Capítulo 18
E l crujido de uno de los tablones del suelo hace que abra los ojos de golpe, y necesito un momento para comprender que estoy tumbada en la cama de Callum.
Hasta hoy nunca había estado en los aposentos de un hombre, y mucho menos me había quedado dormida sobre su edredón con el cabello empapándole las almohadas.
Al menos he tenido la precaución de ponerme el vestido de tartán después del baño, aunque mis pies permanecen desnudos y la tela se me ha subido hasta los muslos.
Las sábanas huelen a él, un suave aroma masculino, y me ruborizo.
El tenue resplandor procedente del tímido fuego del hogar no disipa la oscuridad de la estancia. Al echar un vistazo por el ventanuco, me topo con una luna creciente. Ya es de noche.
Junto a la ventana hay un armario en cuyo interior está rebuscando Callum. Se ha puesto el kilt , pero la camisa descansa en el brazo del sillón.
Me muerdo el labio inferior.
Ya lo vi a pecho descubierto en la arena de combate.
Entonces, la envergadura de sus músculos se me antojó aterradora, pero ahora no puedo hacer otra cosa que admirar la anchura de sus hombros y la manera en la que su espalda se contorsiona mientras saca una camisa.
Su piel resplandece, y su cabello parece más oscuro, como si estuviera húmedo. Debe de haberse dado un baño también.
—¿Has dormido bien? —pregunta sin volverse.
Yo cierro los ojos con la respiración entrecortada.
—Sé que estás despierta, princesa. Tienes el corazón desbocado. —Los tablones del suelo crujen bajo su peso en cuanto se gira—. No me temes, ¿no? —Suena preocupado, casi avergonzado.
El aire parece cambiar a medida que se acerca. Sin saber muy bien por qué, se me acelera más el pulso. No le temo, aunque seguramente debería. Él coge aire de repente y después coloca una cosa en la mesita de noche a mi lado.
—Por si te hace sentir más a salvo —dice.
Abro los ojos. El abrecartas que me quitó durante el asalto descansa ahora junto a una vela a medio consumir. Me incorporo entre las almohadas, lo cojo y lo giro. La plata reluce en la penumbra.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué me lo devuelves?
—No quiero que me tengas miedo.
Me quedo mirando el pequeño filo y después evalúo la envergadura de Callum. Tengo que reprimir el impulso de poner los ojos en blanco.
—No creo que fuera a hacerte gran cosa con esto.
Una sonrisa se conjura en su rostro a modo de respuesta y se encoge de hombros.
—Las cosas pequeñas también pueden ser letales.
Deja la camisa en la cama y se agacha en cuclillas frente a mí. Su rostro queda cerca del mío, lo que me lleva a contener las ganas de bajar la mirada y contemplar su pecho. Me envuelve la mano con los dedos y la conduce hasta su cuello. Poco le falta a la hoja para tocar su piel.
Se me agita la respiración.
—¿Qué haces?
—Apunta al cuello. —Su voz suena más ronca de lo habitual.
Trago saliva y asiento. El ambiente se ha calentado hasta resultar asfixiante.
Cuando se aleja, suelto el aire. Él deja escapar un sonido similar, lo que hace que me pregunte si también le afecta mi cercanía.
Se da la vuelta, se pone la camisa y se la abotona.
—No te tengo miedo —digo en voz baja.
Sus hombros se relajan.
—Bien. No tienes por qué. —Señala el arma que tengo en la mano con la cabeza—. Los demás lobos que hay aquí…, sobre todo el lobo con el que vamos a reunirnos esta noche… —Se le ensombrece el rostro—. No bajes la guardia, princesa. Y mantente cerca de mí.
Meto el abrecartas en el bolsillo de mi vestido.
Callum extiende la mano en mi dirección.
—¿Preparada?
El estómago se me retuerce, pero permito que me ayude a levantarme. Me ofrece una media sonrisa.
—¿Sabes? Estos banquetes pueden ser muy divertidos.
—Si dejamos aparte a todos los lobos que quieren matarme, supongo.
—Correcto. Aparte de eso.
Me conduce afuera de su dormitorio.
Callum ha dicho que Blake es el hombre más peligroso que hay aquí. Supongo que no tardaré mucho en descubrir si es verdad o no.
Mientras descendemos por las escaleras, recita una lista de todos los manjares que podemos esperar en esta velada, aunque yo apenas le escucho.
Me suelto de su mano varias veces, pero instantes después vuelve a atraparme y a envolver mis dedos con los suyos.
Ni siquiera tengo claro que sea consciente de que lo hace.
Esta clase de confianzas no se tolerarían en las Tierras del Sur, por lo que me pregunto si todos los lobos son así de proclives al contacto físico o si se trata de una particularidad de Callum. No es que lo aborrezca, precisamente, lo cual me resulta más desconcertante.
A pesar de que el hombre con el que debo casarme es un monstruo cruel, sigo siendo una mujer prometida. Mi padre me mataría si me viera haciendo manitas con el alfa de Highfell, y no quiero ni pensar en lo que le haría a Callum.
La familiaridad de este, no obstante, no basta para distraerme del agudo chirrido que llega a mis oídos en cuanto alcanzamos el siguiente pasillo, y él debe de percatarse de mi sobresalto porque se ríe por lo bajo.
