El rey de los lobos 1 Capítulo 14
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Capítulo 14

N o me he puesto celosa!

Camino por delante de Callum. Los pies descalzos me duelen al golpear las losas. No tengo ni idea de adónde me dirijo, pero necesito alejarme del aura de diversión que emana y de la amplia sonrisa de su rostro.

Me… ha tomado por sorpresa que abrazara a esa mujer. Eso es todo. ¡Es un lobo! ¡Un enemigo! No me he puesto… celosa porque pudiera tener a alguien esperándolo en casa.

Estoy tan nerviosa que, al doblar una esquina, choco con una sirvienta. Ella suelta un grito y se le cae al suelo la cesta llena de patatas.

—¡Ay, Diosa! —exclamo.

—Mira por dónde vas… —Olfatea y sus labios se curvan en una mueca— humana .

Doy un paso atrás.

—¿Qué haces aquí? —gruñe moviéndose hacia mí—. Los de tu especie no sois bienvenidos…

Se pone rígida de repente. Abre los ojos como platos al ver algo por encima de mi hombro e inclina la cabeza en señal de deferencia. Se le encienden las mejillas.

Callum está en el marco de la puerta detrás de mí. Coge una patata que ha rodado hasta su bota, se acerca y la mete en la cesta.

—¿Todo bien, Kayleigh? —pregunta.

—Sí —murmura ella—. Gracias.

Se marcha corriendo, supongo que a las cocinas, y me deja conmocionada.

—Me detesta —comento. Estoy acostumbrada a la indiferencia dentro de los muros del palacio, pero no al odio.

—¿Puedes culparla?

Me giro para mirarlo.

—No le he hecho nada y parecía querer matarme.

Suspira.

—Eres humana, princ… —se interrumpe para no pronunciar mi título—, Rory.

Pasa por mi lado y lo sigo.

—Al padre de Kayleigh lo mató el ejército de Sebastian en un ataque a su aldea justo al norte de las Tierras Fronterizas —me dice mientras recorremos los oscuros pasillos—.

Capturaron a su madre y también se la da por muerta.

Los humanos quemaron todo su pueblo. Esa chica apenas logró escapar con vida.

Así que, en efecto, no le caen demasiado bien los de tu especie.

—Es… Es horrible —dijo—. Ojalá no estuviéramos en guerra.

Ojalá no tuviera que morir tanta gente. Pero, si los lobos dejarais de invadir nuestras tierras, entonces quizá podría haber lugar para la paz.

Solo el mes pasado saquearon tres aldeas al sur de las Tierras Fronterizas. También murió mucha gente.

Parece que va a responder, pero se pasa la mano por la cara y la boca en lugar de eso. Sus palmas callosas producen un ruido áspero al rozar su barba.

El cansancio se refleja en su mirada… como si los hechos que acabo de relatar le resultaran agotadores.

—Bueno, por eso no le he dicho a Fiona quién eres en realidad.

Como lobos, nuestro sentido del oído es mucho más agudo que el vuestro.

Si se lo hubiera contado, todo el patio se hubiera enterado de que eres la hija del rey enemigo y de que estás comprometida con un hombre que ha torturado y matado a muchos de los nuestros.

—Ah —murmuro en voz baja—. Se habrían echado sobre mí al instante.

—Correcto —confirma Callum sombrío—. Cuando vuelvan los demás, se enterarán de quién eres tarde o temprano. Prefiero presentarte primero ante el rey. Será más fácil protegerte si él deja claro que no pueden tocarte.

Un sentimiento aún más oscuro que las sombras que nos rodean se expande en mi pecho.

—¿Por qué estás tan seguro de que no me ejecutará para enviarle un mensaje a mi padre y a Sebastian?

—Porque él desea poseer el Corazón de la Luna tanto como yo —dice Callum—. Y porque lo conozco. Y porque… Bueno… —Baja la voz—. Me lo debe.

Cuando llegamos a los pies de una escalera, se me hunden de nuevo los hombros. El agotamiento me está pasando factura y la idea de reunir fuerzas para subir no sé cuántos escalones no me resulta nada agradable. Pero al menos habrá ropa limpia esperándome en lo alto.

Antes de que pueda dar un paso más, Callum me toma en sus brazos y empieza a subir.

—¡Bájame! —protesto, aunque con desgana, y le envuelvo rápidamente el robusto cuello con las manos.

Su calor traspasa la capa de piel y mi cuerpo parece relajarse en el suyo. Cubre con una mano la parte baja de mi muslo y noto sus ásperas palmas a través del fino camisón. Me recorre una oleada de calor.

Callum tensa la mandíbula y carraspea.

—Estás cansada —dice—. Te he permitido la dignidad de caminar por delante del resto de la gente del castillo, pero por aquí no hay nadie.

Me sorprende que haya considerado cómo me habría sentido si me hubiera cogido en brazos delante de todos esos lobos.

A continuación recuerdo lo que dijo Sebastian en la pelea de perro sobre que los lobos se aprovechan de los más débiles. Él sabía que debía aparentar fortaleza.

—Estoy bien —le digo.

