El rey de los lobos 1 Capítulo 29
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Capítulo 29

D a la impresión de que has amanecido frustrado, Callum —comenta Blake durante el desayuno al día siguiente.

Se acerca a la mesa de los alfas y toma asiento junto al rey en funciones.

—Y que lo digas —concuerda Robert sin molestarse en moderar el tono de voz—. ¿Tendrá algo que ver con la muchacha sureña? Desde luego, si llevara mi collar yo no iría por ahí con cara de tener un palo metido en el culo.

Para mi disgusto, empieza a describir las cosas horribles que me haría para aliviar su frustración mientras los otros dos lobos ríen a carcajadas.

Callum, a mi lado, aprieta la mandíbula.

—¿Tú qué opinas, Blake? —insiste Robert al darse cuenta de que no parece que este esté prestando mucha atención.

El lobo de pelo oscuro está sentado con un brazo colgando del asiento mientras, por lo que parece, mantiene su atención fija en los diferentes tapices que cuelgan de las paredes y que representan las fases lunares.

Con evidente pereza, mira a Robert.

—¿Sobre qué?

—¡La muchacha!

Noto el peso de la mirada de Blake en mí durante solo un instante, a pesar de que estoy concentrada en mis gachas. Aprieto la cuchara con fuerza.

—No está mal, supongo —responde él.

Alzo la mirada a tiempo de verlo coger una manzana y salir del Gran Salón.

Robert ríe y prosigue con su desagradable monólogo sobre mí. La ira crece en mi pecho. Me pregunto si se lo pasaría tan bien si le echara un poco de acónito en el té.

Callum me pone una mano en la pierna y yo doy un respingo.

—Si quieres, lo mato —me dice.

Habla en voz baja, pero aun así, por un instante, el aire se vuelve denso. Una arruga aparece en el entrecejo de Robert, lo que me indica que lo ha oído. Callum le dedica una sonrisa amenazante.

Robert se da la vuelta y se suma a la conversación que los demás tipos mantienen sobre Blake.

—De todas formas, ¿a Blake le gustan las muchachas?

—Diría que sí. He oído gritos procedentes de sus aposentos bien entrada la noche.

—Cierto, pero no son en el buen sentido.

—He oído que tiene ciertas inclinaciones oscuras… Nunca he querido preguntar.

Me giro hacia Callum.

—¿De verdad lo matarías si te lo pidiera?

—Sí, aunque espero que no me lo pidas, porque podría causarme muchos problemas cuando vuelva el rey.

Yo sonrío y me centro en mis gachas.

Mi buen humor se disipa en cuanto Robert se aproxima a nuestra mesa veinte minutos después.

—Dije que podías quedártela si se ganaba su sustento —comenta.

Se aleja antes de que Callum pueda contestar.

—Podría trabajar en la enfermería —digo.

No me apetece hacer nada para darle el gusto a ese espantoso lobo, pero debo admitir que siento curiosidad.

Me pregunto cuánto podría aprender tanto sobre sanación como de su raza si me dieran la oportunidad—.

No me importa. No tengo nada más que hacer mientras esperamos a que regrese tu rey, así puedo ser de utilidad al menos.

Callum arquea las cejas y después niega con la cabeza.

—No. Aprecio lo que hiciste por Ryan, pero no quiero que estés sola con Blake. —Me estudia con la mirada—. Si de verdad quieres algo en lo que invertir tu tiempo, se me ocurre una cosa.

—¿El qué?

—Nuestra cocinera, la señora McDonald, siempre se queja de que necesita ayuda pelando patatas en las cocinas.

En esta última semana, el ambiente en el castillo ha ido adoptando un cariz de inquietud cada vez más pronunciado.

Los lobos están furiosos por el ataque contra Ryan, pero no es solo eso.

Los días transcurren como los previos a una gran tormenta, cuando el aire se vuelve denso y húmedo.

Es como si algo importante estuviera a punto de pasar.

A lo largo de la semana, coincido con Callum en menos ocasiones que los primeros días que pasamos aquí. Se debe, en parte, a la cantidad de tiempo que paso en las cocinas.

Cuando llegué al castillo, alguien comentó algo acerca de la señora McDonald siendo una dragona, y lo cierto es que no exageraban. Es una mujer verdaderamente formidable, de cabello grisáceo y lengua afilada. Siempre está gritándome.

Su aversión a mí no proviene del hecho de que sea humana, sino de la incompetencia que muestro en la cocina. No tengo ni idea de cómo hacer un guiso, se me quema el pan y las cosas se me caen al suelo todo el rato.

Nunca antes había tenido que realizar tareas como estas. El servicio del palacio me procuraba cada una de mis comidas, así que es esperable que sea una inútil. Sin embargo, tengo la impresión de que la señora McDonald no sería menos estricta conmigo de saber que soy una princesa.

No me gusta que me regañen constantemente; los primeros días me costó mucho morderme la lengua. Pero resulta refrescante tratar con alguien que se comporta con tanta sinceridad, sin temer que lo ejecuten por haberse dirigido a mí de una manera que no me haya gustado.

Hace que me sienta… normal.

El otro lado bueno de ser tan inútil es que, pasados unos días, la sirvienta de cocina, Kayleigh, que me dedicó un buen gruñido por haber hecho que se le cayeran las patatas aquel primer día que pasé aquí, ha terminado por compadecerse de mí.

