Capítulo 29 #2
Intento no sentirme dolida. Intento no sentir nada. No debería molestarme que se lo esté pasando bien sin mí. ¿Por qué iba a dedicarme medio pensamiento siquiera? No soy más que una moneda de cambio con la que conseguir su preciado Corazón de la Luna.
Es solo que… empezaba a pensar… No sé lo que empezaba a pensar. Supongo que no es más que una fantasía absurda creer que el poderoso alfa del clan Highfell podría prendarse de una malcriada princesa sureña.
De todos modos, soy la prometida de otro hombre. La intención de Callum siempre ha sido devolverme a él, y la mía, compartir información sobre los lobos con mi padre con la esperanza de que eso me libre del destino que me espera con Sebastian.
¿Cómo va a pasar algo entre nosotros?
Intento no pensar en la crudeza de lo que, según Fiona, la luna llena incita a hacer a los lobos. Si Callum quiere disfrutar, está en su derecho y, desde luego, hay mujeres de sobra dispuestas a disfrutar con él.
Algo oscuro y desagradable se retuerce en mi interior.
—¿En qué cosiste el ritual?
—Bebemos, bailamos y nos dejamos llevar. —Sus ojos brillan con fuerza—. Después, la luna se alza y nos transformamos.
Se aleja del escritorio y se encamina hacia la puerta.
—Nadie te molestará esta noche. Todos estaremos de caza en el bosque. Quédate en el castillo. —Señala el abrecartas con un gesto de la cabeza—. Mantén eso cerca por si acaso.
Y se va para unirse a Callum y a los demás.
La oscuridad se apodera de la habitación tanto como de mis pensamientos.
Mi yo antiguo (el que existía antes de que me secuestraran) habría aceptado que alguien de la importancia de Callum no me visitara antes de un evento tan relevante.
Cuando me obligaban a quedarme en palacio mientras mi hermano salía a cazar, o cuando mi padre me ordenaba que me fuera a dormir en mitad de un banquete para que los hombres pudieran hablar, lo aceptaba sin cuestionarlo.
Pero hay algo que está cambiando en mí… Algo está evolucionando, transformándose.
Me merezco que me visite, ¿o no?
Las sombras aumentan y, a lo lejos, oigo a algunos hombres gritar. Me pregunto si Callum es alguno de ellos e intento no pensar en lo que estará haciendo, o en con quién lo estará haciendo.
Seguro que Isla no se despega de su lado en toda la noche.
No ha pasado mucho tiempo cuando un resplandor fantasmal inunda mis aposentos y la curiosidad me obliga a mirar por la ventana.
La luna llena cuelga en lo alto. Nunca la he visto brillar tanto. Tiñe los pastos de un plateado ceniciento.
Mientras la observo, el tiempo parece detenerse. El silencio impera por todo el lugar. El viento amaina y el lago queda envuelto en una quietud sepulcral. Un aullido rompe la noche, seguido de cientos más. Se me pone la piel de gallina y se me eriza el vello de la nuca.
Los lobos se han transformado.
Estoy asomándome a la ventana, preguntándome si veré a alguno, cuando capto un alarido de dolor claramente humano y que parece provenir del interior del castillo.
Contengo el aliento.
¿Se habrá despertado Ryan?
El acónito ataca al lobo. Llevo toda la semana leyendo al respecto. Me pregunto si es incapaz de transformarse.
Cambio el peso de una pierna a otra. Quiero ir con él, pero me han ordenado que me quede en mis aposentos.
Sin embargo, vuelve a gritar y me resulta insoportable. Le han herido por mi culpa, porque Sebastian quiere que vuelva y decidió usarlo para mandar un mensaje. Igual que la noche en que acudí a la perrera para ocuparme de sus heridas, oigo la voz de mi madre en mi mente.
«Valor, pequeña».
Tengo que hacer algo.
Me pongo la capa y las botas, meto el abrecartas de plata en el bolsillo y salgo por la puerta a toda prisa.
La calma que reina en el castillo es casi espectral y apenas veo por dónde voy mientras desciendo por la escalera de caracol.
Cuando llego a uno de los rellanos, vuelvo a escuchar el grito y lo sigo por un pasillo iluminado por apliques.
Oigo cómo algo pesado cae al suelo en algún lugar delante de mí, seguido de un gruñido. Proviene de una de las habitaciones.
Abro la puerta con el corazón en un puño.
La sala está en penumbra, pero distingo que estoy en los aposentos de alguien. Una majestuosa cama con dosel y sábanas de seda negra ocupa el grueso del espacio. En el suelo hay una lámpara de aceite hecha añicos y los fragmentos de cristal relucen sobre la alfombra de lana.
—Ry…
El nombre del joven lobo se me atasca en los labios.
Hay alguien en esta estancia, pero no es Ryan.
No está de cara a mí, así que lo único que distingo es una espalda musculosa con una red plateada de violentas cicatrices que le cruzan la piel. Está apoyado contra el escritorio, respirando con fuerza.
No lleva nada más que un par de pantalones.
—¿Blake? —susurro.
No lo entiendo. Debería ser un lobo.
—¿Qué haces aquí, pequeña liebre? —Su voz suena rara, tan oscura y aterciopelada como la noche que se distingue al otro lado de la ventana.
Se da la vuelta despacio.
Está cubierto por una fina pátina de sudor y se le han pegado un par de mechones oscuros a la frente. También tiene cicatrices en el torso, pero mi mirada sigue anclada en la extraña expresión de su rostro.
Retrocedo y busco el abrecartas con la mano.
—Blake…, pensaba… Pensaba que eras… ¿Por qué no…? ¿Qué estás haciendo?
Coge aire por la nariz y, después, lo suelta mientras echa la cabeza hacia atrás. La tensión en sus músculos se diluye.
—A la mierda.
En cuanto vuelve a mirarme, veo al lobo en sus ojos.
Una gélida sonrisa se abre paso en su rostro.
—Corre —dice.