Capítulo 24
Q ué normas básicas? —pregunto con los ojos entrecerrados.
Callum suspira y después señala con la cabeza hacia la cama.
—Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
Él suelta una risa.
—La primera norma es que si te pido que hagas algo, necesito que lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque soy un alfa. Y es lo esperable.
—¿Así que los alfas son tan frágiles que no pueden lidiar con ninguna clase de desafío? —Ladeo la cabeza—. Creo que os parecéis a los señores de las Tierras del Sur más de lo que creéis.
Un leve gruñido de desagrado vibra en su garganta al tiempo que se cruza de brazos. Tengo que obligarme a apartar la mirada de la forma en que sus bíceps tensan la camisa. Reprimo una sonrisa. ¿Por qué será tan satisfactorio sacarle de sus casillas?
—No —murmura—. No es eso.
Se me tensa la comisura del labio.
—¿Entonces?
Él suspira.
—Vale, supongo que un poco sí es así: pareceré débil si dejo que me desafíes. Y si parezco débil, estarás en peligro. ¿Entendido?
Pongo los ojos en blanco.
—Vale. Pero como me pidas que haga algo humillante, juro por la Diosa del Sol que te haré quedar tan mal que…
—No lo haré, Rory. Prometo que no te obligaré a hacer nada perjudicial para ti, ni comprometeré tu moral ni tu integridad. A cambio, mientras seas mía, yo también seré tuyo. Seré tu alfa. Prometo cuidar de ti. Al menos mientras estés aquí, conmigo.
Su mirada me hace prisionera. Una oleada de calor brota en mi interior y se me extiende por todo el cuerpo, descongelándome el alma, o eso me parece.
—Ah —musito.
Debería espantarme cada palabra que ha dicho. Sin embargo, por primera vez desde la muerte de mi madre, alguien se está ofreciendo a cuidar de mí. Llevo sola tanto tiempo que se me había olvidado lo que es eso.
Me giro hacia la cama y me siento para que no pueda apreciar el impacto que me ha causado.
—Hay una cosa más —añade. Viene hacia mí y se arrodilla, haciendo crujir los tablones del suelo bajo su peso.
Pasa el pulgar por el lazo que me rodea el cuello y, de pronto, se me olvida cómo respirar—.
La gente sabe que no soy muy partidario de esta tradición.
Cuando te vean llevar el collar, podrían pensar dos cosas.
Una es la verdad: que estoy ocultándoles algo y te protejo porque eres importante. No podemos permitir que lo crean.
—¿Porque entonces alguien te retaría? —pregunto.
—Correcto. Y yo vencería, no te confundas. —Contengo una sonrisa. Dicha por cualquier otra persona parecería una aseveración bastante arrogante, pero tratándose de él lo cierto es que me lo creo—. Pero nos traería muchos problemas políticos, y James, el rey, no estaría contento conmigo.
—¿Cuál es la otra opción?
—Si llevas esto, la gente pensará que hemos… intimado. ¿Entiendes a qué me refiero?
El recuerdo de lo que Magnus le hizo a esa mujer en la perrera me inunda la mente. La tenía de rodillas y le arrancaba gemidos mientras la embestía desde atrás. Sebastian dijo que así es como los lobos toman a sus mujeres.
La gente pensará que he hecho eso con Callum.
Mi mirada va a parar a su amplio pecho y en cómo su camisa, desabrochada en la parte superior, deja al descubierto un poderoso cuello. Tiene las manos en la cama, flanqueando mis muslos. Me imagino que me agarra las caderas con ellas, que me da la vuelta para obtener su placer de mí.
Una chispa de calor se enciende en mis adentros.
—Si te lo pones, la gente pensará que eres mi pareja —explica—. Es la única otra razón por la que podría habértelo dado, y esa es la idea que debemos avivar.
—¿Tu pareja?
—Cosas de lobos. Se trata de algo inusual y poderoso.
Es una conexión más fuerte incluso que el amor.
Se da cuando dos almas son elegidas por la Diosa de la Luna para estar juntas y esta entrelaza su destino.
Así que… —me dedica una sonrisa inocente—, es posible que tenga que tocarte de vez en cuando.
—Ya lo haces de todas formas.
—Y tendrás que actuar como si de verdad te gustara, princesa.
—Ya me gustas.
Su sonrisa aumenta.
—Bueno, pues entonces perfecto, ¿no? Porque tú también me gustas a mí. Entonces ¿accedes a todo esto?