Aunque sigue tratándome con cierta frialdad, me ha enseñado cómo cortar una cebolla en taquitos y, de mala gana, me ha acompañado varias veces al huerto de la cocina para enseñarme las distintas hierbas que cultivan.

El quinto día, cuando se corta sin querer, me ofrezco a acompañarla a la enfermería, a lo que ella responde poniéndose pálida, claramente atemorizada por el lobo de pelo oscuro que está allí.

La ayudo a limpiar la herida para que no se infecte y, después de eso, se muestra mucho más amable conmigo, e incluso empezamos a cotillear.

—Bueno, ¿y cómo es Callum en el catre? —me pregunta un día.

—¿En el catre?

—Ya sabes, en la cama.

Me pongo roja al recordar que se supone que la gente ha de pensar que hemos intimado.

—¡Kayleigh! ¿Podemos cambiar de tema, por favor?

Ella suelta una risita.

—Qué pudorosos sois los sureños. Apostaría a que se le da bien. Si yo tuviera a un hombre así en mi cama, lo pregonaría a los cuatro vientos.

Curiosamente, Callum lleva sin acercarse a mi cama desde el masaje.

Me dice que está ocupado. Intenta impedir que los lobos lancen una ofensiva contra Sebastian como represalia por lo que le hizo a Ryan. Lo más inteligente, dice, es aguardar hasta que vuelva el rey, que será cuando él pueda poner en marcha su plan y hacerse con el Corazón de la Luna.

Pero no me engaña.

Aunque ha pasado tiempo conmigo cada día —hemos cenado juntos en el Gran Salón o me ha tomado el pelo de vez en cuando sobre la señora McDonald—, ahora se muestra más retraído. El contacto físico ha disminuido notablemente y parece que incluso evita tocarme.

Debería alegrarme, pero me preocupa haberle ofendido de alguna forma. O quizá, simplemente, haya perdido interés en mí.

Un día, durante el descanso del almuerzo, me animo a preguntarle a Fiona sobre él mientras ella me enseña los establos.

—No te lo tomes como algo personal —me dice—. A medida que la luna llena se acerca, el lobo se vuelve más fuerte. Hace que surjan ciertos… instintos animales.

—¿Como cuáles?

—Como la necesidad de cazar, de matar…, de follar.

Se me desorbita la mirada y balbuceo un «¡Diosa!».

Ella ríe y me rodea con un brazo, dándome un apretón.

—Lo que quiero decir es que está intentando reprimir al lobo cuando está cerca de ti, eso es todo.

Supongo que hay cierta ironía en el hecho de que, durante tantos años, yo intentara reprimir mis emociones y ahora Callum tenga que hacer lo mismo.

Pienso en ese sueño recurrente que te­nía en el que yo no era más que una estatua en los jardines del palacio.

No he vuelto a soñarlo desde que vine aquí.

De hecho, ya no me siento como una estatua en absoluto, sino que siento que me estoy despertando poco a poco.

Con cada día que viene y va, en mi interior brota una inquietud salvaje, oscura, intensa. Siento que mi alma responde al ambiente crispado que se apodera del castillo a medida que la luna llena se aproxima.

Me siento viva .

El día de la luna llena me despachan de las cocinas antes de lo normal. Al parecer, los lobos ayunan durante el día y cazan durante la noche, por lo que no hay trabajo que hacer.

Como está lloviendo, dedico el día a leer.

Acabo pensando en los síntomas que presentó mi madre y busco alguna respuesta entre los incontables tomos de medicina que hay en mis aposentos.

No se me permitía el acceso a libros de esta índole en palacio, pues estaban reservados a sanadores y eruditos, así que ahora me pregunto si disiparé mis incógnitas por fin.

No obstante, estoy distraída. Me pica la piel y cada vez que veo la palabra «lobo» en una página, pienso en los ojos de Callum.

Cada vez que cambio de postura sobre la cama, pienso en el masaje que me dio.

Cada vez que capto el aroma a leña quemada proveniente de una de las estancias inferiores, recuerdo su aroma.

Con la llegada del crepúsculo, mi habitación se viste de sombras grises. Estoy leyendo acerca de cómo el mordisco de un lobo podría activar el gen lupino en un mestizo cuando alguien llama a la puerta. Suelto el libro.

Esperaba que fuera Callum, pero en su lugar me encuentro a Fiona, que entra con una bandeja en la que hay pan y queso, así como una jarra de agua.

La decepción se apodera de mí. Parece que Callum no va a venir a verme esta noche, y pensé que sí lo haría.

Fiona arquea una ceja y deja la bandeja, como si supiera lo que me pasa por la mente.

—Me ha pedido que te diga que te quedes en tu habitación —informa—. Dice que no salgas bajo ningún concepto.

Está aún más desaliñada que de costumbre. Lleva la camisa por fuera del pantalón y el cabello oscuro le cae suelto por los hombros. Percibo el olor del alcohol en su aliento. Tiene las mejillas sonrojadas.

—¿Dónde está?

—En las noches de luna llena se celebra un ritual en el bosque. Se supone que todos debemos acudir para darle la bienvenida a la Diosa de la Luna. Sobre todo los alfas. —Se apoya contra el escritorio—. Callum ya está allí.