a medida que nos acercamos al castillo.

Con cada paso que da, tensa más la mandíbula y los brazos con los que me rodea. Me sostiene los muslos con más firmeza y hunde los dedos en mi piel a través de la tela del vestido. Le veo arrugar la nariz en un par de ocasiones, como si captara un mal olor.

Yo olfateo el aire, pero lo único que me llega es el aroma de las hojas húmedas del bosque.

Me ruborizo, y me pregunto si no seré yo el problema. Anoche sudé bastante al huir de Blake, por lo que imagino que no huelo a rosas, precisamente.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Alza las cejas, lo que hace que me pregunte si le sorprende que me haya dado cuenta.

—Es… Es solo que… —Sacude la cabeza y me dedica una leve sonrisa—. Es una cosa de lobos. No te preocupes.

En cuanto llegamos a la pradera ante las puertas del castillo, reparo en lo tranquilo que está todo por la mañana. Una fina capa de niebla reviste el lago. El brezo y los helechos se ven opacados por la luz grisácea.

Más adelante, unos cuantos lobos cruzan las murallas entre risas y bromas compartidas.

Están tan desnudos como Callum.

—¡Diosa! —Vuelvo el rostro solo para darme de bruces con los duros pectorales de Callum. Se me acelera un poco el pulso y un brote de calor se acumula en mi vientre. La firmeza con la que me sostiene aumenta de forma casi imperceptible—. Los lobos no sois pudorosos, ¿no?

Callum suelta una risita.

—Es natural.

—Sí, puede que sea natural, pero es bastante más decente llevar ropa cuando uno está acompañado.

—Piensas eso porque la sociedad te lo ha enseñado así.

—Entonces, si me diera por ir por ahí sin ropa, ¿pensarías exactamente igual?

Sus labios se curvan en una lenta sonrisa.

—Princesa, si precisamente tú empezaras a ir por ahí sin ropa, pensaría que es mi día de suerte.

—Serás bruto —murmuro.

Pensaba que Callum me llevaría directa a mis aposentos, pero no es así: me conduce hasta los suyos.

El fuego crepita en la chimenea, ante la cual está la bañera de cobre, que desprende vapor. Me la quedo mirando mientras Callum me deja en su cama para, acto seguido, acercarse al armario.

Lo observo, aunque sé que no debería.

No sé si siento alivio o decepción cuando se pone un par de pantalones holgados. Aunque sigue con el torso al descubierto, mostrándome su espalda en todo su esplendor mientras cierra las puertas del armario.

—No sabía que también tuvieras pantalones —le digo.

—Con esa forma que has tenido de mirarme antes… —Se apoya en la pared junto a la ventana, con un brillo juguetón en los ojos y sacude la cabeza—, me ha parecido mejor taparme todo lo posible. Me sentía bastante vulnerable.

Yo me enderezo y pego las rodillas al pecho mientras me reclino contra el cabecero.

—Y, sin embargo, parece que careces de camisas.

Él suelta una carcajada y se encoge de hombros.

—Dejé el kilt en el bosque. No se lo digas a nadie, pero estos pantalones son bastante cómodos. ¿Te parezco un caballero?

Replico su carcajada y niego con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Pareces más bien un canalla.

Se lleva una mano al pecho con los ojos desorbitados en un fingido gesto de indignación.

—¿Canalla yo? ¿Por qué?

—Para empezar, por la ausencia de camisa. —Desvío la mirada a sus pectorales y a los surcos de su abdomen. Contemplo la marcada V que dibujan sus caderas y la línea de vello que desciende por el centro. Trago saliva—. Y además…, ningún caballero llevaría esos pantalones.

—¿Y eso?

—¡Mira lo holgados que son! Y el material… —Bajo la mirada todavía más, pero la redirijo hacia sus ojos de inmediato. Una oleada de calor se apodera de mis mejillas—. No creo que te hayas tapado tanto como crees. ¿De dónde los has sacado?

—Los compré en la Ciudad del Rey cuando fui a buscar a mi madre. En un mercado del puerto, si no recuerdo mal.

—Eso lo explica todo.

—Ah, ¿sí?

—El puerto es un lugar increíblemente sórdido. —Alzo una ceja—. Debí imaginar que acabarías allí.

Él esboza una media sonrisa.

—Desde luego, allí fue más fácil pasar desapercibido siendo un lobo.

Algo en el ambiente parece cambiar.

—¿Por qué me has traído a tus aposentos? —pregunto.

Él abre la boca como para decir algo y el buen humor desaparece de su rostro en un suspiro.

—Me… El lobo no se ha calmado del todo todavía —responde—. Creo que aún me siento un poco… sobreprotector respecto a ti. Preferiría que te quedaras.

—Ah —murmuro—. Vale.

Se libera de cierta tensión en la zona de los hombros. Arquea las cejas.

