El rey de los lobos 1 Capítulo 23
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Capítulo 23

E l lazo de tela roja cuelga de mis dedos. Aprieto los dientes mientras me arrolla una oleada de indignación. No puede pretender que me ponga esto. Es humillante.

—Es como el collar de un animal —señalo.

—No lo veas de esa forma.

Lo vuelvo a meter en la caja y se la doy a Callum de mala manera.

—No pienso ponérmelo.

—No es tan distinto de una anillo de boda…

—Y como puedes comprobar, tampoco llevo uno de esos.

—Pero lo llevarías si te hubiera dejado en las Tierras Fronterizas.

—¿Así que esas son mis opciones: pertenecerle a Sebastian o pertenecerte a ti?

Callum tensa la mandíbula.

—Sin duda soy la mejor alternativa, ¿o no?

Desvío la mirada hacia las arrugas de su camisa, tensa sobre la rigidez de sus músculos, y después vuelvo a mirarlo a los ojos. Me abrasa con ellos y se me acelera el corazón.

La primera vez que vi a Callum pensé que era un monstruo, y bien lo parecía en el interior del recinto de lucha, con su amplio pecho al descubierto y ese torso duro como una piedra.

Sin embargo, el auténtico monstruo de esa noche estaba sentado a mi lado. Amenazó con tomarme como a una sucia perra en nuestra noche de bodas e incluso añadió que después me tiraría a la perrera para que Callum pudiera abusar de mí de la misma manera.

La mera idea me llenó de temor, pero ahora sé que Callum nunca me heriría de ese modo. Pese a ser un poderoso enemigo de mi pueblo, la verdad no puede obviarse: es la mejor alternativa.

Trago saliva.

—Esa no es la cuestión.

—No —secunda Callum con las cejas alzadas—. La cuestión es que voy a mantenerte a salvo. Nadie se atreverá a tocarte si piensan que eres mía.

—La gente ya sabe que me has traído aquí. Es innecesario que me ponga esto.

—No, princesa, no lo es. —Sacude la cabeza—.

Decírselo a la gente… No es lo mismo. Puede que no tengamos nobles y damas como los tenéis en el sur, pero contamos con ciertas reglas, leyes y tradiciones.

Por ejemplo, si desafiara a Rob y le venciera, me quedaría con su clan y con su título.

—Señala con la cabeza al objeto que sostengo en la mano—.

Póntelo y no te pasará nada. Es la ley de los lobos, inquebrantable e inevitable, estamos atados a ella del mismo modo en que estamos supeditados a la Luna y debemos transformarnos en cuanto nos roza.

Me detengo a apreciar el resplandor que la luz de la mañana arranca de la gema escarlata.

—¿Tú te pondrás uno? —pregunto.

—Claro que no. Es distinto.

—¿Por qué?

—Porque… ¡porque soy un alfa!

—¡Y yo una princesa!

Él gruñe y se frota la cara.

—Lo que eres es imposible.

—¿Y tú no?

Cruza los brazos frente al ancho pecho y yo hago lo propio, dando un paso hacia él.

—Accedí a venir aquí a cambio de mi libertad —recalco—. Pero poco tiene que ver con eso ser de tu propiedad durante mi estancia para que después me entregues a Sebastian cuando ya no te sirva, ¿no te parece? Ese era nuestro trato. Era mi condición.

Un extraño ruido brota de entre sus labios.

—¿No te das cuenta? ¡Esto te da libertad! Podrás quedarte en esta habitación o deambular por el castillo a tu gusto si es lo que quieres. —Señala la ventana—. Incluso podrás ir a pasear afuera. Nadie te pondrá una mano encima. Serás libre .

Da un paso hacia delante, lo que solo deja un par de centímetros entre los dos y hace que su aroma me envuelva.

—La luna llena está próxima, princesa. Hay un lobo en nuestro interior, dentro de cada uno de nosotros. —Se lleva una mano al pecho—. Nos afecta más a medida que se acerca. Alimenta ciertos… instintos. No estás a salvo, y no lo estarás a menos que te pongas esto y la gente crea que eres mía.

Niego con la cabeza.

—No. Es degradante. No me lo voy a poner.

Callum cierra los ojos.

—Ghealach, dame fuerzas.

Pasa por mi lado, suelta la pequeña caja sobre la cama y después se dirige a la puerta.

—¿Adónde vamos?

— Yo voy a desayunar algo. Tú puedes quedarte aquí y reflexionar sobre tus opciones: o te pones eso o me tendrás pegado a ti día sí y día también, a todas horas.

—Se apoya en el quicio de la puerta con el principio de una sonrisa curvando la comisura de su boca—.

Aunque a lo mejor eso es lo que deseas, princesa.

—¡No! —Camino hacia él—. Tengo hambre. Yo también voy.

Él suelta una sombría carcajada.

—Ah, no, de eso nada.

Le pongo una mano en el abdomen con la intención de apartarlo a un lado, pero me quedo quieta al notar su torso sólido y sentir las ondulaciones de sus músculos a través de la camisa de lino. El calor de su cuerpo me abrasa las yemas de los dedos.

Nunca antes había tocado así a un hombre.

Alzo la mirada. La diversión se ha desvanecido de sus ojos y, durante un segundo, antes de que parpadee un par de veces, me da la impresión de que sus iris cambian de forma.

Me separo de él como si me hubiera quemado y retrocedo un paso.

—Lo siento —murmuro, y acto seguido me odio a mí misma por haberme disculpado. ¿Acaso no me ha toqueteado él de modos similares más de una vez desde que nos conocimos?

