El rey de los lobos 1 Capítulo 30
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Capítulo 30

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Aunque el pulso se me dispara, me convierto en piedra. Los pies se me quedan anclados al suelo y tengo la impresión de que soy incapaz de moverme. Todo cuanto puedo hacer es observar a Blake horrorizada y sin pestañear.

El resplandor fantasmagórico de la luna se refleja en su piel húmeda mientras camina hacia mí.

—Corre —repite con un tono distinto, más grave y rasgado.

El aire está cargado, como si estuviera a punto de caer un rayo.

Y, entonces, se transforma .

Solo le lleva unos segundos, pero cada hueso de su cuerpo se parte y cambia.

Y lo que aparece en su lugar…

El tiempo se detiene.

Es tan grande como un oso salvaje. Su pelaje negro lo hermana con las sombras. El ámbar de sus ojos reluce en la oscuridad. Muestra los dientes en un gruñido. La adrenalina que me invade logra romper la piedra en la que me he convertido y, por fin, me permite mover los pies.

«Corre», grita mi cerebro.

Me giro al tiempo que el animal se abalanza sobre mí y salgo disparada de la habitación.

En mi huida me golpeo el hombro contra el marco de la puerta y me precipito contra la pared de piedra del pasillo, para después tropezar.

Oigo un estruendo a mi espalda.

Mis pies, que me propulsan hacia delante, retumban contra el suelo de piedra. No sé adónde voy. La noche es oscura. No reconozco estos pasillos ni escaleras. Una vez más, me encuentro sola en un laberinto de piedra y sombras, y el lobo cada vez está más cerca.

Una palabra se repite en mi mente una y otra vez, al compás de los latidos de mi corazón, cuyo eco me llega hasta los oídos.

«Corre. Corre. Corre».

Sus garras arañan y golpean las losas. Se oye un fuerte golpe cuando se estrella contra una pared al girar, con lo que derriba uno de los apliques apagados. Gruñe con tal intensidad que noto la vibración hasta en el pecho.

«Rápido. Rápido. Rápido».

Llego a una escalera.

El lobo se estampa delante de mí al derrapar sobre la piedra. Cambio de rumbo y vuelve a bloquearme el paso. Noto su calor cerniéndose sobre mí cuando me giro en dirección contraria.

Está obligándome a que me adentre más en el laberinto, pastoreándome igual que un perro a una oveja para llevarla al matadero.

«Diosa, ayúdame».

Me da la sensación de que las paredes se me echan encima a medida que recorro el pastillo a toda prisa. El pelo se me pega a la cara y tengo el cuerpo empapado en sudor. La capa resulta opresiva. Hace tanto calor que me resulta claustrofóbico.

Tengo que salir de aquí. Necesito sentir el viento y el sabor de las montañas. Necesito que la frescura de la lluvia me acaricie la cara y ver la infinidad del cielo, aunque esté gobernado por una diosa que no es la mía.

No quiero que me conduzcan a mi propia tumba.

No voy a morir esta noche.

Algo en mi interior grita.

«Lucha. Lucha. Lucha».

Lanzo el abrecartas de plata por encima del hombro.

No espero a ver si le he dado a mi objetivo, aunque con lo corpulento que es sería difícil que fallara.

Oigo que el lobo choca y deja escapar un agresivo gruñido que restalla en mis oídos.

No me detengo. Al pasar delante de una gran pintura al óleo que cuelga de la pared, la tiro para bloquear el paso, aunque sea parcialmente.

Distingo delante de mí las escaleras por las que me subió Callum cuando llegamos al castillo.

La celeridad con la que las bajo es tal que casi pierdo el equilibrio y no lo recupero hasta que llego al final, cuando termino en el recibidor de la entrada con el lobo a mi espalda… Pero las puertas están abiertas y la noche se extiende al otro lado.

El viento golpea las paredes del castillo. Me habla.

«Ven. Ven. Ven».

Con los músculos al límite, me adentro en el patio desierto y, después, me lanzo más allá de los muros del castillo, a la intemperie.

El aire nunca me ha parecido tan fresco, pero no estoy a salvo. Aún no.

Unas fuertes pisadas se hunden en la tierra tras de mí y el viento arrastra un gruñido.

A un lado tengo el lago, plateado bajo la luz de la luna. Al otro no hay nada salvo campo abierto y la pronunciada pendiente de la colina por la que bajamos Callum y yo cuando llegamos a este lugar.

Echo a correr en dirección opuesta, más allá del castillo y hacia los miles de árboles que me susurran: «Escóndete. Escóndete. Escóndete».

El viento me retira el pelo de la cara.

