El rey de los lobos 1 Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Sí, lo entiendo. Mira, aquí las mujeres gozamos de más libertad que en las Tierras del Sur.

Podemos luchar y trabajar en los establos, y se tiene en cuenta nuestra opinión en la política de los clanes.

Pero te habrás dado cuenta de que ninguna se sentó a la mesa de los alfas en el Gran Salón anoche.

Hay ciertas tradiciones que, en mi opinión, deberían erradicarse.

—Señala la cajita con un movimiento de cabeza—.

Si te consuela, a Callum tampoco le gusta mucho esta, pero la verdad es que llevar el collar sí que te dará la libertad necesaria para moverte por el castillo sin miedo.

—Se muerde el labio inferior, con aspecto de estar debatiéndose entre la posibilidad de contarme algo más o callárselo—.

Lo cierto es que me sorprende que te lo haya dado.

El coste es tan alto para él como lo es para ti.

Arrugo el entrecejo.

—¿A qué te refieres?

—Tal vez él decida explicártelo algún día. —Se separa del escritorio y vuelve a la puerta—. Deberías ponértelo, en serio. La luna llena está al caer, y eres humana. —Sus ojos se ensombrecen bajo la luz de la mañana—. Necesitarás toda la protección a tu alcance cuando salga.

Quizá tenga razón, pero no me siento capaz de ponerme ese collar.

Los siguientes días transcurren de manera similar: me levanto dolorida y con el cuerpo resentido, con los músculos aún rígidos por el viaje hasta aquí.

Por las mañanas, Callum me visita y después Fiona me trae gachas, frutas del bosque y té recién hecho para desayunar.

Luego vuelve por la tarde para servirme empanada y filetes de carne con pan.

Cuando me quedo sola, me dedico a explorar mis pequeños aposentos en compañía del repiqueteo de la lluvia contra la ventana.

Leo más libros espantosos sobre experimentos, hojeando páginas con títulos como Cómo afecta el acónito a la capacidad regenerativa de los lobos , El orden en que se rompen los huesos de los lobos cuando se transforman y Provocando al lobo interior: La respuesta de un mestizo ante trauma emocional.

Tengo claro que no me gustaría conocer a la persona que ocupó estas estancias antes que yo.

Descubro que las visitas de Callum son algo que espero con impaciencia, ya sea para sentarse de formas poco apropiadas en mi cama, quedarse de pie junto a la ventana o compartir conmigo pequeños retazos de su vida.

Me habla del castillo de su clan, que se encuentra tan al norte que apenas lo baña la luz del día, y también me cuenta cómo creció cazando en los bosques y cómo se rompió una pierna cuando era pequeño en un intento por descender hasta Glen Ghealach en busca de un antiguo templo dedicado al Lobo Primigenio.

Pese a la frustración que lo embargó esa primera mañana conmigo, no insiste demasiado respecto al collar.

—Hay quien piensa que llevarlo sería un honor, para que lo sepas —me comenta un día.

—¿Quién lo piensa? ¿Isla?

Me cruzo de brazos. La chica casi se desmaya al verlo cuando llegamos al castillo. Me apuesto lo que sea a que le encantaría ser «suya».

Mis palabras invocan una lenta sonrisa en el rostro de Callum.

—Correcto. Isla.

Yo hago una mueca y le pido que se vaya.

—Pero yo preferiría que te lo pusieras tú, princesa.

Una sonrisa traicionera se adueña de mis labios, aunque procuro ocultársela rápidamente.

Ya sé que debería ponerle fin a este absurdo ritual mañanero, pero no logro reunir el temple necesario para hacerlo. Los días transcurren con calma, y es como si una parte de mi alma que ni siquiera sabía que estuviera herida empezara a sanar.

Por extraño que resulte, parece que Callum disfruta de nuestra recién adquirida rutina tanto como yo, aunque cada día aparezca más desaliñado que el anterior.

Una pequeña semilla de culpabilidad germina en mi pecho. ¿Se estará privando de sueño por mi culpa? ¿Se queda haciendo guardia por las noches?

Lo que finalmente sella mi destino es una conversación que mantengo con Fiona la tercera noche, cuando me trae la cena.

—¿Habéis recibido noticia de los demás? —le pregunto mientras parto un trozo de empanada de venado, sentada frente al escritorio—. Me refiero a los que escaparon del castillo de Sebastian con nosotros.

Fiona está tumbada en mi cama, con las manos entrelazadas tras la cabeza y sus sucias botas en mi colcha.

Nunca he tenido amigas. Antes, mis días no se llenaban más que de sonrisas y risas falsas.

Todos temían a mi padre demasiado como para atreverse a decir algo que no fuera meramente superficial.

Una pequeña parte de mí se pregunta si podría ser distinto con Fiona, pero destierro la idea.

¿Por qué querría ella trabar amistad con la hija del rey enemigo?

—No —contesta—. Creemos que les ha pasado algo. Callum ha enviado un destacamento en su busca. Él también quería ir, está preocupado por el muchacho…

—¿Ryan?

—Sí, pero… Bueno…

Con el ceño fruncido, dejo el tenedor.

—¿Por qué no va? —Ella gira la cabeza y levanta mucho las cejas—. Ah —respondo en voz baja perdiendo el apetito—. Por mí.

Al día siguiente me levanto temprano y contemplo cómo el sol despunta sobre el lago.

Cuando por fin me devuelvan a mi gente, estoy decidida a ser para mi padre algo más valioso que un simple premio que otorgarle a Sebastian.

Si puedo demostrarlo, seré libre como yo quiero serlo.

Si ponerme el collar va a permitirme llevar a cabo mi plan, me lo pondré.

De ese modo podré explorar el castillo y descubrir sus secretos.

Lo hago por mí , no por Callum.

Antes de que pueda meditarlo demasiado, abro la caja, cojo el collar y me lo abrocho alrededor del cuello.

No es especialmente cómodo, lo que supone un recordatorio de que estoy dando mi beneplácito a ser propiedad de otro hombre.

O, al menos, a que lo parezca. Noto la gema fría contra la piel, y también su ineludible peso físico, aunque no sé si tanto como notaré el peso moral de esta decisión en los próximos días.

Aquejada por un leve mareo, me siento en el borde del colchón y junto las manos.

No pasa mucho rato hasta que oigo un firme golpe contra la puerta. El corazón me da un vuelco al tiempo que me pongo de pie.

—Adelante —digo.

Nada más entrar, la mirada de Callum se detiene en mi cuello. Tensa la mandíbula.

—Si me pongo esto, mantendré mis propios aposentos y podré recorrer el castillo sin supervisión —señalo.

Él se pasa una mano por la boca.

—Correcto. —Su voz suena un poco ronca.

—Vale —digo.

Inspira profundamente.

—De acuerdo. Si vas a llevarlo en público, hay ciertas cosas que se esperan de ti. Cosas que me perjudicarán si no te las to­mas en serio. —Sus ojos, que rayan en la severidad al clavarse en los míos, no admiten desafío alguno—. Así que debemos repasar ciertas normas básicas.