—¿No tenéis gaitas en el sur o qué?
Señala hacia delante, donde un muchacho de unos diez años custodia la entrada al Gran Salón. Con las mejillas tan enrojecidas como su cabello, sostiene una bolsa de tartán azul bajo el brazo mientras sopla por una pipa. Parece estar al borde del desmayo.
—Da gracias por no tener oído de lobo —susurra, sombrío—. Yo he tenido que tragarme todos los ensayos del muchacho. —Alza los pulgares en señal de aprobación en cuanto pasamos junto a él—. ¡Buen trabajo, Brodie!
Una nueva y aguda nota restalla en mis oídos mientras Brodie infla el pecho con orgullo. Se me escapa una tenue risa y, mientras entramos al Gran Salón, Callum detiene su mirada en mí, esbozando una cálida sonrisa.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Él se encoge de hombros.
—Tienes una risa bonita.
Sin embargo, en cuanto accedemos al vestíbulo, mi sonrisa se diluye.
En las Tierras del Sur se ha extendido la creencia de que los lobos son demasiado díscolos como para unirse en nuestra contra. Durante los siglos que llevamos en guerra, ellos han luchado entre sí tanto como contra nosotros. Esa ha sido nuestra mayor ventaja.
Sin embargo, aquí, entre los muros de este castillo, debe de haber más de un centenar de lobos que ríen y vociferan y se insultan unos a otros sentados a lo largo de cuatro interminables mesas rebosantes de comida.
El aire trae consigo un aroma a cerveza, a leña humeante y a venado asado. Al fondo del salón, bajo un escudo de armas decorado por un lobo y una luna, hay una tribuna. A la mesa que hay encima está sentado Robert, el rey de los lobos regente.
Callum me toma la mano y me lleva hacia él y hacia los cuatro hombres igual de amenazantes que hay sentados a su alrededor. La expectación se adueña de la multitud allá por donde pasamos.
No tengo claro por qué me está llevando a la mesa de Robert. Los lobos sentados en ella me parecen los más temibles de todo el salón. Cada uno luce un tartán diferente. Callum se deja caer en uno de los sitios libres en el extremo de la mesa y me hace un gesto para que yo haga lo mismo.
Procurando disimular mi temor, me acomodo a su lado con el pequeño abrecartas pegado a mi muslo, aunque no vaya a servirme de mucho si deciden venir a por mí. Me da la impresión de que es una posibilidad, ya que todo el mundo me está mirando.
¿Acaso huelen que soy humana? ¿O es que se preguntan por qué llevo los colores del clan de Callum?
Él, por su parte, parece la mar de tranquilo.
Tiene las piernas separadas y el codo apoyado en la mesa en un gesto despreocupado.
Robert detiene sus ojos en él y Callum le devuelve la mirada.
Hay un momento de tensión antes de que el primero se recline en su asiento y coja un trozo de carne con el tenedor para, acto seguido, volver a la conversación que estaba manteniendo.
Se reanudan las risas estridentes y el jolgorio, lo que no es impedimento para que algunos lobos sigan mirándome con una mezcla de curiosidad y hostilidad.
En una de las mesas identifico a Fiona, la chica que creí que era la esposa de Callum. Lleva un vestido como el mío, hecho de tartán rojo. Su cabello castaño, en el que reconozco alguna que otra hebra de heno, cae en ondas sobre sus hombros.
Sonríe y se vuelve hacia la persona que hay sentada a su lado. Isla, que está en la misma mesa, frunce el ceño en cuanto cruza la mirada conmigo.
Junto a mí, Callum coge un plato y empieza a llenarlo con comida: patatas, nabos asados, venado, jugo espeso de carne y salsa de moras. Me lo pone delante y después se sirve a sí mismo.
Ignoro los rugidos de mi estómago.
—¿No se suponía que no íbamos a llamar la atención sobre mi presencia? —susurro.
—Los alfas comen en esta mesa. —contesta con el mismo tono de voz mientras evalúa el Gran Salón—. Y yo soy un alfa. Sería aún más raro que no me sentara aquí.
Atraviesa un pedazo de carne con el tenedor y se lo lleva a la boca.
—¿Dónde está Blake? —pregunto.
—Ni idea. Cuando salga de donde quiera que esté ahora mismo, también se sentará aquí.
Alzo las cejas.
—¿Es un alfa?
Blake parece fuerte, pero la suya no es una complexión tan voluminosa ni fuerte como la de Callum u otros varones sentados a esta mesa. Su acento también sugiere que no proviene de las Tierras del Norte.
—Ha habido cierto debate al respecto —responde Callum en voz baja—. La última persona que lo cuestionó lleva en paradero desconocido un tiempo. —Asiente con la cabeza en dirección a la entrada—. Ah. Ahí está.
Blake se encuentra en la entrada.
Como antes, viste pantalones oscuros en lugar del kilt , y lleva una camisa negra que se ajusta a la perfección a su torso robusto. De su pelo oscuro escapan un par de mechones que caen sobre su frente.
Examina el Gran Salón con una expresión de hastío.
En cuanto sus ojos llegan a mí, una malévola sonrisa se abre paso por su rostro.