Capítulo 19
M uchos de los hombres en este Gran Salón me recuerdan a animales, pero hay algo que hace que el individuo de cabello oscuro que se acerca a nosotros sea distinto.
No se trata únicamente de que lleve pantalones en vez de un kilt , sino del calculado desinterés que hay en su semblante, de la fluidez con la que se mueve.
Me recuerda más a un gato que a un lobo.
Personas mucho más corpulentas que él lo observan con cautela conforme se abre paso a través de la sala.
En cuanto se detiene frente a nuestra mesa, Callum se reclina en su asiento con una expresión de aversión en el rostro.
—Ya veo que te has traído a tu mascota al banquete —comenta Blake.
Es casi tan alto como Callum, aunque no tan fornido, y parece estar al principio de la veintena, al igual que el alfa a mi lado. Percibo el aroma a sombras y pino que desprende, como un bosque por la noche.
—Tenemos que hablar —dice Callum.
Los labios de Blake se curvan en una lenta sonrisa, con lo que aparecen unos hoyuelos en sus mejillas.
—Pues hablemos. —Mientras que la voz de Callum es grave y ronca, la de Blake es tan suave como la seda—. Después de cenar.
Echa un vistazo a la puerta que hay en el lateral izquierdo del salón y Callum asiente.
Blake se acomoda en una silla junto a Robert y se suma a la conversación.
—No soy una mascota —digo en voz baja.
Blake clava su mirada en mí y sonríe.
Una vez más, me asalta esa sensación de familiaridad. y me pregunto si alguna vez lo vi en el palacio de mi padre. De ser así, ¿qué rayos está haciendo aquí?
—No, por supuesto que no —responde Callum, ausente, entretenido en pinchar una patata.
—¿Y si le dice a Robert algo de mí?
—No lo hará. Es un capullo egoísta. Antes querrá averiguar qué haces aquí por si acaso puede beneficiarse de ello —prosigue Callum con un tono de voz cada vez más moderado—.
Hay demasiados oídos en este salón. Hablaremos con él más tarde.
—Señala mi plato con la cabeza—. Disfruta de la comida. Está buena, lo prometo.
A medida que avanza la velada, el Gran Salón se inunda de una algarabía conformada por gaitas, gritos y canciones ininteligibles. Empiezo a disfrutar del ambiente, aunque eso podría deberse a que un grupo de músicos ha sustituido al joven Brodie.
Pese a que resulta complicado imaginar que los asistentes al banquete puedan transformarse en lobos, lo cierto es que se mueven, gritan y bailan como si carecieran de todo sentido de la propiedad. Ha estallado una pelea cerca de la entrada, y un hombre y una mujer están besándose contra una pared.
Yo contemplo fascinada sin dejar de comer.
Cuento seis clanes con colores diferentes a lo largo y ancho del salón: dos tonos distintos de azul, uno amarillo, dos verdes y el rojo que lleva Callum.
Eso significa que el rey de los lobos, sea quien sea, ha logrado unificar nada menos que seis clanes; puede que siete, ya que está claro que Blake, vestido de negro, se cuenta aparte del resto, por lo que me pregunto si su gente está en algún otro lugar.
Varios comensales se acercan a Callum durante la noche; se dirigen a él con deferencia e inclinan la cabeza al hablarle.
Algunos le preguntan por el asalto y el paradero de los lobos que todavía no han regresado.
Callum les contesta que enviará a alguien a por ellos, sin poder evitar que se le tense la mandíbula al decirlo.
Debe de estar preocupado por Ryan. Yo también lo estoy. No me cabe duda de que Sebastian ha enviado hombres en mi busca. ¿Y si se ha topado con el grupo que Callum y yo dejamos atrás?
Un par de horas de banquete más tarde, Blake se levanta por fin. Se desliza entre la multitud y sale del Gran Salón por la puerta que ha señalado antes.
Callum aguarda unos minutos antes de ponerse en pie.
—¿Preparada?
Tengo los miembros entumecidos, no sé si por montar a caballo o por llevar tanto rato sentada, pero permito que Callum me guíe entre el gentío. La inmensidad de su cuerpo a mi espalda crea una burbuja protectora a mi alrededor.
En cuanto alcanzamos la puerta que ha cruzado Blake, Callum me pone una mano en el abdomen y yo me quedo quieta. Su cálido aliento me acaricia la oreja.
—Para que no te pille desprevenida: los lobos suelen usar esta habitación cuando necesitan algo de… privacidad.
—Pues bien, ¿no? Es lo que queremos.
—Correcto —dice cuidadoso—, pero algunos buscan privacidad por motivos distintas. No sé si me entiendes. —No lo entiendo, pero asiento de todos modos—. Cuando entremos ahí, tendré que decirle a Blake que te he traído como prisionera —me explica—, pero no es así como te veo, ¿de acuerdo?
Abre la puerta y me hace entrar.
La cálida estancia está oscura y llena de recovecos, hornacinas y mesillas redondas donde titilan velas. Huele a humo de leña y a especias, y mis ojos necesitan un momento para acostumbrarse a la penumbra.
A nuestra derecha, una mujer se encuentra sentada a horcajadas sobre un hombre en un sillón de cuero.
Se ha bajado la parte superior del vestido, de manera que sus pechos quedan al descubierto.
El hombre le está cubriendo uno de los pezones con la boca.
Ella, que se restriega contra él, deja escapar unos débiles gemidos.
Yo ahogo una exclamación y vuelvo la cabeza en la dirección opuesta. Callum me empuja para que siga adelante.
—No pasa nada. Sigue caminando.
Nos dirigimos hacia la chimenea que hay al fondo de la habitación. Frente al fuego hay dos sillones, en uno de los cuales se reclina Blake, con las piernas estiradas hacia las crepitantes llamas.
Cuando llegamos a su lado, busco un tercer asiento en el que poder sentarme, pero Callum me envuelve la cintura con el brazo, se sienta sobre el sillón que queda libre y me acomoda… justo sobre su regazo. Cuando intento levantarme, flexiona los músculos a mi alrededor.
Blake observa nuestra casi imperceptible pugna con un resplandor en sus ojos oscuros y se inclina hacia delante.
—Así que has cazado a una pequeña liebre, ¿no, Callum? —comenta.