El ambiente cambia en cuanto entro en el bosque, y se torna más húmedo, más oscuro. El aroma a corteza y brezo asedia mis sentidos. Agujas de pino y pequeñas ramas crujen bajo mis botas.

Otro estruendo retumba a mi espalda cuando el lobo, no, Blake , se encarama a uno de los árboles y lo usa para propulsarse hacia mí.

Cambio de dirección y zigzagueo entre los esbeltos troncos sin apenas reparar en las ramas que me arañan el rostro.

Soy consciente de que vuelve a pastorearme. No deja de interponerse en mi camino, me lanza dentelladas y destroza los árboles al tiempo que desbarata cuanta maleza encuentra con el movimiento de sus patas. Desesperada por evitar su fiera mandíbula, cambio de rumbo constantemente.

Él conoce este bosque. Sabe algo que yo ignoro.

Y descubro de qué se trata en cuanto salgo a un claro.

Un río de aguas rápidas interrumpe el camino y se estampa contra las rocas antes de desviarse a la derecha. Giro hacia la izquierda, pero hay una espesa enredadera de espinos que me corta el paso.

—¡No!

Un sonido grave y amenazante inunda el claro.

Me doy la vuelta y veo los ojos amarillos y rutilantes que destellan en la penumbra que se extiende entre los árboles.

El lobo avanza.

—Blake… —digo sin aliento, retrocediendo a pesar del río que queda a mi espalda—. No quieres hacer esto.

No quiero suplicar.

No quiero morir.

—Blake. Por favor.

Él se detiene y ladea la cabeza.

—Sabes quién soy —prosigo. Cojo una bocanada del aire denso que me rodea—. Esto… es un error.

Sus ojos centellean. Destila astucia incluso en su forma de lobo.

No sé si me entiende. Y, aunque me entendiera, no sé si sería capaz de disuadirlo.

—¿Qué hay del Corazón de la Luna? —intento razonar—. Si me matas, no lo conseguiréis. —Él alza la mirada hacia el cielo, más allá de las ramas, y suelta un aullido largo y pesaroso que me eriza el vello de la nuca—. Si me haces daño, Callum te matará.

La forma que tiene de mover el morro… Casi parece que esté sonriendo. El terror se apodera de mí. Quizá provocar a Callum sea su intención.

Vuelve a gruñir, y es un sonido salvaje. No hay forma humana de razonar con él.

Me vuelvo hacia un lado, pero es demasiado tarde.

Se me tira al pecho y golpeo el suelo de espaldas. Me deja sin aire.

Yo lo empujo y me retuerzo, hundo las manos en su pelaje y aparto la cabeza de sus fauces. Me aplasta con su peso y fuerza inabarcables. Le doy una patada en una pata y él gruñe.

—¡Quita! —grito.

Rebusco con los dedos en la tierra y me da un vuelco el corazón en cuanto los cierro en torno a una roca. Le doy en la cabeza con ella, y después me voy la vuelta y me alejo a gatas.

Él me muerde el cuello de la capa y me arrastra hacia atrás. Me gira con las patas y me obliga a mirarlo.

Sus ojos brillan como los de un depredador que está satisfecho de haber cazado a su presa. Me lame la cara con la lengua, áspera, caliente y asquerosa, como si quisiera provocarme.

Se me pone la carne de gallina, pero no me queda aire suficiente en los pulmones como para gritar. En cuanto me muestra los dientes, me doy por muerta.

El río fluye a mi espalda. El viento sacude las ramas sobre mi cabeza.

«Lucha», parece decir.

«Lucha. Lucha. Lucha».

Yo le muestro los dientes también, con la sensación de que algo instintivo y animal despierta en mi interior.

Él frunce la parte superior del morro y entonces un gruñido más grave y amenazante retumba por el bosque. Mece los árboles y agita la tierra. Blake levanta las orejas.

No puedo ver nada más allá, pero algo se aproxima. A juzgar por la reacción de Blake, debe de tratarse de algo peor que él mismo.

Se da la vuelta, apartándose de mí, y yo cojo una profunda bocanada del dulce aire nocturno mientras me escabullo y me arrastro hacia el río.

Otro lobo aparece en el claro.

Es inmenso, de pelaje pardo y rojizo y dientes afilados. El suelo parece temblar con cada paso que da. El miedo me atenaza el corazón hasta estrujármelo. El eco de la advertencia de Fiona de que permanezca en el castillo esta noche recorre mi mente.

Los ojos del lobo recién llegado se clavan en los míos.

Son verdes, con motas doradas y amarillas.

— ¿Callum? —musito.

Él gruñe y vuelve a mirar a Blake.