El rey de los lobos 1 Capítulo 25
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Capítulo 25

A lgo parece suceder entre los dos hombres.

Blake inclina la cabeza y camina de vuelta al castillo con la brisa alborotándole el cabello oscuro.

A lo lejos, oigo gritos y el estruendo de los cascos contra el suelo.

—Como Magnus le diga a alguien quién es ella, te mataré —dice Callum con la respiración pesada, los dientes apretados y la mandíbula tensa.

A pesar de estar a varios metros de distancia, Blake lo oye y vuelve el rostro con una ceja alzada. Un pequeño gruñido reverbera en el pecho de Callum.

—¿Crees que no lo sé? —dice Callum—. Ocúpate de ello y date prisa.

Blake curva los labios y acelera un poco el paso antes de de­sa­pa­re­cer al otro lado de las murallas del castillo.

Callum respira deprisa.

—No te separes de mí.

Nos apresuramos por la hierba y Callum procura no dejarme atrás.

En cuanto nos llega un grito de dolor, él echa a correr y yo voy tras él.

Me topo con una escena de lo más caótica nada más llegar al patio de armas y lo pierdo de vista.

El aire carga con el peso de muchas voces alzadas mientras los lobos se reúnen. La sensación es la misma que la de las horas previas a una tormenta, cuando el aire se vuelve pesado y electrizante como antesala del primer restallido.

Alguien a mi izquierda vocifera algo despectivo sobre mi padre; otro promete arrebatarle algo a Sebastian y acabar con ello despacio. Una tercera persona grita que todos los sureños morirán.

Se me pone la carne de gallina. La multitud me ha engullido por completo, me veo zarandeada por brazos enormes y musculosos y capto destellos de armas y de colores de distintos clanes, así como miradas repletas de odio.

Tengo que encontrar a Callum. Como estos lobos se enteren de que soy la hija del rey, me harán pedazos.

No creo que un collar vaya a bastar para salvarme de esto.

Ni siquiera estoy segura de que Callum pueda hacerlo.

Una parte de mí se pregunta si será incluso capaz de darse cuenta de que vienen a por mí.

Han herido a alguien de su clan. Está distraído.

Tiene cosas más importantes de las que preocuparse.

Me escurro entre la multitud y de pronto me veo sacudida por el olor metálico de la sangre. Se me revuelve el estómago al ver que los adoquines frente a mí están teñidos de carmesí.

Callum aguarda con una quietud letal en el ojo de la tormenta.

Le dice algo a Fergus y a Becky, la joven criada de las cocinas que rescataron del castillo de Sebastian.

Coge el cuerpo inerte de Ryan, que, pálido, cuelga de uno de los dos caballos.

Se lo carga al hombro mientras Becky suelta un grito tan fuerte que se eleva por encima de la algarabía.

Tiene el rostro surcado de lágrimas y sangre.

Se me para el corazón. Ryan.

Apenas respira. Tiene los ojos cerrados y una marca morada en la mejilla, donde le han golpeado. Su camisa está empapada de sangre, y su cabello cobrizo, de sudor.

Me acerco con premura, lo que hace que un tipo de kilt azul al lado de los caballos me dedique un improperio.

—¡Mira por dónde vas, muchacha! Serás… —Sus fosas nasales aumentan de tamaño, sus facciones se endurecen—. Humana . ¡Eh! —Mira a su alrededor—. Hay una zorra sureña…

Callum se gira y el tiempo parece detenerse.

Un rugido grave vibra en su pecho con una frecuencia tan alta que se expande por el patio. No es la primera vez que gruñe en mi presencia, pero sí es la primera que resulta puramente animal.

Me recuerda lo que es: un lobo, un asesino.

Un alfa.

El silencio se apodera del patio. La gente vuelve la mirada hacia el origen del enfado de Callum, y el lobo del kilt azul retrocede unos pasos.

Entonces la turba se fija en mí. Se me eriza el vello de la nuca al oír el susurro que salta de boca en boca. «Humana». Quiero correr, esconderme, pero no puedo. Estoy rodeada.

Una ráfaga de viento me aparta el pelo del rostro, dejándome el cuello al descubierto.

Y también el collar.

Otro torrente de emociones sacude a la multitud. Alguien gruñe. Una mujer lanza un escupitajo.

—Es mía —declara Callum.

Se me seca la boca ante el poder que irradia. Me busca con la mirada y yo alzo el mentón. Asiente y yo le devuelvo el gesto.

Entonces el tiempo vuelve a moverse a toda velocidad. Callum avanza hacia las puertas del castillo con Ryan al hombro.

—Fergus, ve a por el sanador. —Callum pronuncia la palabra «sanador» como si tuviera mal sabor—. Isla, ocúpate de la muchacha…

—Voy con vosotros —indica Becky.

Isla se lanza hacia delante, pero Callum se topa con la mirada decidida de Becky, suspira e inclina la cabeza.

—Rory —dice Callum—, sígueme.

Los ojos de Isla se tornan gélidos en cuanto se detienen en el collar que me adorna el cuello. Aprieta los labios.

