El rey de los lobos 1 Capítulo 12
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Capítulo 12

E l viento, tan salvaje e indómito como las sensaciones que revolotean en mi estómago, arrecia a nuestro alrededor mientras salimos del valle. Hasta las montañas parecen moverse con las ráfagas que atraviesan la hierba y los árboles.

No obstante, las montañas permanecen firmes. Y yo también debo hacerlo: no puedo dejar que nadie vea que estoy asustada por el destino que me espera cuando lleguemos ante el rey de los lobos.

Tras unas horas de trayecto y gracias a mi insistencia, paramos para descansar y comer un poco más de pan y queso duro, a pesar de la exasperación de Callum.

Si soy sincera, no tengo hambre. Cada hora que pasamos a lomos de la yegua nos acerca más a los lobos y una parte de mí quiere retrasar el resultado final, prepararse.

Estamos a punto de salir de nuevo y Callum está cargando las cosas sobre el caballo cuando el cielo se abre.

Contengo el aliento. Nunca había visto llover así, de manera tan salvaje, ruidosa y húmeda que hace que la lluvia que he experimentado los últimos dos días incluso parezca suave. El agua me cae por la cara y los labios, hace que el pelo se me pegue a las mejillas y me atraviesa la capa.

También llueve en la Ciudad del Rey, por supuesto, pero allí no es más que simple humedad en el ambiente y un suave repiqueteo en los adoquines: un alivio momentáneo del calor de la Diosa del Sol.

E incluso entonces, si me sorprendiera la llovizna en algún momento, uno de los guardias del rey me colocaría un paraguas sobre la cabeza y me acompañaría rápidamente al interior como si fuera a romperme si me toca un poco de agua.

Al fin y al cabo, las muñecas no están hechas para mojarse.

Solía frustrarme en esos momentos, pero ahora me pregunto si tenían razón. Si me estoy rompiendo. La estatua de piedra con la que sueño se está resquebrajando con las gotas de lluvia.

Antes de ser consciente de lo que estoy haciendo, levanto la cara hacia el cielo y abro los brazos para recibir de buen grado el agua fría sobre la piel.

Me río.

Estoy aquí, soy humana y estoy viva .

Unos pasos hacen que mis carcajadas mueran en mi garganta cuando recuerdo dónde y con quién estoy.

Me giro lentamente para mirarlo.

Siempre he pensado que la lluvia iguala a todos los hombres. No importa si van vestidos con harapos o con ropa de gala, el agua los empapa y los hace parecer más pequeños.

Con Callum es diferente: da la sensación de que la lluvia lo fortalece.

El agua le cae por el kilt y tiene las pantorrillas, anchas como troncos de árboles, sucias de barro. La camisa se le adhiere a los músculos y enfatiza su gran tamaño.

Lo miro a la cara, temiendo la repugnancia que estoy segura de que voy a ver en su mirada, y me pregunto si me regañará o me dará un revés como habría hecho mi padre de haber presenciado semejante escena.

Sin embargo, me mira como si fuera lo más extraño y maravilloso que ha visto en la vida. Muestra una amplia sonrisa en la cara y, más que nada, eso es lo que me hace darme cuenta de lo peligroso que es este hombre…, este lobo.

Es una persona que no tiene necesidad de ocultar sus emociones porque ¿quién se atrevería a juzgarlo o aprovecharse de él a causa de ellas? Da la sensación de que, si Callum decidiera darle un puñetazo al suelo, causaría un terremoto.

Con el corazón desbocado, aparto la mirada.

—Me alegro de que te guste la lluvia, princesa —dice—. Hay mucha más en el lugar al que vamos. Será mejor que nos pongamos en marcha.

Una hora después, ya no me río ni estoy tan contenta.

Ha dejado de llover y me siento desaliñada y miserable.

—Tienes que buscarme ropa adecuada para cambiarme cuando lleguemos —le digo—. No puedes presentarme así ante tu rey.

—Puedes ponerte una de mis camisas y…

—Algo adecuado , Callum.

Suspira. Parece resignado.

—Sí.

—Bueno…, bien. —Se me calman los nervios del estómago.

Si estuviera en casa, me pasaría el día entero preparándome para un encuentro así.

Me bañaría, me trenzaría el pelo y seleccionaría el vestido perfecto: uno que transmitiera el mensaje que mi padre quisiera enviar en ese momento.

