Capítulo 13
E l patio del castillo está repleto de lobos.
Parecen hombres y mujeres, pero sé lo que se esconde bajo su piel. Es evidente por su forma de vestir y de llevar el pelo suelto e indomable. Además, se gritan unos a otros a través del patio de piedra con acentos tan densos como la mugre que los cubre.
El ambiente es ruidoso, maloliente y salvaje, y el viento me agita el pelo contra la cara.
Delante, el castillo me aguarda como una bestia peligrosa, con muros hechos de piedra gris desmoronándose. Es alto y anguloso y hay una torre que proyecta una larga sombra sobre el patio.
Mientras cabalgamos hacia las pesadas puertas de madera, un par de hombres que entrenan armando un gran escándalo dejan caer las espadas para mirarme fijamente. Es como si ellos también pudieran sentir lo que se esconde bajo mi piel. Soy la hija del rey enemigo. ¿Qué me harían si lo supieran?
Se me acelera el corazón.
Callum me rodea la cintura con el brazo y me acerca a él. Tiene el cuerpo caliente y siento sus latidos constantes contra mi espalda. Es un marcado contraste con el caos que nos rodea.
—Era un muchacho insignificante la primera vez que vine. —Su voz es un ronco susurro que me hace cosquillas en el oído y me pregunto por qué me cuenta esto ahora cuando, claramente, hay cosas más importantes de las que preocuparse—. Era la primera vez que venía tan al sur.
Trago saliva y me centro en Callum en lugar de en las dos mujeres que llevan conejos muertos y que han interrumpido su conversación para mirarme.
—Esto no es el sur —le digo en voz baja.
—Lo es cuando provienes de Highfell.
Habla en tono ligero y conversacional y me pregunto si está intentando distraerme de los demás lobos que no dejan de lanzar miradas en nuestra dirección. Tira suavemente de las riendas del caballo y nos detenemos cerca de las puertas del castillo.
—Eso sí que es el verdadero norte. Duro y salvaje, con noches tan oscuras que apenas puedes ver lo que tienes delante. Cuando mi padre me trajo aquí, me dijo que todos los sureños eran unos blandos. Pero nuestros clanes estaban en guerra por aquel entonces y la primera vez que vine tenía miedo.
Se remueve detrás de mí y baja del caballo. Me tenso y me agarro al borde de la silla de montar mientras el aire frío atraviesa las pieles hasta el camisón.
A pesar de que la mayoría de los lobos nos están mirando descaradamente, Callum no aparta la mirada de la mía. Hay cierta serenidad en él que consigue calmar el pánico que florece en mi pecho.
—Pero no me hicieron ningún daño. —Sonríe con suavidad—. Y tampoco te lo harán a ti. No mientras yo esté contigo, ¿de acuerdo?
Me tiende una mano grande. Trago saliva y levanto la barbilla para reprimir el miedo. No puedo dejar que esta gente piense que soy débil.
Paso la pierna por encima del caballo y, con cautela, le tomo la mano.
Tiene los dedos ásperos y callosos y los cierra alrededor de los míos.
Me ayuda a bajar del caballo con una de sus manos en la cintura.
Hago una mueca cuando mis pies tocan el suelo de piedra y tensa la mandíbula mientras otro atisbo de vergüenza atraviesa su expresión.
Supongo que volverá a levantarme en brazos.
Parece tener la costumbre de hacerlo y una patética parte de mí desea que lo haga.
Me duelen las plantas de los pies y estoy sucia y cansada.
Quiero hundir el rostro en su pecho y no ver a todos los que me miran descaradamente. Prefiero fingir que no estoy aquí.
Me estrecha la mano antes de mirar por encima del hombro a la veintena de lobos que nos observan sin disimularlo.
—¿Es que no tenéis trabajo que hacer? —Lo pregunta con un tono ligero, pero con una autoridad innegable—. Si tenéis tiempo de sobra para chismorrear en mitad del día, estoy seguro de que la señora McDonald agradecería vuestra ayuda para pelar patatas en las cocinas.
El hombre bajo que estaba entrenando se estremece exageradamente. Tiene un acento tan cerrado que solo capto las palabras «matar» y «dragón», pero se oyen risitas entre la multitud y Callum sonríe. Me da la sensación de que, sea quien sea esa señora McDonald, no es demasiado popular.
Sea o no el caso, la tensión parece disiparse y la gente del patio vuelve a lo suyo…, aunque algunos nos siguen mirando a Callum y a mí con curiosidad. Algunas de las miradas hostiles parecen dirigidas tanto a él como a mí, aunque el alfa no parece notarlo o no le importan.
—¿Pelar papas? —Una voz femenina aparece por detrás del enorme físico de Callum—. Podrías haberles dicho que yo tengo mierda de caballo para limpiar. No me habría importado tomarme la tarde libre.
La sonrisa de Callum se ensancha.
—¿En serio? ¿Tienes planes?
—Ah, un buen trago de whisky y un baño relajante. Hace una semana que no he podido darme uno.
—Se nota.
Callum se gira y revela a la joven tras él.
Parece más o menos de mi edad, es algo más alta que yo y lleva el largo cabello castaño recogido en una coleta con una cinta de tartán rojo.
Es guapa, a pesar de tener la mejilla manchada de tierra y vestir ropa de hombre, pantalones de montar y una camisa de lino empapada de sudor.