Callum no necesita decírmelo dos veces. Aunque no estuviera rodeada de lobos que quisieran matarme, iría tras él. No por lo que simboliza el estúpido collar, sino por el chico que sostiene entre los brazos… y del que gotea sangre.

Estoy unida a ese muchacho. Le salvé la vida en el recinto de lucha. Me ocupé de su brazo herido en las perreras. Él me condujo al camino que me ha traído al Reino de los lobos. Y seguramente ha sido mi gente la que, en mi búsqueda, le ha hecho esto.

No puede morir así.

— Zorra —murmura Isla en cuanto paso por su lado.

Yo me muerdo la lengua para no responderle con algo semejante, pues no quiero empeorar una situación ya crítica de por sí.

Noto la abrasión de las miradas de los otros lobos en la nuca mientras me apresuro a atravesar la entrada del castillo. Las grandes puertas de roble se cierran a mi espalda.

Sigo al grupo por el castillo. Atravesamos las cocinas y recorremos unas escaleras descendentes en dirección a una estancia oscura debajo de la edificación.

Debemos de estar en la enfermería. En las paredes hay estanterías repletas de pequeños tarros y botes, además de una mesa de trabajo llena de libros, hierbas y herramientas de reluciente metal que descansan contra la pared.

Hay también un par de camillas, y Callum deposita a Ryan en una de ellas con delicadeza. Se arrodilla junto a él y presiona la herida que tiene en el costado. La sangre se escapa entre sus dedos.

La respiración de Ryan es trabajosa y cada temblorosa bocanada de aire suena como si pudiera ser la última. Callum tiene aspecto de estar sufriendo.

Un extraño aroma impregna el aire. Las paredes se ciernen sobre mí en cuanto lo identifico: es el olor de la muerte. El dolor, la pena y la inevitabilidad de lo que va a suceder cuelga sobre nosotros como un sudario. Me recuerda demasiado a las últimas horas que pasé con mi madre antes del final.

Mi corazón retumba contra mis costillas. No sé qué hacer.

Becky, que le ha tomado la mano a Ryan al otro lado de la camilla, empieza a llorar, como si también se hubiera dado cuenta de qué es lo que va a pasar.

—¡Ghealach! —maldice Callum—. ¿Por qué no se cura? No debería sangrar tanto. ¿Dónde coño está…?

La puerta se abre para dar paso a Blake. A pesar de la evidente aversión que le profesa Callum, su llegada le alivia un poco la tensión que carga sobre los hombros.

Es extraño… Da la impresión de que el poder ha cambiado de bando. Aunque Callum sea el más musculoso de los dos, parece hacerse pequeño en cuanto Blake se adentra en la estancia.

—¿Por qué has tardado tanto?

—Me ha costado un poco persuadir a Magnus. —Blake se arrodilla junto a Callum y Becky gruñe al verle levantar uno de los párpados cerrados de Ryan—. Vuelve a hacer eso y te arranco la lengua de cuajo.

La chica tiene pinta de estar a punto de lanzársele al cuello por encima de la camilla, pero Callum eleva una mano ensangrentada.

—Está bien, Becky —le dice—. Blake es el sanador del Castillo de Madadh-allaidh.

No necesito esforzarme para recordar el desprecio con el que Callum ha pronunciado la palabra «sanador» antes de venir. Ahora entiendo por qué.

Blake no es lo que yo esperaría de un sanador. No se parece en nada a los viejos caducos que trabajaban para el sumo sacerdote y que hicieron más bien poco por aliviar el padecimiento de mi madre.

Contemplo cómo se desabrocha las mangas de la camisa y se las arremanga para dejar a la vista unos antebrazos fibrosos y una fea cicatriz justo por debajo del codo.

—¿Qué le pasa a Ryan? —pregunto al acordarme de ese horrible libro de experimentos que encontré en mis aposentos—. Creía que los lobos sanaban rápido.

Las velas titilantes de la enfermería proyectan haces de luz que danzan sobre las facciones cinceladas de Blake.

—Venga, si ya conoces la respuesta, pequeña liebre.

—¿Y por qué la iba a conocer?

Blake chasquea la lengua.

—No me digas que te has metido en una guarida llena de lobos sin saber qué es lo que nos debilita. Eso no es muy inteligente por tu parte, ¿no crees?

—Ahora no es el momento, Blake —masculla Callum.

—De él me espero que sea estúpido, pero de ti… —continúa Blake—. De ti, no. Las criaturas pequeñas y frágiles no pueden permitirse el lujo de ser estúpidas. Es demasiado fácil hacerlas pedazos.

Si Callum no tuviera ambas manos presionando el costado de Ryan, creo que desmembraría a Blake aquí mismo. Desde luego, por la cara que pone y la tensión de su mandíbula, parece que ganas no le faltan.

Sin embargo, por raro que parezca, da la sensación de que Blake intenta darme un consejo.

Sus ojos relucen como si me estuviera retando a encontrar la respuesta.

Vuelvo a pensar en el libro. Había un experimento que mencionaba una sustancia que influía en la capacidad regenerativa de los lobos y que, en grandes dosis, podía ser mortal.

Me invade el terror.

—Acónito —murmuro.

—Buena chica —dice Blake.