Capítulo 15
C allum camina a mi lado.
Debería estar tomando nota de la ruta que seguimos por este laberinto. Debería estar trazando mentalmente un mapa con las salidas y memorizando las habitaciones de este castillo en las que aguardan los lobos.
En lugar de eso, mi atención está centrada en el hombre a mi lado. Sus ojos recorren mi cabello despeinado y se detienen en el vestido de tartán. Traga saliva antes de girarse hacia el pasillo que tenemos delante.
Se me forma un nudo en la garganta.
—¿Hay algún problema? —pregunto pasándome los dedos por los nudos del pelo.
No quiero ponerme nerviosa por conocer al rey de Callum, pero tengo el estómago revuelto. Ojalá hubiera tenido algo más de tiempo para prepararme, para recomponerme y presentarme de un modo más adecuado para la ocasión. Quizá así se habría calmado la extraña sensación de nerviosismo de mi interior.
—No. —Se encoge de hombros—. Es que…
—No digas que estoy guapa. No es cierto. No he dormido bien, llevo dos días a lomos de un caballo y ni siquiera he tenido tiempo para bañarme.
—Iba a decir que pareces una loba.
—¡Eso no es un cumplido!
Sonríe.
—Pero sí que estás guapa.
—Así que además de asesino, eres un mentiroso.
—Solo soy una de esas cosas, princesa. —Bajamos por una escalera—. Y me parece recordar que tú le propinaste un golpe en la cabeza a un soldado cuando estábamos en el castillo de Sebastian, así que puede que yo no sea el único violento.
—No lo maté —protesto.
—No, no lo hiciste. Fue un golpe bastante flojo. —Arquea las cejas—. Tendremos que hacer algo al respecto si vas a quedarte más tiempo con nosotros.
—¡Te salvé!
Eleva las comisuras de la boca.
—Supongo que me vino bien que causaras una pequeña distracción.
No puedo creer que se esté refiriendo a lo más excéntrico que he hecho en la vida como «una pequeña distracción». Solo hace un par de días que conozco a Callum y ya me parece el hombre más irritante con el que me he topado en toda mi existencia.
Bajamos otro tramo de escaleras y recorremos un estrecho pasillo. En las paredes de piedra están talladas las distintas fases del ciclo lunar. Hay una puerta doble al final del corredor con un colorido escudo de armas sobre ella que representa un lobo y una luna.
Ese debe de ser nuestro objetivo. Me pregunto si el hombre que hay al otro lado de esa puerta será tan cruel como el rey que conozco.
—Todo va a ir bien, de verdad —dice Callum en voz baja—. El rey es…
Se detiene. Tensa el mentón. Por un momento, deja de ser el Callum bromista con un brillo travieso en la mirada y se convierte en el Callum que vi en la arena de combate durante la pelea de perros, quieto y determinado. Un guerrero. Se le marcan los bíceps bajo las mangas.
Me empuja contra la pared y me cubre la boca con la palma de la mano.
Inhalo bruscamente. Durante un instante, no se mueve y su calor me quema. Se lleva un dedo a los labios y asiento.
Retrocede, me coge de la mano y tira de mí hacia donde hemos venido.
Es evidente que lo que quiera que haya oído y olido lo ha perturbado. El peligro acecha ahí delante.
Casi hemos llegado al final del pasillo cuando se abre la puerta detrás de nosotros.
—¡Callum! —exclama un hombre—. ¿Adónde vas?
—Mierda —maldice Callum entre dientes. Coge aire, se recompone y se gira—. Duncan, tengo que hablar con James.
El hombre de la puerta es más bajo que Callum y tiene el cabello rubio recogido en un moño. Lleva un kilt de tartán azul, así que no pertenece al mismo clan. Sonríe y señala tras él.
—Pasa —dice.
Callum se detiene un instante y suspira. Se gira de nuevo hacia la puerta, con mi mano todavía en la suya.
Intento ahogar el pánico.
Cuando conocí a Callum, le dije que me había enfrentado a monstruos peores que él.
He sobrevivido a mi padre, quien me ha tratado como un animal de ganado que vender al mejor postor; a mi hermano, quien se complace humillándome y degradándome; e incluso al sumo sacerdote, quien me golpeaba por mis supuestos pecados.
Puedo enfrentarme al rey de los lobos. Aunque sea tan temible que hombres como Callum se han sometido a él.
Entramos en una estancia que me recuerda a una versión más oscura de las cámaras del consejo del palacio.
En las paredes de piedra hay apliques de luz intercalados con tallas de amantes, lobos, guerras y lunas.
Puede que representen la historia que me contó Callum sobre el Lobo Primigenio y la Diosa de la Luna.
Una gran alfombra verde estampada y descolorida donde suelen pasar sobre ella cubre el suelo de piedra.
El aire huele a humo de leña, a pesar de que la chimenea está apagada.
Un hilo de luz fría se cuela por la estrecha ventana.
Mi atención se ve atraída hacia la larga mesa al fondo de la estancia y los cuatro hombres sentados tras ella.
El hombre —el lobo— del centro es, evidentemente, el rey. Es enorme, lleva la cabeza afeitada y tiene los hombros anchos y el cuello grueso.
A un lado se sienta un hombre con la barba descuidada, y al otro, uno de baja estatura con una larga melena castaña.
Mi mirada se detiene en el otro individuo que hay sentado más lejos, al extremo de la mesa, el único que no me está mirando.
Está sentado con un brazo apoyado en el respaldo de la silla, pelando una manzana con un cuchillo pequeño.
Es asombrosamente guapo, con la mandíbula marcada y el cabello oscuro.
A diferencia de los demás, lleva pantalones, no un kilt.
Me atraviesa una extraña sensación. Podría ser reconocimiento, pero estoy segura de que no nos hemos visto nunca.
Callum se pone rígido.
Duncan se sienta en el asiento vacío a la izquierda de la mesa y vuelvo la atención a donde debería apuntar en ese momento.
El rey de los lobos.
Hay un brillo depredador en su mirada mientras me examina de arriba abajo. Su kilt es del mismo verde que el de Magnus. Callum dejó caer que todo el clan de Magnus era horrible. Aun así, cuando habló del rey, suavizó la voz.
No tiene sentido.
Quiero huir corriendo de este hombre, pero debo seguirle el juego.
Inclino la cabeza en una reverencia.
—Majestad.
Se produce un instante de silencio y, acto seguido, todos los hombres que hay detrás de la mesa estallan en carcajadas. Todos menos el de la manzana del extremo.
—Él no es el rey —responde Callum con tono sombrío—. ¿Dónde está James?
—Tenía asuntos que atender —contesta el hombre al que he confundido con el rey de los lobos—. ¿No te lo ha dicho? Me ha dejado al mando mientras tanto.
Callum entorna la mirada.
—Ya, claro.
—Puedes desafiarme por el título si así lo deseas. —El hombretón se inclina hacia delante y apoya sus enormes brazos sobre la mesa—. Dado que te hallas en mi castillo, no creo que te vaya demasiado bien. Tampoco creo que a James le complazca que os eche a todos.
Un músculo se contrae en la mandíbula de Callum.
—¿Cuándo volverá James?
El hombre se encoge de hombros.
—¿Y yo qué sé? En un par de semanas, quizá. —Vuelve la atención hacia mí—. Soy Robert, pero puedes llamarme «majestad» si así lo deseas. —Su sonrisa se transforma en una mueca lasciva y los demás se ríen entre dientes—. La verdadera cuestión es, ¿quién eres tú? ¿Y qué vamos a hacer contigo?