Me contempla con curiosidad y una expresión enternecida.

—No tienes que pedir perdón por tocarme, princesa. —Alza una ceja—. Ahora, si quieres disculparte por ser más terca que una mula… En fin, eso es otra cosa. —Mira la pequeña caja en la cama—. Piénsatelo. Volveré dentro de poco, cuando lo hayas meditado.

Dicho lo cual se da la vuelta y me deja sola.

Con un suspiro, voy a la cama para sentarme. Cojo la pequeña caja y vuelvo a examinar el ofensivo accesorio que guarda.

A lo largo de mi vida he hecho muchas cosas que no deseaba hacer con tal de garantizar mi supervivencia.

No quería casarme con Sebastian para ayudar a mi padre a asegurar el norte, pero accedí a hacerlo de todos modos, porque temía lo que pasaría si no lo hacía.

Ponerme esto sería lo más sensato. Si Callum dice la verdad, me permitirá caminar libremente por el castillo y aprender sobre los lobos.

¿Quién más de las Tierras del Sur tendría semejante oportunidad?

Sin embargo, me resulta humillante. Incluso dejando a un lado lo que pensaría mi padre, debo tener en cuenta mi futuro. Mi pueblo nunca me respetará si me pongo esto.

Además, Callum ha perdido los nervios cuando me he negado. No sé por qué, pero me ha resultado satisfactorio verlo. Es tan grande, fuerte y siempre tiene todo tan bajo control que hace que me pregunte qué pasaría si eso cambiara. ¿Qué pasaría si provoco al lobo que se oculta en el hombre?

Dejo caer la caja en la colcha a mi espalda. Creo que me gustaría ver la reacción de Callum si ofrezco un poco de resistencia. Se lo merece por haberme dejado sin desayuno.

Me protesta el estómago mientras continúo curioseando mis nuevos aposentos.

Hay libros por doquier. Cojo los ejemplares de La enciclopedia de un sanador , Recopilatorio de enfermedades y dolencias y Compendio de venenos .

Hay un tomo polvoriento en particular que me llama la atención.

En el grueso lomo, escrito a mano en una caligrafía ininteligible, pone: Experimentos: Tomo 1.

Lo abro por una página cualquiera. En la parte superior, con letras borrosas, está escrito: «lobos, recuperaciones»

«Herramienta: cuchillo de hierro. Inserción practicada en el bajo torso del Sujeto Trece, a una profundidad de dos centímetros y medio.

El tiempo de recuperación es de unos tres minutos aproximados, significativamente más rápido que cuando se emplea plata.

En el caso de que la hoja estuviera envenenada, ¿permanecería la sustancia bajo la piel? Poner a prueba teoría mañana».

¡Diosa! ¿Acaso un antiguo ocupante de estos aposentos redactó este tomo? Me estremezco, y sin embargo no puedo evitar leer otra página.

En la parte superior leo: «Si le extraigo los órganos a un lobo, ¿estos crecerán de nuevo?».

Alguien llama a la puerta y yo alzo la cabeza, sobresaltada, dejando caer el macabro libro sobre el colchón, que levanta una nube de polvo a su alrededor.

¿Se habrá dado cuenta Callum de lo desconsiderado que ha sido al privarme del desayuno? ¿O se trata de otra persona?

Voy de puntillas hasta la puerta.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar? —pregunta una voz femenina que me resulta familiar.

Antes de que responda, Fiona entra en la habitación acompañada del aroma terroso de los establos. Lleva una bandeja en la que hay una tetera y una taza desportillada, así como un tazón de gachas humeantes y un pequeño tarro de miel.

—Órdenes de Callum. —Aparta un montón de papeles del escritorio y deja la bandeja en su lugar—. También tengo instrucciones estrictas de no decirte, bajo ninguna circunstancia, que él mismo me ha pedido que te lo traiga.

Mira por encima de su hombro con una sonrisa y un brillo en sus ojos castaños.

—¿Y por qué me lo has dicho?

—Porque es un buen hombre y no le veo sentido a tratar de ocultarlo.

Se gira y se apoya en el escritorio con los ojos entornados en dirección a la cajita que hay en mi cama. La cara que pone hace que me pregunte si desaprueba el asunto tanto como yo.

—Me ha contado quién eres y por qué te ha traído —revela—. También me ha dicho que estás siendo terca.

Yo me cruzo de brazos.

—Bueno, ¿y qué esperaba?

—Lo que espera es que lo trates como si fuera tu alfa y que hagas todo lo que te diga. Y no sabe qué hacer contigo ahora que ha descubierto que eso no te va.

—No le gusta que le digan que no, ¿verdad?

—Pues fíjate, creo que sí le gusta, lo que pasa es que no está acostumbrado. —Señala el collar—. ¿Por qué no quieres ponértelo?

La evalúo, preguntándome si decirle la verdad. En casa, las damas que me acompañaban a los bailes o a pasear me daban la razón dijera lo que dijese, tal era su desespero por congraciarse conmigo y con el rey.

Tengo la sensación de que, por una vez, puedo tener una conversación sincera. Quizá hasta me comprenda.

—Durante toda mi vida me han tratado como si fuera un premio o una pertenencia. Pensé que… —Suspiro—. No sé. Pensé que aquí podría ser diferente. Que quizá podría ser alguien o algo distinto. Si me pongo esa cosa, volveré a ser propiedad de un hombre, igual que en el lugar del que provengo.

Ella asiente.