Capítulo 17
R equiero de todo mi esfuerzo para no caer redonda sobre el suelo de Callum.
—¿Un banquete?
En casa, la idea de un banquete me habría parecido espléndida.
Vivía para eventos así: bailes, reuniones, festivales veraniegos…
Por muy agobiantes que resultaran, eran las únicas ocasiones en las que mi padre veía utilidad en mí, aunque solo fuera como objeto decorativo, como un trofeo del que presumir frente a los visitantes de otros reinos.
Sin embargo, me he pasado dos días a caballo, no me he aseado como toca y no cuento con mis vestidos, mis criados o mi maquillaje.
Sacudo la cabeza.
—No. No estoy de humor para un banquete. Esta noche me retiraré pronto, así que puedes hablar con Blake tú solo.
Callum suspira.
—¿Por qué no te sientas?
Hace un gesto con la cabeza en dirección a la cama con dosel que hay junto a mí y se me encienden las mejillas. No soy una mujer casada, no puede esperar que me ponga cómoda en su cama.
—Prefiero quedarme de pie.
—No voy a dejarte sola. Te vienes conmigo.
—No.
Él arquea una ceja.
—¿No?
Esta montaña de hombre está acostumbrado a salirse con la suya. Tan solo hay una carta que pueda jugar para ganar esta partida.
—Como me lleves a rastras al Gran Salón, le diré a todo el mundo quién soy. —Me cruzo de brazos—. Será un desastre. Y entonces ¿qué harás?
—La perjudicada en ese caso serías tú, princesa, y no yo —dice Callum—. Créeme.
—¿Así que no vas a protegerme?
—Te protegeré de los lobos que hay al otro lado de esta puerta, pero si haces algo temerario, tendrás que vértelas conmigo.
Es como si acabara de tirarme una jarra de agua helada por encima.
—¿Me estás amenazando?
—Correcto —responde.
Sin embargo, ya le he visto amenazar a gente en alguna ocasión, con los músculos rígidos y una pose dominante, y lo de ahora no se parece demasiado. Tiene un aspecto distendido: muestra una expresión relajada y en sus ojos verdes se distingue un brillo de diversión.
—¿Así es como te convertiste en el gran y poderoso alfa? —pregunto—. ¿Amenazando a las mujeres que secuestras?
—No exactamente.
Reprimo el impulso de preguntarle cómo lo hizo entonces y me trago la curiosidad que brota en mi pecho acerca de cómo funciona en realidad este maldito Reino de los lobos. Ahora no es el momento.
—Bueno, ¿y qué me harías? —pregunto.
Se inclina hacia delante, y le arranca un crujido al reposabrazos de la silla. El aroma y el calor que se desprenden de su cuerpo me envuelven.
—Empezaría por contarle a todos nuestro secreto.
—¿Qué secreto?
—Lo de… la situación en la que pasamos la noche. —Chasquea la lengua—. ¿Qué pensará la gente? Una princesa y un lobo, juntos. ¡Menudo escándalo!
Me arden las mejillas y algo similar a un gruñido escapa de entre mis labios. Una lenta sonrisa se abre paso por su rostro.
—¿Qué clase de caballero eres tú? —espeto.
—No soy un caballero, ¿recuerdas? Soy un lobo. —Vuelve a señalar con la cabeza hacia la cama sin que la diversión abandone su semblante—. Siéntate.
—No.
Se pone de pie y su cuerpo parece estar a punto de engullirme. Tengo que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
—Debes de estar cansada —dice.
Da un paso al frente y su pecho choca con el mío. Yo tropiezo con la cama y caigo sobre ella, aunque procuro erguirme deprisa. Mis manos se hunden en la suavidad de la colcha.
Su pecho queda justo delante de mi cara. Debe de haber perdido uno de los botones durante el asalto, porque veo un retazo de su piel y su tonificada musculatura bajo la camisa.
Trago saliva.
—¿Así es como te sales con la tuya? ¿A la fuerza? —pregunto.
—Es uno de mis métodos de persuasión, sí —replica delante de mí mientras apoya una rodilla sobre la alfombra de tartán—. Normalmente no tengo que insistir tanto para que me hagan caso. Eres bastante cabezota, ¿no?
Me pone una mano en el muslo, lo que hace que se me tense cada músculo del cuerpo.
Él la retira rápidamente.
—Ven conmigo al banquete —suspira—. Por favor. Esto es por mi culpa. Yo te he puesto en esta situación. Deja que lo arregle.
En sus ojos brilla algo que parece tan sincero, tan… solitario, que tengo que reprimir la necesidad de acariciarle la mejilla.
Pese a su enervante arrogancia, salta a la vista que este hombre sufre el peso de sus responsabilidades y sus decisiones, y que es la clase de persona que carga con él para que otros no tengan que hacerlo.
Algo se enternece en mi interior y un destello de vulnerabilidad centellea en su mirada, como si se hubiera dado cuenta.
Suspiro.
Es cierto que preferiría hablar con Blake en otras circunstancias. Si estuviera más descansada y con la cabeza más despejada, me sentiría lo suficientemente confiada como para ganar ventaja. Pero no puedo negar que me siento intrigada por el lobo de pelo oscuro y su acento sureño.
Seguro que a mi padre le interesará saber de un lobo que afirma haber servido en su guardia.
—Vale. —Pongo los ojos en blanco—. Iré a tu banquete. Pero antes tengo que bañarme.
Callum sonríe. El aire se aligera en cuanto se separa de mí, con lo que puedo volver a respirar.
Él señala la bañera de cobre que hay a su espalda.
—Aprovecha. Hará que te sientas mejor.
—¿Adónde vas?
—Estaré fuera. —Se apoya en el marco de la puerta—. A no ser que quieras que te eche una mano.
Ahogo una exclamación ante la idea de desnudarme delante de Callum y que me ponga las manos encima.
—¿Cómo puedes decir esas cosas?
—¿Qué? Era un oferta inocente.
—¡Mentira! Intentas sacarme de quicio.
Él esboza una sonrisa.
—Puede que un poco. Estás muy mona cuando te ruborizas.
Se me encienden las mejillas una vez más y yo me odio por ello.
—Serás bruto.
Él suelta una risita.
—Tenemos unas horas hasta que nos toque ir al Gran Salón —dice por encima del hombro, listo para adentrarse en el pasillo—.
Báñate y descansa un poco. Necesitarás de todas tus fuerzas.
Aquí los banquetes… —Se mordisquea el labio inferior, pensativo, con los ojos brillantes—.
Bueno, digamos que se pueden llegar a animar mucho.
Y con ese inquietante pronóstico, cierra la puerta tras de sí.