Capítulo 27
L os aposentos de Ryan están caldeados y tranquilos.
El fuego que crepita en el hogar ilumina el rostro de Callum, que se sienta en una silla de madera que hay al lado.
Se ha quitado la ropa ensangrentada y se ha puesto prendas limpias, igual que yo.
También se ha dado un baño y tiene el pelo húmedo peinado hacia atrás.
Parece más joven y aniñado cuando está limpio.
Becky dormita en una silla junto a una cama en la que Ryan, sumido en el sueño, respira tenuemente. Al alivio que siento por su recuperación lo acompaña una sensación de satisfacción que florece en mi pecho. Va a ponerse bien. Y yo he ayudado.
Aun así, una oscura sombra se cierne sobre mí.
—¿Qué vamos a hacer con Sebastian? —pregunto.
—No te preocupes por eso.
—No toda tu gente ha regresado. Ha herido a Ryan por mí, y, si tiene en su poder a más de tus hombres…
Callum se pasa una mano por la boca.
—No es tu culpa. Haremos que lo pague, te lo prometo.
Algo se retuerce en mi interior. Ahora más que nunca me niego a regresar con Sebastian. Y, tras pasar un tiempo con Callum, mi plan inicial de facilitarle información a mi padre acerca del rey de los lobos ha perdido bastante atractivo.
Sin embargo, si me quedo, habrá gente a la que torturen y maten por mi culpa.
No estoy segura de tener el estómago necesario para soportarlo.
—Debería volver —digo.
—No. —Los ojos de Callum se clavan en los míos.
—Vas a intercambiarme por el Corazón de la Luna de todas formas. ¿Por qué no ahora?
—No. —Esta vez su tono no admite réplica—. Encontraremos otro modo.
No tengo claro cuánto tiempo pasamos aquí sentados, pero me da la sensación de que se ha hecho muy tarde para cuando Callum me acompaña de vuelta a mis aposentos.
—Gracias por lo de antes —me dice—. Lo que has hecho por Ryan… Lo valoro mucho.
—No ha sido nada —respondo, abrumada por la emoción que centellea en su mirada.
—No, sí ha sido algo.
Callum entra conmigo a la habitación. Alguien ha estado aquí en mi ausencia para encender velas en el escritorio y la mesilla de noche.
Desprenden un débil resplandor que proyecta sombras sobre los libros y la pequeña cama, pero no hacen gran cosa por desterrar el frío.
Se me condensa el aliento frente a los ojos.
Ha sido un día muy largo y la adrenalina que me recorría las venas hace un rato se ha disipado por completo, dejándome con el cuerpo dolorido y los párpados pesados.
—Deja que te ayude —dice Callum.
—¿Qué?
Adopta una postura extraña junto a la estantería. Tanto su estatura como la amplitud de sus hombros me parecen demasiado para lo pequeña que es esta estancia. Casi toca el techo con la cabeza.
Se muerde el labio inferior, gesto que, por un instante, hace que en sus ojos brille una vulnerabilidad muy impropia de él.
—Blake ha dicho que todavía estás dolorida. Y la forma en la que has subido por las escaleras…
—Resulta inquietante que sepas esas cosas, ¿sabes?
Me obsequia con una media sonrisa.
—Ya. No hay mucha privacidad por aquí. Imagina que eres un chaval con alguna trastada en mente, pero tu madre es capaz de oír hasta cómo se te acelera el pulso cuando le mientes sobre lo que has estado haciendo.
—¿Era habitual que tuvieras trastadas en mente?
—Siempre.
Dejo escapar una débil carcajada y sus ojos se iluminan.
Cambio el peso de una pierna a otra, de pronto muy consciente de que estamos a solas en mi habitación en mitad de la noche. Trago saliva.
—No me duele tanto. Blake ha dicho que, si voy a sus aposentos, me dará algo para aliviarlo.
La expresión de Callum se ensombrece.
—Estaba intentando provocarme. Dudo que tenga algo que pueda ayudarte. El lobo en nuestro interior destierra cualquier calmante. Y de disponer de algo, lo guardaría en la enfermería, no en sus aposentos. —Adopta una expresión algo tímida—. Pero yo puedo ayudarte, si quieres.
—¿Cómo?
Señala la cama con la cabeza.
—Túmbate boca abajo.
—¡No pienso hacer eso!
Él suelta una risita.
—No pretendo hacerte daño, princesa, y tampoco nada inapropiado, lo juro. Te prometí que nadie te tocaría, y eso también se aplica a mí.
Lo miro con suspicacia.
—Vale, entonces ¿qué vas a hacer?
—Solo darte un masaje para relajar los músculos.
—Eso suena a que vas a tocarme.
—Correcto, sí, pero no es… O sea… No es como…
—Sacude la cabeza—. ¡Ghealach! Haces que no sepa ni hablar.
—Baja la mirada a sus pies. Se pasa la mano por la nuca y el fantasma de una sonrisa se apodera de sus labios—.
Lo que intento decir, princesa, es que el masaje que ofrezco es puramente medicinal, como un sanador le ofrece tratamiento a un soldado tras la batalla. Si aceptas, claro.