—¿En serio? Ha sido más fácil de lo que pensaba.

—Puedo ser razonable cuando me lo propongo. —Me quito la capa maltrecha y las botas antes de dejarme caer de nuevo en el colchón—. Además, tu cama es más cómoda que la mía.

Sus ojos se detienen en mis pies desnudos, que hundo en el mullido edredón, y luego vuelve a mirarme a la cara. Aprieta la mandíbula.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Da un paso hacia la cama. Después se detiene con la mano cerrada en un puño. Rechina los dientes, gira sobre sí mismo y empieza a deambular por la estancia. El entarimado cruje bajo su peso.

Frunzo el ceño.

—¿Qué te ha dado?

—No… No, nada… Cosa de…

—Ni se te ocurra volver a decir «cosa de lobos». Llevas una semana sin apenas hablarme, anoche me persiguieron por el bosque y ahora te estás comportando de una forma rarísima. Dime qué ocurre.

Se queda quieto y suspira.

—No quiero hacerte sentir incómoda.

La indignación crepita bajo mi piel.

—No me haces sentir incómoda, aunque bien sabe la Diosa que deberías.

Tienes unos modales atroces, eres enemigo de mi reino y ¡anoche te transformaste en lobo y te quedaste dormido encima de mí!

Pero, aun así, no me incomodas, así que deja de actuar como si estuviera hecha de cristal y fuera a romperme en cualquier momento y dime qué sucede.

Se pasa una mano por la nuca y suspira.

—Mira, princesa, como he dicho, el lobo no se ha calmado del todo —explica— y estás en mi cama cubierta del olor de otro hombre.

No me gusta, no me gusta en absoluto. Quiero que huelas a mí.

Cuando otro lobo se acerque, quiero que sea a mí a quien perciba en tu piel.

Quiero marcarte como mía y se me ocurren innumerables formas de hacerlo.

Innumerables, desaconsejables, pero muy placenteras.

Es lo único en lo que pienso. Y sé que debería marcharme y tranquilizarme, pero no quiero irme.

Quiero quedarme aquí, contigo. —Sacude la cabeza—.

Hueles tanto a él …, a Blake…, que me estoy volviendo loco.

Debería irme antes de que la cosa se desmadre. No debería permitir que un hombre me diga estas cosas. Y, desde luego, no debería gustarme .

Sin embargo, la desesperación de su mirada me mantiene cautiva y algo cálido se desata en mi interior, me calienta la sangre y hace que me vibre la piel.

Trago saliva.

—Ah.

Él se frota la cara con ambas manos.

—Joder. Te he asustado.

El calor pasa a ser una llamarada de ira.

—Para.

—Lo sé, lo siento. —Clava la mirada en el techo—. No ha sido apropiado…

—No. Eso no, para de hacer esto . Deja de tratarme como a una muñeca de porcelana que necesita que la protejan del mundo.

Deja de tratarme como si no pudiera lidiar con las cosas, como si no pudiera lidiar contigo.

Es verdad que eres un maleducado; no deberías decirme ni la mitad de las cosas que me dices.

Pero ¿se te ha pasado por la cabeza que a lo mejor me gusta oírlas?

¿Que quizá me guste que te dirijas a mí como el ser humano que soy?

¿Que quizá, en toda mi vida, nadie lo ha hecho antes?

Ahora mismo me arde la piel y siento que me falta el aliento. Resulta agradable decir la verdad en voz alta, soltarla, permitir que escape de mis entrañas algo que me parece que llevaba bastante tiempo fraguándose.

Callum abre mucho los ojos, como si no supiera qué hacer, y suelta una risa suave.

—No, supongo que no se me había pasado por la cabeza.

—Bueno, ¿qué quieres que haga, entonces?

—¿Sobre qué?

—Has dicho que huelo a Blake. Yo tampoco quiero oler a él. ¿Quieres que me bañe?

Él deja escapar el aliento y vuelve a recorrer la habitación.

—No. Quiero bañarte yo.

Suena tan hosco que casi me echo a reír.

—¡Callum!

—¿Qué? —Pese a la rigidez de su cuerpo, sus labios pelean por disimular una sonrisa—. Creí que te gustaba lo maleducado que soy.

Pongo los ojos en blanco y, después, miro la tina de cobre.

Algo ha cambiado en mí. Reprenderle me ha imbuido osadía y quiero volver a sentirlo.

Estoy harta de reprimir mis emociones. Estoy harta de hacerme más pequeña de lo que soy para que otros puedan sentirse más grandes, más fuertes.

Estoy harta de que se me prive del mundo y de lo que este tiene que ofrecer.

La curiosidad se desata dentro de mí.

Me protege porque cree que ostenta todo el poder. Pero la forma en la que se comporta ahora mismo… me hace preguntarme si yo también soy poderosa.

—Vale —accedo—. Báñame.