—No, no estás bien. No hace falta que te hagas la fuerte conmigo. Ya nos conocemos. —Me lleva hasta la primera planta y me conduce por delante de un montón de puertas cerradas. Sus ojos verdes se iluminan—. Quiero decir, ya hemos compartido lecho.

El calor me invade las mejillas.

—¡No vayas por ahí diciendo esas cosas!

—¡Pero es cierto!

Le doy un puñetazo en el pecho, pero es como golpear una roca y ni siquiera se encoge. Se limita a reír mientras atravesamos una puerta al final del pasillo. Una estrecha ventana deja entrar un frío rayo de sol y ofrece vistas a las montañas y a las oscuras aguas del lago.

Me baja y crispa la nariz.

—¿Isla? —pregunta mirando por encima del hombro.

Unos segundos después, una hermosa joven más o menos de mi edad con el cabello castaño claro sale corriendo por una puerta cercana. Lleva un vestido hecho del mismo tartán rojo que el kilt de Callum. Suelta un gritito cuando lo ve.

—¡Callum! —exclama echándose el pelo por encima del hombro y parpadeando—. Te he preparado un baño tal y como te gusta y tienes ropa limpia sobre la cama.

Mientras se enrosca un mechón de pelo alrededor del dedo y sigue parloteando, no parece reparar en la expresión agotada del rostro del alfa.

—Esperaba que volvieras a tiempo para la luna llena y el banquete del equinoccio. Me alegra que no te lo hayas perdido. ¿Cómo fue el asalto? A algunos les preocupaba que no volvieras, pero yo sabía que lo harías. Les dije que no tenían que preocuparse por ti, que eres…

Se interrumpe.

Endereza la espalda y se le oscurece la mirada.

—¿Quién es?

—Es Rory —responde Callum con una sonrisa cansada—. Necesito que le busques algo de ropa limpia. Un vestido y zapatos. —Se toma una pausa y reflexiona durante un instante—. Ponle los colores del clan.

Se le borra la sonrisa de un plumazo.

—No puede llevar los colores del clan.

—No te he preguntado tu opinión sobre el tema, Isla —dice Callum.

Las mejillas de la chica se tiñen de rojo y baja la cabeza.

—Por supuesto. —Sale por la puerta por la que acaba de entrar—. Pues ven conmigo. —Me dirige una mirada gélida por encima del hombro.

Callum me hace un asentimiento tranquilizador.

—Estaré justo aquí.

Respiro hondo y salgo detrás de Isla. Me lleva a una habitación y cierra la puerta antes de correr hacia un armario de la pared del fondo.

Me quedo junto a la cama individual que queda contra la pared, incómoda.

—¿Son tus aposentos? —pregunto.

Resopla mientras rebusca entre la tela.

—Correcto.

La habitación es pequeña, pero acogedora. Además de la cama, hay un armario y un tocador con un espejo. Una estrecha ventana da a las montañas. El aire está impregnado con el aroma a pétalos de rosa.

Un instante después, me pone un vestido de tartán rojo y unas botas de cuero en las manos.

—Gracias —le digo.

—Lo quiero todo de vuelta después. —Frunce el ceño, se echa el pelo sobre el hombro y sale de la habitación.

Exhalo lentamente. A pesar de que estamos en el interior, el aliento se condensa delante de mi rostro.

Supongo que tendré que acostumbrarme a que la gente me odie. Y la situación empeorará aún más cuando se enteren de quién soy en realidad.

Inspecciono el vestido. Es sencillo, mucho menos complicado que los que llevo en casa. Eso es bueno, puesto que no hay sirvientes que me ayuden a vestirme.

Está hecho de un grueso tartán rojo, igual que el del kilt de Callum.

Espero que sea una buena elección. Callum dijo que cuidaba de su gente y así parecerá que formo parte de su clan.

Solo me preocupa lo que pensarán los verdaderos miembros del clan cuando me vean llevar sus colores.

Si he de juzgar por la reacción de Isla, no les hará mucha gracia.

Cojo aire profundamente un par de veces para calmar los nervios, me quito la capa de piel y el camisón mojado y me cambio.

Las botas están desgastadas y son un poco grandes para mis pies, pero agradezco su calidez.

Me observo en el espejo.

Hago una mueca al ver el rostro que me devuelve la mirada. Tengo la piel pálida y los párpados hinchados. Hay ramitas rotas enredadas por mi pelo y desearía tener un cepillo y una cinta con la que recogérmelo. No parezco en absoluto una princesa de las Tierras del Sur.

Tengo un aspecto salvaje.

¿Cómo puedo presentarme ante un rey así? ¿Cómo puedo presentarme ante Callum así?

El pánico brota en mi interior y me arden los ojos mientras me paso las manos frenéticamente por el pelo.

Si no estoy perfecta, ¿cómo voy a poder con esto?

—¿Va todo bien por ahí? —La voz firme de Callum atraviesa la puerta.

Cierro los ojos y respiro hondo.

«Soy fuerte. Soy de piedra. Soy una estatua».

—Sí —contesto.

—Bien. Vamos a acabar con esto de una vez, ¿vale?

Me pellizco las mejillas para darles un poco de color, levanto la barbilla y asiento para mí misma.

Sobreviviré.

Salgo al pasillo.

—Vale, estoy lista para conocer a tu rey.