Capítulo 22
N o he tenido a nadie desde que murió mi madre. La soledad siempre se ha extendido por mi cuerpo como si fuera podredumbre. Por mucho que estuviera rodeada de gente, consiguió penetrar en mi piel y amenazó con consumirme.
Sin embargo, esta mañana, al despertar, siento un tipo distinto de soledad: una en la que puedo oír mis propios pensamientos, que se mezclan con el suave repiqueteo de la lluvia contra la fina ventana.
Por una vez no tengo que actuar para nadie, porque no hay damas de compañía que me atosiguen para salir de la cama. Puedo quedarme enrollada en la suavidad de la colcha, en esta habitación a rebosar de montones de libros intrigantes y hierbas de fragancias embriagadoras.
Esta mañana no amanezco como hija del rey, la esposa de Sebastian o princesa con obligaciones. Solo soy… yo.
Siento una descarga de entusiasmo en el cuerpo.
Hay tantas cosas de las que debería preocuparme, como los lobos o lo inevitable que es que Sebastian dé conmigo y que Blake le revele mi identidad al rey.
O Callum.
Callum y la condición que quiera ponerme para que pueda tener mi propia habitación.
No se parece a nadie que haya conocido antes. Está desprovisto de toda clase de decoro y no deja de comportarse de un modo al que no estoy nada acostumbrada. Me incordia, me hace preguntas y me toca .
Y lo peor es que no estoy segura de que me disguste.
Ahora mismo me siento en paz. Satisfecha.
Libre.
Remoloneo unos veinte minutos, saboreando la sensación.
Detengo la mirada en el armario. Anoche estaba demasiado cansada como para investigar, pero siento curiosidad por qué clase de prendas habrá ahí.
Hoy me propongo aprender todo lo posible sobre los lobos con la esperanza de ganar un poco más de control que ayer respecto a cómo me presento ante ellos.
Me desperezo y mis extremidades se quejan, doloridas debido a los dos días que he pasado a caballo.
Renqueo por la habitación y abro el armario.
Lo que veo me sorprende gratamente: hay toda una colección de vestidos esperándome.
Todos están confeccionados con telas oscuras: negras, grises y azul marino.
Paso mis dedos sobre ellos, con lo que compruebo que tienen un buen acabado y que la mayoría son lo suficientemente sencillos como para ponérmelos sin ayuda.
Me llama la atención uno elegante negro, hecho de seda y con un intrincado encaje. Transmite poder. Lo acaricio, pero no es apropiado para un día como hoy. Quiero integrarme, no destacar.
También reparo en que hay un par de pantalones. En las Tierras del Sur, las mujeres no se ponen prendas como esa. Mi padre seguramente me repudiaría si me viera vistiendo algo así.
Quizá me los ponga más adelante.
Me decanto por un sencillo vestido marrón que me hará parecer inofensiva y me lo pongo.
Me estoy pasando los dedos por el pelo cuando alguien llama a la puerta. Se me corta la respiración porque sé de quién se trata.
—¿Puedo pasar, princesa? —pregunta Callum.
Abro y me encuentro con que lleva la misma ropa que ayer. Tiene un par de botones de la camisa de lino color crudo desabrochados y la lleva arremangada hasta los codos. La barba incipiente ensombrece su mandíbula. Me pregunto si habrá dormido algo. Aun así, sus ojos siguen resplandecientes.
—Tienes buen aspecto —dice.
No parece que le cueste hacer cumplidos, y además parecen genuinos. Me desconcierta.
Camino hacia la ventana para que no pueda ver mi sonrisa.
—Gracias.
El cielo está preñado de nubes grises y la lluvia rebota en la superficie del lago. Qué distinto es este ambiente y este clima a la ciudad tostada por el sol que hay más allá de los muros del palacio de las Tierras del Sur.
Callum se detiene detrás de mí, de manera que el calor abrasador que desprende su cuerpo me quema la espalda.
—Un día feo, ¿no? —comenta—. Aquí arriba llueve mucho. Imagino que no estaréis acostumbrados a este tiempo en el sur.
—¿Alguna vez has estado allí? Más allá de las Tierras Fronterizas, quiero decir.
—Todo es el sur cuando eres de Highfell. —Percibo la sonrisa en su voz—. Correcto, visité la Ciudad del Rey en una ocasión. Hará unos…, bueno…, cinco años.
—Supongo que para armar barullo.
Él ríe.
—No. Fui a buscar a alguien. Creí que quizá la encontraría allí.
Un sentimiento extraño me recorre el cuerpo.
—¿Buscabas a alguna amante?
—¿Una amante? No. —Suspira—. Buscaba a mi madre.
Alzo los ojos hacia él. Tiene la mirada perdida más allá de la ventana y una expresión pensativa en el semblante. Algo dentro de mí se enternece.
—¿Y por qué iba a estar en las Tierras del Sur?
Él se muerde el labio inferior.
—Desapareció una noche y mi padre creyó que se la habían llevado los humanos. La dieron por muerta, pero… —sacude la cabeza— yo nunca me lo tragué. Creo que huyó.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué haría una cosa así?
Callum traga saliva.
—Mi padre era… Era un hombre difícil.
—Ah —musito—. ¿La encontraste?
Me ofrece una sonrisa triste.
—No.
Un denso silencio se instala entre ambos mientras miramos absortos por la ventana. Los árboles que hay más allá del lago susurran al son de la brisa. No hay nadie a la vista.
Una vez más, me invade la paz… Hasta que oigo el suspiro de Callum.
—En fin, respecto a la condición que quiero poner para que puedas quedarte aquí… —empieza.
Me vuelvo hacia él, lo que me obliga a echar la cabeza hacia atrás para hundir mi mirada en la suya.
—¿De qué se trata?
Saca una pequeña caja negra del bolsillo del kilt . Se la queda mirando un momento y después deja escapar el aire y me la entrega.
Yo la abro con el ceño fruncido. Dentro hay un lazo de tartán rojo con una joya carmesí engastada en un colgante.
—¿Qué es? —pregunto.
—Es… Esto… Una gargantilla. —Callum se frota la nuca.
La saco de la caja. El lazo no es muy largo.
No es una gargantilla: es un collar.
Callum tiene la deferencia de mostrarse un poco avergonzado.
—Es una vieja costumbre —dice Callum, aclarándose la garganta—.
Cuando un alfa está en una… relación íntima…
, puede pedirle a su pareja que se ponga uno de estos.
Es un símbolo para que el resto de la manada sepa lo que hay.
—Traga saliva y tensa la mandíbula. Sus ojos arden con intensidad—. Si te lo pones, significa que eres mía.