Tendré que comportarme como si fuera mi… ¿amante? La idea hace que se me acelere un poco el corazón.
Asiento despacio.
—Supongo. Qué remedio.
—Bien. Ahora, ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
El agua oscura del lago crea ondas en la superficie. Al otro lado solo se distinguen verdes montañas escarpadas y a nuestra izquierda se extiende el espeso bosque.
Hoy, el viento sopla con suavidad. Susurra entre mi cabello y trae consigo un aroma a turba y brezo.
Las espadas resuenan a nuestras espaldas en el patio de armas del castillo, pero hemos salido más allá de la muralla exterior, hasta un lugar en el que no hay nadie.
De camino nos hemos cruzado con algunas personas que se nos han quedado mirando, pero la capa oscura que he encontrado en el armario me oculta el cuello con bastante eficacia.
He accedido a ponérmelo, no a exhibirlo.
Callum y yo nos sentamos sobre la hierba húmeda. Saca un pedazo de pan que ha rapiñado de las cocinas, lo parte por la mitad y me da un trozo.
Le doy un mordisco antes de estirar las piernas, lo que dibuja una mueca dolorida en mi rostro.
—¿Todavía estás resentida por el viaje a caballo? —pregunta con una ceja alzada—. Ghealach, si han pasado… ¿Qué? ¿Cuatro días?
—No todos somos lobos descomunales con músculos enormes como tú.
Él ríe.
—Correcto. Eso puede ser. Pero, cuatro días… ¿Todos los humanos tardan tanto en recuperarse? Porque si es así… Quizá no necesitamos el Corazón de la Luna para venceros, después de todo…
Hay un brillo juguetón en sus ojos. Yo alzo el mentón.
—Tal vez no sea una gran guerrera sedienta de sangre, pero estoy segura de que hay cosas que sé hacer mejor que tú.
—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?
Me encojo de hombros.
—Tengo ciertas aptitudes en el arte de la sanación y como apotecaria.
No me quedó otra, ya que tuve que atender mucho a mi madre cuando era niña y desarrollé cierto interés por ello cuando murió.
Siempre me he preguntado si habría podido salvarla de haber conocido la combinación adecuada de hierbas.
Y también bordaba mucho cuando estaba en casa.
Él arranca un trozo de pan con los dientes y lo mastica.
—¿Te gusta coser?
—No es que se me permitiera hacer mucho más. Estuve enferma buena parte de mi infancia. Mi padre nunca me dejaba salir a divertirme con los demás niños. —Me encojo de hombros—. No era apropiado, dado mi estatus. Así que busqué alternativas para entretenerme.
—¿Qué clase de cosas te gusta coser?
—Vestidos, sobre todo. Me encanta la moda. —Trago saliva—. Mi madre me enseñó a hacer bordados y me gustaba mucho plasmar las escenas de las historias que me contaba de niña. Fingía que vivía en ellas. —Sacudo la cabeza—. Menuda tontería.
—No —replica él—. No me parece una tontería, en absoluto. ¿Qué más te gusta hacer?
—Pues… leer, supongo.
—Otra cosa que probablemente se te dé mejor que a mí.
Callum apoya los brazos en sus rodillas elevadas y deja que su mirada se pierda en el agua.
—¿No sabes leer?
—Sí sé, pero no muy bien. Mi madre me enseñó cuando era un muchacho, pero mi padre nunca consideró que fuera importante. Él…
Callum se pone rígido y a mí se me eriza el vello de la nuca. Ambos echamos la vista atrás.
Blake está reclinado contra la muralla exterior del castillo, a unos noventa metros de nosotros. Habla con una chica que carga con un faisán muerto, pero tiene la mirada puesta en mí. Sus ojos descienden hasta mi cuello y la comisura de sus labios se curva.
—Blake… —masculla Callum—. ¿Qué querrá?
Cuando la chica se marcha, Blake empieza a andar hacia nosotros con las manos en los bolsillos de los pantalones.
A medio camino del prado, frena.
Callum olfatea el aire y acto seguido se levanta de golpe.
Ambos vuelven la cabeza hacia la colina que hay al otro lado del castillo.
—¿Qué pasa? —pregunto alarmada mientras me pongo de pie.
—Caballos. Fergus. Magnus. Y… Ryan. —El cuerpo de Callum se ha vuelto rígido, y su respiración, pesada—. Vienen hacia aquí. Puedo olerlos, y también sangre. Huelo sangre. —Traga saliva y el semblante se le queda lívido—. La sangre de Ryan.