El rey de los lobos 1 Capítulo 21
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Capítulo 21

T al vez se trate de mi imaginación, pero me da la impresión de que Callum está un poco incómodo.

Blake, en cambio, sonríe. Tiene un tobillo apoyado en la rodilla. Vuelve a recordarme a un gato; en esta ocasión, a uno que se ha topado con dos ratoncitos con los que jugar.

Sea cual sea la condición, presiento que no puede traerme nada bueno.

—¿Sabes qué? No te tenía por alguien proclive a tradiciones tan arcaicas, Callum —comenta Blake.

—Ya, bueno, la mantendrá a salvo hasta que consigamos el Corazón de la Luna.

—El Corazón de la Luna, claro. Es por eso. —Los ojos de Blake relucen a la luz del fuego.

—¿Qué condición? —pregunto.

—Te lo diré cuando estemos arriba —responde Callum antes de ponerse en pie—. Venga, ha sido una noche larga. Debes de estar cansada.

—Creo que deberías desafiarle por el título —dice Blake.

Callum se da la vuelta.

—¿A quién? —inquiere con gravedad.

—A Rob, por supuesto. —Blake coge la copa de vino—. ¿A quién si no?

—Eso nos traería problemas, y lo sabes.

—Tú eres el legítimo segundo al mando. Van a pensar que eres débil.

—Solo los débiles sienten la necesidad de reafirmar su dominancia.

—Por una vez coincidimos en algo —contesta Blake—, pero no todo el mundo lo ve así. A veces toca jugar a sus juegos, Callum.

—Y tú no deberías jugarlos tanto, Blake. Hay cosas más importantes que el poder.

Blake desvía la mirada en mi dirección un instante. Después, una paulatina sonrisa se despliega en su rostro.

—Para mí no —replica.

Para cuando Callum y yo nos detenemos en un escueto rellano iluminado por las antorchas del torreón del castillo, me pesan los párpados.

Mi aliento se condensa ante mi rostro, pero el costoso ascenso ha hecho que me entre calor y me siento agobiada.

No estoy acostumbrada a hacer tanto ejercicio.

Callum, por su parte, ni siquiera está sudando.

—Has dicho que había una condición —apunto, conteniendo un bostezo.

—Correcto. —Callum abre una pequeña puerta de madera—. Puede esperar a mañana.

Me hace entrar. Se trata de una estancia pequeña que está repleta de libros: están apilados en un escritorio y también inundan el destartalado estante que hay a nuestro lado. Incluso los hay que están colocados en el suelo, por las esquinas.

Contra la pared hay una cama individual.

En el aire flota un aroma que me resulta familiar, pero no consigo identificarlo.

—¿De veras puede Blake encargarse de Magnus? —pregunto.

Se me encienden las entrañas de odio en cuanto pienso en el lobo que entró de golpe en mis aposentos en las Tierras Fronterizas. Me amenazó. Dos veces.

Cualquiera pensaría que Callum cuenta con mejores recursos para lidiar con un tipo como ese. Por muy considerado que haya sido conmigo, lo he visto pelear en la arena de combate. Sé que es un rival formidable.

Aunque Blake también desprende una oscura violencia latente, su fuerza se me antoja más calculada y sutil… Como la de una daga en comparación con la de una maza.

—Blake tiene influencia sobre muchos lobos aquí.

—La mirada de Callum se clava en la vela titilante de la mesita de noche como si le molestara.

Luego continúa—: Tiene algo contra Magnus.

No sé el qué. Pero si hay alguien que pueda mantenerlo a raya sin que tenga que matarlo y perder todo el apoyo de su clan, ese es Blake.

En cuanto abre el armario, un grave gruñido reverbera en su pecho. Está lleno de ropa.

—El muy capullo sabía que accedería a que te quedaras aquí —dice—. Ha hecho que preparen la habitación.

Saca un camisón de color blanco y me lo entrega. Tiene pinta de ser justo de mi talla.

—Está limpio —señala.

—Ah, gracias.

Cambio el peso de un pie a otro y Callum se muerde el interior de la mejilla. Por primera vez desde que nos conocimos, parece no saber muy bien qué hacer a continuación.

El ambiente se enrarece.

—Ya… Ya puedes retirarte —le digo.

Él abre mucho los ojos. Una leve sonrisa se conjura en su rostro, suavizando sus facciones.

—¿Qué? —inquiero, cruzándome de brazos.

—No me despedían así desde que era un chaval e incordiaba a mis padres —cuenta.

Inclina la cabeza y se encamina hacia la puerta, en cuyo umbral detiene sus pasos.

—Vendré a por ti por la mañana y hablaremos de la condición que tengo si quieres disponer de tus propios aposentos. Si accedes, después te enseñaré el castillo.

—¿Y si no accedo?

Él alza una ceja.

—Tendrás que compartir dormitorio conmigo mientras dure tu estancia aquí —después de decirlo, algo cambia en su expresión, y me pregunto si es que acaso puede oír cómo se me ha acelerado el pulso—. Buenas noches, princesa —concluye con la voz un poco ronca.

Sale de la habitación y cierra la puerta a su espalda.

Me viene a la mente la sensación de estar sentada sobre su regazo, con sus rígidos muslos bajo mi cuerpo. La destierro.

—Buenas noches —murmuro en voz baja.

Aunque no hay respuesta, estoy segura de que su oído de lobo lo ha captado.