Se remueve en el sitio, y cualquiera diría que este arrogante y poderoso alfa se ha puesto nervioso.
Reprimo una sonrisa. ¿Por qué me resulta tan divertido?
Le observo las manos que mantiene a ambos costados y mis ganas de sonreír desaparecen en cuanto me las imagino sobre mí. Son tan grandes y fuertes que no puedo evitar preguntarme cómo será tenerlas encima. No estaría bien que le permitiera tocarme de ese modo. Se supone que nadie debe tocarme.
Pero lo cierto es que nadie tendría por qué saberlo. Y si es por salud…
Con el corazón desbocado, me tumbo en la cama bocabajo.
—Vale —susurro.
Él inspira profundamente antes de aproximarse. El colchón se hunde en cuanto se acomoda tras de mí y una oleada de su calor corporal se cierne sobre mi piel. Huele al exterior, a las montañas.
Dubitativo, me retira el cabello de la nuca y yo me tenso.
Desabrocha el collar y lo deja en la mesilla de noche.
—No hace falta que lo lleves cuando estemos solos.
—No te gusta esta tradición.
—No, no me gusta.
Me pone las manos en los hombros y todo mi sistema nervioso se despierta. Su piel está caliente. Sus fuertes dedos se hunden en mis músculos. Suspiro lentamente y mi cuerpo se relaja bajo su atención.
—¿Por qué no? —susurro.
Sus manos descienden y sus palmas se extienden por mi espalda de una manera que hace que me sienta diminuta comparada con él.
—Mi padre era un… hombre difícil. —Tiene los dedos a ambos lados de mi cintura mientras traza círculos con los pulgares por mi columna vertebral.
Me veo obligada a contener un gemido—. Fue el alfa de Highfell antes que yo y creía que el liderazgo era una cuestión de dominancia y de someter a los demás a su voluntad.
«O se es lobo o se es oveja», solía decir.
No trataba bien a su gente y tampoco a mi madre.
—Sus manos regresan a mis hombros—. Era posesivo.
Celoso. Irascible. Cuando perdía los estribos, decía que era el lobo el que lo llevaba a hacerlo, pero no era cierto.
Siempre fue cosa suya. —Traga saliva—. No quiero ser como él.
Quería convertirme en alfa para cuidar de los míos y protegerlos, no para dominarlos, pero a veces siento…
Siento ese arrebato de ira o ese amago de celos.
Antes, cuando Blake te ha invitado a sus aposentos, he querido hacerle daño.
—Suelta una risa oscura—. ¿En qué momento la necesidad de proteger se convierte en necesidad de poseer?
¿Es posible ser un alfa si a una parte de ti no le gusta estar al mando?
—Me presiona la nuca con el pulgar, dejando una estela de calor tras de sí.
Yo contengo un jadeo—. El collar es un símbolo de dominancia.
Y no me gusta. Cuando esté con una mujer, quiero que seamos iguales.
No quiero convertirme en mi padre. No quiero que mi clan piense que soy como él.
Y no quiero que tú pienses que soy así, princesa.
—Me pasa las manos por la parte superior de los brazos y suspira—.
Así que no, no me gusta que lo lleves puesto.
Es un recordatorio de todo lo que no deseo ser.
—¿Y qué deseas ser?
Se queda callado un instante, unos segundos que me permiten apreciar su respiración y el débil titilar de la vela junto a la cama.
—Un buen hombre.
Trago saliva.
—Yo creo que eres un buen hombre.
Probablemente no debería tener esa opinión de un lobo que me raptó de la cama, pero la tengo. He tratado con monstruos y sé que Callum no es uno de ellos.
—Eso significa mucho para mí, princesa. —Su voz suena ronca, lo que me indica que está siendo sincero—. De verdad.
Pese a la seriedad de la conversación, noto el cuerpo ligero bajo las manos de Callum. Las mueve sobre mis hombros, presionando y masajeando mis músculos resentidos con los dedos.
—¿Así va bien? —pregunta.
— Sí .
Me arde la sangre en las venas. Que la habitación esté fría no impide que yo esté caliente.
Puede que esté aliviándome la tensión de los músculos, pero la está avivando en otra parte. Quiero más. Quiero sentirlo con más fuerza, con más firmeza, más abajo.
Mi respiración se acelera. Un anhelo casi doloroso surge entre mis piernas. Con sus manos acariciándome la cintura, todo el calor de mi cuerpo parece concentrarse ahí, en el centro.
Callum se queda quieto.
Me inunda una fría decepción.
—¿Qué pasa? —pregunto, echando un vistazo hacia atrás.
El pánico se adueña de mí en cuanto detengo la mirada en su rostro.
Me abalanzo hacia delante para hacerme con el abrecartas de plata que hay en mi mesilla de noche y pego la espalda al cabecero.
Callum tiene cada músculo en tensión. Cierra los ojos, pero no antes de que pueda ver lo que ocultan sus párpados: sus pupilas se han dilatado, sus iris han cambiado de forma y, de algún modo, son ahora más brillantes.
No son los ojos de Callum. No son los ojos de un hombre. Han cambiado.
Son los ojos de un lobo.