El rey de los lobos 1 Capítulo 31
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Capítulo 31

L os dos lobos se miran a través del claro.

El aire pesa. Es como si el propio bosque contuviera el aliento, observando, a la espera.

Lo único que oigo son los latidos de mi corazón y el susurro de las hojas arrastradas por la brisa.

«Lucha —parecen decir—. Lucha. Lucha. Lucha».

Un gruñido, tan grave que noto su vibración en los huesos, reverbera tras los dientes al descubierto del lobo más grande: Callum. Las sombras parecen acobardarse ante él.

Como hombre, Callum es un oponente temible gracias a su altura, sus hombros anchos y unos músculos que parecen tallados en piedra.

Sin embargo, en forma de lobo, su ferocidad se equipara a su fuerza.

Tiene los dientes lo suficientemente afilados como para arrancar la carne de cuajo, y sus patas hacen que la tierra tiemble a su paso.

Y sus ojos… brillan con un fulgor procedente del alma del bosque y están encolerizados.

Blake le gruñe en respuesta. El lobo oscuro está tan cerca de mí como para que pueda percibir su calor corporal.

Comprendo entonces que me está custodiando, como si quisiera mantener cerca a su presa. Le bastaría un movimiento rápido para destrozarme.

Intento retroceder sin que se note, pero unas piedrecitas se me clavan en las palmas de las manos y una rama cruje bajo mi bota.

Blake gira la cabeza.

Para cuando me doy cuenta de lo que pretende hacer, es demasiado tarde como para reaccionar.

Salta sobre mí al tiempo que Callum echa a correr hacia nosotros por el claro.

El aire escapa de mis pulmones. Se me acelera el pulso mientras hundo los dedos en el pelaje de Blake e intento apartar de mí su cabeza.

Logra clavar los dientes en mi capa, a poca distancia de mi hombro, pero no tarda mucho en salir despedido gracias a la fuerza de Callum.

Oigo el sonido de algo al rasgarse; Blake se ha llevado con él un trozo de capa.

Me pongo boca abajo al tiempo que Blake se levanta.

Callum está tan cerca que podría tocarle si quisiera. Tiene los músculos en tensión y gruñe. Lo observo recelosa mientras él fulmina a su rival con una mirada reluciente.

Blake sale corriendo, aún con el pedazo de mi capa entre los dientes, y se pierde entre los árboles. Con un impulso que desbarata la alfombra de hojas húmedas y fango a sus pies, Callum va tras él a toda velocidad, pero se detiene en la linde de la explanada.

Gruñe una vez más en dirección a la oscuridad, como para desafiar a Blake, retándolo a contestar.

Después vuelve hacia mí, y se me para el pulso.

«Levanta —gritan mis latidos, frenéticos de nuevo—. Levanta».

Me obligo a controlar los nervios, tal y como hacía cuando me enfrentaba a mi padre o al sumo sacerdote en palacio.

Sea cual sea el instinto cazador que hay en Callum, no quiero instigarlo.

—Callum —digo con mucha suavidad y cautela—. No pasa nada. Soy yo.

No tengo ni idea de hasta qué punto el hombre que conozco está ahí dentro.

Lo único que sé de los lobos son las historias que me han contado.

Relatos de monstruos que cazan y matan indiscriminadamente, sin ninguna clase de piedad.

Criaturas que destruyen aldeas y se dan un festín con la carne fresca.

Algunas expediciones de nuestro ejército han descubierto ciudades fantasma en las Tierras del Norte, lugares en los que no quedaban más que huesos.

El lobo frente a mí es capaz de todo eso, estoy segura.

Los murales en las paredes del palacio los muestran como criaturas escuálidas, parecidas a demonios, con pelaje descolorido, fauces llenas de espuma y ojos negros, salvajes y carentes de raciocinio.

Callum no se parece en nada a ellos. Es majestuoso, mantiene un porte erguido y orgulloso y sus ojos tienen un brillo inteligente.

Avanza hacia mí. La luz de la luna se cuela por entre las ramas sobre nosotros y se derrama en su lustroso pelaje. Yo retrocedo, aunque el río se estrella contra las rocas no muy lejos a mi espalda.

—Callum —susurro—. No vas a hacerme daño.

