Capítulo 28
S ujeto el abrecartas con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos. La puerta se encuentra a unos diez pasos de donde estoy, pero no creo que vaya a llegar hasta ella a tiempo.
Todas las historias que me han contado alguna vez sobre los lobos se desatan en mi mente: relatos sobre carne desgarrada, aldeas masacradas, sangre, destrucción y asesinatos.
En algún momento desde que me secuestró, me he permitido ignorar la cruda y dura realidad.
Este hombre puede convertirse en un lobo.
La respiración de Callum resulta pesada. Agarra las sábanas de la cama con fuerza a ambos lados de su cuerpo.
—No pasa nada —Su voz suena tan grave como un trueno—. Estás a salvo.
—Tus ojos…
—Lo sé.
Se me ha disparado la respiración, y me tiembla la mano con la que blando el arma, ridículamente pequeña frente a mí.
—¿Vas a convertirte en un lobo?
Él aprieta la mandíbula.
—No. No puedo. Solo en las noches de luna llena.
Miro por la ventana. La vela se refleja en el cristal. Al otro lado, la luna se escuda tras las montañas.
—No está llena —dice él con un timbre de diversión en su voz, como si supiera que lo estoy comprobando.
—Pero he visto… tus ojos.
—Sí. —Deja escapar un suspiro trémulo—. Ocurre a veces. Cuando siento… demasiado. Perdóname, no pretendía asustarte.
Suelto el aliento.
—¿No vas a transformarte?
—No. Estás completamente a salvo.
Frunzo el ceño.
—¿Seguro?
Él ríe, aunque suena un poco forzado.
—Sí. Estoy seguro.
Relajo los dedos de los pies, que había tensado contra las sábanas. Me acerco un poco a él y se pone rígido.
Los tablones del suelo crujen bajo mi peso en cuanto me pongo de pie. Me aproximo con cautela.
Él se sitúa según mis movimientos, de manera que ahora está frente a mí. Separa un poco los muslos para que pueda colocarme entre ellos. Rozo su kilt con las piernas. Su amplio pecho se hincha y deshincha notablemente.
Huele a la intemperie, como si el viento de las Tierras del Norte se hubiera adherido a su piel y a su ropa…, pero hay algo más: un aroma a especias y a leña quemada. Y desprende calidez. Muchísima… ¿Cómo puede un hombre irradiar tanto calor?
Alza el rostro y la luz de las velas danza sobre sus párpados cerrados. El gesto deja desprotegido su cuello y yo sostengo el instrumento de plata entre nosotros.
Inspiro con dificultad.
—Quiero verlos.
Despacio, abre los ojos.
Se me corta la respiración. Sus iris, expandidos, han cambiado de forma. Siguen siendo verdes, pero es un tono más vibrante, y en ellos se distinguen motas de amarillo y dorado. Se le han dilatado las pupilas, tan negras como las profundidades de un bosque por la noche.
Sí que son ojos de lobo.
Resultan fascinantes.
He oído muchas historias acerca de los lobos, pero todas retratan la brutalidad y ausencia de misericordia de la que hacen gala cuando asaltan nuestras aldeas. No sabía que sus ojos podían cambiar mientras conservan su forma de hombre, como tampoco sabía que podían ser tan hermosos.
Le toco la mejilla. Los músculos de sus antebrazos se tensan por la fuerza con la que agarra las sábanas.
—¿Sucede cuando sientes demasiado? —pregunto—. ¿Y qué es lo que sientes?
—Lo mismo que tú, princesa.
—No siento nada.
Él esboza una dulce sonrisa.
—Puede que seas capaz de esconderles tus emociones a los sureños, princesa, pero olvidas que yo soy un lobo. Percibo cosas. Los latidos de tu corazón, tu olor… —Traga saliva—. Ha cambiado.
Le acaricio la mejilla hasta rozar su barba incipiente.
—No me huelas.
Él ríe y suena casi como un gruñido.
—No puedo evitarlo.
—No siento nada.
—Vale.
No aparta sus ojos de los míos. Están atentos y alerta, pero hay algo casi vulnerable flotando entre esas motas doradas.
El aire se me antoja pesado, embriagador, extraño. Casi eléctrico. La tensión se acumula en mi bajo vientre.
A pesar del frío que hace en la habitación, estoy ardiendo.
Le he permitido a un hombre estar en mis aposentos por la noche a pesar de que estoy prometida a otro. Es un alfa de un reino enemigo. Conspira contra mi padre.
Sé que todo esto está mal, pero al notar que mueve las manos sobre las sábanas, me asalta la necesidad de sentirlas de nuevo sobre mis caderas.
Su mirada aterriza en mi boca y se me olvida cómo respirar.
Quiero rozar sus labios con los míos.
Quiero saber lo que es besar a un hombre. ¿Cómo sería, amable y considerado o autoritario? Esto último me habría intimidado hace una semana, pero ahora solo consigue que se me incendie el cuerpo.
Callum cierra los ojos e inspira profundamente. Cuando los abre de nuevo, desvía la mirada hacia los tablones entre nuestros pies. Dejo caer la mano a un lado.
—Se hace tarde. —Callum se aclara la garganta. Se levanta, por lo que tengo que retroceder—. Debería irme.
La decepción abre un agujero en mi pecho.
—Creí que ibas a hacer que dejaran de dolerme los brazos y las piernas.
Me dedica una tenue sonrisa.
—Creo que quieres que alivie un malestar diferente, princesa. Y, aunque en otras circunstancias estaría encantado de hacerlo, en estas no estaría bien.
Se me encienden las mejillas.
—No he… Cómo te atreves a insinuar… ¡Soy la princesa de las Tierras del Sur!
Qué raro que, pese a que sus ojos son los de un lobo, sea capaz de distinguir el brillo de diversión en ellos.
—Sea como sea, yo no me fío de mí mismo en estos momentos. —Inclina la cabeza—. Buenas noches, princesa.
—Por supuesto, deberías irte —contesto con el mentón alzado, y finjo que soy yo la que ha solicitado su marcha—. Es tarde. Buenas noches, Callum.
Deja escapar un suspiro por lo bajo al abandonar mi alcoba.
Una parte de mí quiere ir tras él y otra quiere cerrar la puerta para siempre y que no vuelva a cruzarla nunca más.
Tras dejar el abrecartas en la mesilla de noche, me siento en la cama y entierro el rostro entre las manos.
No sé qué me pasa. Siento que estoy jugando con fuego… y que una pequeña parte de mí ansía quemarse.
Más tarde, cuando ya me he puesto el camisón y me estoy preparando para dormir, me digo a mí misma que ha sido un lapsus en mi buen juicio. He tenido un día muy largo y la adrenalina me ha hecho anhelar cosas que nunca antes he querido. Eso es todo.
En el fondo, no quería besarlo. No quería que me tocase. Eso estaría mal. Soy una mujer soltera y eso iría en contra de todo lo que me han enseñado. Me alejaría todavía más del deber que tengo para con mi reino.
No obstante, en mitad de la noche, me da por pensar que si Callum me hubiera tocado , Sebastian ya no me querría.
Cierro los ojos y alejo de mi mente los pensamientos oscuros que esa revelación desencadena.
Cuando por fin consigo dormir, sueño con la boca de Callum sobre mi piel, con sus manos ásperas sobre mi cuerpo, con sus brazos fuertes sujetándome contra él.
Y después sueño con la desconocida mirada de un lobo que me observa desde las profundidades del bosque.