Puede que Callum esté bromeando con ella, pero es cierto que se nota que hace un tiempo que no se baña. Desprende un fuerte olor a caballo.
Mira a Callum con ojos entornados, aunque eleva levemente la comisura de los labios.
—Así que has sobrevivido, capullo insolente.
—Lamento decepcionarte.
Se abrazan. Él la acerca a su cuerpo y ella le pasa un brazo por la nuca y entierra el rostro en su hombro.
—Estaba preocupada por ti, Callum —murmura—. Muy preocupada.
Me siento como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago. Me hierve la sangre, y es una estupidez que mi cuerpo reaccione así porque es un lobo y el enemigo.
Por supuesto que tenía a una mujer esperándolo en casa. Porque, a pesar de todos sus defectos, es fuerte, valiente y amable.
Trago saliva intentando calmar mi pulso acelerado.
Callum se tensa y se gira mientras se separan para mirarme con expresión confundida como si sintiera la cruda emoción que me atraviesa.
La joven observa con los ojos entornados mis pies descalzos, la capa de piel húmeda y el camisón sucio que llevo debajo.
Le dirige una mirada severa a Callum y a este se le tensa la mandíbula de manera casi imperceptible.
—¿Quién es? —pregunta con las manos en las caderas.
—Es Rory —responde Callum y noto un cambio en su tono de voz. Es casi como si la estuviera tentando a desafiarlo—. Era una de las prisioneras de Sebastian.
Frunzo el ceño y me pregunto por qué no está siendo sincero con su esposa, amante o lo que quiera que sea esta chica para él. Aunque supongo que tampoco es del todo mentira.
—No es de los nuestros —contesta ella.
Callum arquea las cejas.
—¿Acaso importa?
—Supongo que depende de quién sea exactamente y de lo que esperas conseguir al traerla aquí. —Le dirige otra mirada escrutadora y luego lo aparta a un lado—. ¿Estás bien, muchacha?
La sorpresa florece en mi pecho ante la pregunta.
—Eh…, sí. Sí, estoy bien.
Arquea una ceja como si no me creyera.
—¿Sí? Bueno, si alguno de estos rufianes te causa problemas, ven a buscarme. Trabajo en los establos. —Señala un arco que sale del patio.
—Seguro que estaré bien. —Me enderezo.
No quiero parecer débil e impotente. Yo he elegido venir aquí… por descabellada que fuera esa decisión. No quiero ser una víctima. Soy una princesa.
—Mmm… —murmura tomando las riendas del caballo de Callum—. Por el amor de Ghealach, búscale algo decente que ponerse.
—Eres consciente de que soy tu alfa, ¿verdad? —pregunta él con un brillo juguetón en la mirada.
—Así es —suspira ella con aire dramático—. Por eso me paso la vida limpiando tus desastres. —Le da una palmadita en el cuello a la yegua, mira a Callum con cariño y se lleva al animal—. Vamos, Alba.
—Fi —la llama él.
—¿Sí?
—¿Han vuelto ya los demás?
Ella frunce el ceño.
—No. Creía que venían contigo.
Callum frunce el ceño mientras ella se aleja, claramente preocupado. Me ofrece una media sonrisa.
—Probablemente estarán de resaca.
Me pone una mano en la parte baja de la espalda para guiarme hacia el castillo y me tenso ante su inapropiado gesto. Su amiguita sigue cerca. Él frunce el ceño, pero deja caer la mano.
—Venga —me dice—. Vamos a buscarte ropa limpia antes de llevarte ante el rey.
Enderezo la espalda, levanto la barbilla y camino hacia el castillo esforzándome al máximo por no cojear, a pesar de que me duele todo y se me están clavando las piedras en los pies. Callum no dice nada. Y, gracias a la Diosa, tampoco me levanta en brazos.
Se inclina sobre mí para abrir las pesadas puertas de roble y entramos en un vestíbulo con eco.
Alcanzo a ver un oscuro entresuelo cubierto de tartán verde y una gran pintura al óleo de un enorme lobo negro antes de que Callum me empuje a través de una puerta hacia un largo pasillo.
Lejos de las miradas de los demás lobos, mi cuerpo se desploma.
—¿Por qué le has dicho a tu esposa que era una prisionera? —pregunto.
—¿Mi esposa? ¿Qué estás…? —De repente echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Me sobresalto cuando el sonido resuena por todo el espacio vacío—. ¿Fiona? ¡No es mi esposa! ¡Ghealach! Que no te oiga decir eso. No estaría nada contenta contigo.
Una sensación traicionera parecida al alivio florece en mi pecho. Trago saliva para reprimirla.
—Ah, ¿entonces te comportas de manera inapropiada con todas las mujeres?
Se ríe.
—Le he dado un abrazo , princesa. Es mi amiga más antigua. Pero ¿esposa? No. ¿Qué te ha hecho…?
Se detiene en seco y me mira fijamente ladeando la cabeza. Su sonrisa se ensancha.
—¿Qué? —Me cruzo de brazos sobre el pecho.
—Así que eso era.
—¿De qué hablas?
—Bueno, princesa, como lobo, tengo los sentidos excepcionalmente desarrollados. —Le brillan los ojos bajo la luz de las antorchas. A continuación se pone en marcha de nuevo—. Te has puesto celosa —declara.