De pronto está frente a mí, tan cerca que siento las oleadas de calor que emanan de su cuerpo.

Se me queda mirando totalmente quieto. Es como si intentara hacerme entender algo. Baja la cabeza hasta hacer una reverencia, y entonces me doy cuenta de qué quiere decir: estoy a salvo. No me hará daño.

Me invade el alivio, que se mezcla con una extraña y acuciante curiosidad. Dubitativa, alzo una mano. Al ver que no se mueve, le toco la cara y mis dedos trémulos se hunden en su pelaje.

Él se tensa y yo me detengo.

Una vez más, el bosque parece contener el aliento. Las hojas susurran:

«Necia. Necia. Necia».

Me da un ligero golpecito en la mano con la cabeza y yo suelto el aire, que flota frente a mi rostro.

No tengo claro qué va a pasar ahora. ¿Dejará que vuelva al castillo?

Cuando intento ponerme de pie, él me obliga a permanecer en el suelo. Antes de que pueda protestar, se acomoda en mi regazo. Pesa incluso más que Blake y su calor es tal que consigue abrasarme a través del vestido.

—Diosa —susurro—. Callum…, quita de encima, pedazo de…

Trato de empujarlo, pero él me lanza un mordisco sin acercarse a mi mano.

—¡Callum! —protesto. Apoya el mentón sobre el suelo alfombrado de hojarasca—. ¿Qué estás haciendo? Más te vale no… —Cierra los ojos—. ¡Ni se te ocurra dormirte!

Abre un párpado, perezoso. Que esté en su forma de lobo no es impedimento para que capte cierto cariz de diversión.

Y el maldito bruto va y cierra los ojos de nuevo.

Intento zafarme de debajo de él, pero no puedo moverme. Es como si una roca me inmovilizara. Una roca cálida y enorme que respira, ronca y tiene la forma de un lobo estúpido.

Le empujo un par de veces más, pero ni siquiera se estremece.

Dejo escapar un grito de frustración, consciente de que no sirve de nada.

—¡Eres igual de insufrible como lobo que como humano!

Me dejo caer de espaldas y contemplo las estelas plateadas que se desprenden de la luna al otro lado de las copas de los árboles. Un sonido gutural, demasiado parecido a una risa, escapa de su garganta.

A nuestro alrededor, las hojas susurran, la espesura cruje y la oscuridad se extiende implacable. En algún lugar a lo lejos, un lobo aúlla.

Y aun así, pese a todo lo que acaba de pasar, sé que estoy a salvo.

Al abrir los ojos, me recibe la grisácea luz diurna que hay más allá de las ramas sobre mi cabeza.

Gruño. Me duele la espalda y me pesan los párpados. Noto un dolor sordo en la sien y un brazo helado. Tengo la boca muy seca. Capto el rumor del agua, de una cercanía tentadora a mis espaldas. Pequeñas gotas me rocían la frente debido a la salpicadura del río contra las rocas.

Intento moverme hacia él, pero no lo consigo. Estoy atrapada. No puedo mover las piernas.

Bajo la mirada y se me corta la respiración.

Callum está hecho un ovillo sobre mi regazo y ya no es un lobo. Su cabeza descansa sobre mi estómago y, con un brazo, me rodea el cuerpo en un gesto protector. Me da la espalda, y veo que los músculos de sus hombros ascienden y descienden al compás de su respiración.

Está completamente desnudo.

«¡Diosa!».

Clavo la mirada en las ramas y controlo mi respiración mientras lucho por no ponerme roja. Sin hacer ruido, me incorporo sobre los codos y vuelvo a mirar.

Recorro con la mirada la curvatura de sus bíceps y después el ancho de sus hombros. Me asalta la necesidad imperiosa de tocarlo. Vacilante, alzo una mano y la dejo levitando sobre su espalda. El calor me roza las yemas de los dedos a medida que los acerco.

Él se despereza con un suave gruñido gutural y yo me apresuro a tumbarme de nuevo y a anclar las manos a los costados.

Se apoya en los antebrazos para incorporarse.

—Buenos días, princesa.

Se coloca de manera que su rostro queda frente al mío. Mantiene el brazo en torno a mi cuerpo, envolviéndome con su corpulancia. Le sostengo la mirada, consciente de que, si la bajo, veré algo más que su espalda o sus hombros.

—Menuda aventura tuviste anoche, ¿no?

Una tensión que ni siquiera sabía que estaba aumentando desaparece. Creía que se habría enfadado conmigo por no haber permanecido en mis aposentos, sobre todo teniendo en cuenta lo distante que se ha mostrado conmigo esta última semana. No obstante, parece relajado e incluso divertido.

—¿Cómo es que no estás molesto? —pregunto con los ojos entornados.

Él me mira con curiosidad.

—¿Por qué habría de estarlo?

—No te he obedecido.

—Si siempre obedecieras, nunca nos habríamos conocido. Además, imagino que tenías razones de más peso que un paseíto nocturno para salir de tu habitación, ¿no?

—Oí que alguien estaba herido y creí que sería Ryan.

Él sonríe con una calidez imposible de ignorar.

—Pues ahí lo tienes. Yo habría hecho lo mismo.

—Era Blake.

Él exhala.

—Sí, lo suponía.

Se endereza del todo para sentarse. Contrae los músculos de su espalda con el movimiento. Se cruje el cuello y, después, se levanta y rota los hombros. No tengo claro que se haya dado cuenta de que no lleva nada puesto.

Cuando se da la vuelta, bajo la mirada. Me resulta inevitable.

Abro mucho los ojos y vuelvo a levantar enseguida la cabeza para fijar la vista en las ramas de los árboles.

Los únicos hombres desnudos que he visto en mi vida son las estatuas de los jardines de palacio.

Callum suelta una risilla.

—¿Qué haces? Vamos, tenemos que volver.

Con la cara ardiendo, ruedo sobre mi costado para evitar mirarlo y me pongo de pie.

Hago una mueca de dolor por la rigidez y el entumecimiento que noto en todos los músculos del cuerpo.

Cuando me giro para mirar a Callum, vuelvo a desviar la mirada hacia abajo sin querer, y luego la aparto con determinación.

—Venga —insiste, divertido.

Su calidez me embarga en cuanto se acerca más a mí y me toma en brazos. Me agarro a su cuello como acto reflejo, pero algo me indigna de repente. Ya es bastante molesto que crea que puede tocarme cuando le venga en gana, pero es incluso peor que piense que es apropiado hacerlo estando desnudo.

—Soy perfectamente capaz de caminar sola.

—Sí, soy consciente. —De camino a la espesura, curva la comisura de sus labios—. Pero he pensado que, si te llevaba en brazos, así podrías dejar de mirarme la polla.

Ahogo un grito y le pego en el brazo. No se diferencia mucho de golpear una roca.

—¡Eres horrible!

Él se ríe.

—Eres tú la que no puede parar de mirar.

Lo fulmino con la mirada y su expresión se enternece.

—Has pasado una noche dura, princesa. ¿Te encuentras bien?

—Sí. —Trago saliva—. ¿Te acuerdas de lo que sucede mientras eres un lobo?

—Sí, lo recuerdo.

—Blake intentó matarme.

Todo el buen humor se disipa de la expresión de Callum.

—No, en absoluto.

El fuego se prende en mi pecho. Creía que Callum era diferente a los señores de las Tierras del Sur que nunca hacían caso ni creían a las damas de palacio. Está claro que me equivocaba. Aprieto los dientes.

—Sí, sí lo intentó. Si piensas lo contrario, es evidente que no te acuerdas de lo que pasó, pero lo mínimo que podrías hacer es fiarte de mi palabra.

Callum deja escapar un hondo suspiro.

—No, princesa. No me has entendido. No pongo en duda que fuera a por ti, lo que digo es que no intentaba matarte.

—Se muerde la mejilla por dentro, turbado—.

Te guio hasta la explanada, lejos de los demás lobos que salieron anoche.

Te impregnó con su olor para que no te detectaran y se llevó parte de tu capa para que, en caso de que sí percibieran tu rastro, lo persiguieran a él en vez de a ti.

—Su mirada se pierde en el bosque ante nosotros.

Tiene la mandíbula tensa—. No intentaba matarte: te estaba protegiendo.

—Traga saliva—. Y Blake nunca hace nada a menos que le beneficie, así que quiero saber por qué.