Me mostraría dulce y recatada, coqueta y divertida o como un premio tentador que ganar.

Me sentiría más segura respecto al encuentro con el rey de los lobos si tuviera acceso a mi ropa de gala y mis vestidos. Pero, al menos, si me cambio el camisón, pareceré presentable.

Nos sumimos en el silencio durante un rato. El viento empieza a amainar mientras tomamos un camino invadido por la hierba y los helechos. El gorgoteo de unos pájaros que nunca había escuchado y el susurro del agua nos acompañan.

Ahora el sol está más alto. No calienta demasiado las Tierras del Norte, pero cierro los ojos y disfruto de la luz igualmente.

Cuando los abro de nuevo, me fijo en que tiñe de plata los arroyos que bajan desde las montañas.

Me invade una extraña sensación de paz y me hundo de nuevo en el hombre que tengo detrás.

Aunque le lleve a mi padre información valiosa sobre los lobos y su rey, encontrará algo por lo que castigarme cuando llegue a casa. ¿Qué más da si me relajo un rato? No importa que esté sentada de manera poco apropiada cerca de un hombre que no es mi prometido.

Bajo la mirada. Los muslos de Callum son gigantescos y rozan los míos a través de su tartán rojo. Me viene a la mente un rumor que oí entre las damas de compañía del palacio: que los lobos no llevan ropa interior debajo del kilt.

Me pongo rígida. Si eso es cierto, está sentado demasiado cerca de mí.

—Todo irá bien, ¿vale? —dice Callum malinterpretando mi tensión.

No puedo preguntarle por su ropa interior, así que decido seguir la línea de su conversación.

—Eso no lo sabes.

—Ya te lo he dicho, te protegeré. Cuido de mi gente.

Estoy a punto de contestarle que yo no soy «su gente» y que, por lo tanto, eso no significa gran cosa para mí. Sin embargo, una imagen de músculos, sangre y el repugnante crujido de un hueso al romperse pasa por detrás de mis ojos.

—No cuidaste de Ryan —respondo en voz baja.

Se le ponen los nudillos blancos cuando aferra con fuerza las riendas en mi regazo.

Me tenso. No ha sido adecuado decir eso, aunque es un temor válido por mi parte. Porque ¿cómo puede atreverse a decirme que cuidará de mí, la hija de su enemigo, cuando estuvo a punto de matar a un joven de su propia manada?

No creo que vaya a responder. Lo oigo tragar saliva.

—No —admite con voz ronca—. No lo hice. Tendría que haberle dislocado el brazo en nuestro castillo cuando lo vi preparando su caballo.

—¿Solo te arrepientes de no haberle hecho daño antes ?

—Pues sí. Dejé que me desobedeciera porque sabía que quería salvar a la muchacha. Fui demasiado blando con él.

—¡Dislocarle el brazo a alguien no es cuidarlo ni ser blando!

—¡Es mejor que matarlo por mera diversión de tu prometido! —Emplea un tono más duro que nunca y me invade una fría vergüenza.

—¡Como si yo pudiera elegir con quién me caso!

—¿No? Creía que habías dicho que siempre había elección, princesa.

Aprieto los dientes.

—Sí, y la elección era casarme con Sebastian y sobrevivir o rechazarlo y demostrar que soy totalmente inútil para mi padre. Tomé la decisión de sobrevivir y volvería a hacerlo.

—Bien. Y yo también tomé una decisión —contesta Callum con un tono algo más suave—. Elegí darle una paliza al muchacho en la arena para que te apiadaras de él y lo salvaras.

Se me condensa el aliento delante de la cara cuando exhalo lentamente.

—No podías saber que iba a hacerlo.

—Pues no —confiesa—. No podía estar seguro.

Pero olía tu miedo y los latidos de tu corazón.

Percibía que sentías repulsión por los hombres que se sentaban a tu lado y que no deseabas permanecer en ese salón.

Y, aun así, no lo demostraste. Cuando me miraste a los ojos, vi el acero en los tuyos.

La determinación, la fuerza y el fuego de tu alma.

La mayor parte de la gente habría apartado la vista si los hubiera mirado como te miré a ti, pero tú no.

Percibí el odio en ti: detestabas a todo el mundo que había en esa estancia y me detestabas también a mí.

Diosa, cómo me odiabas. Me odiabas por lo que estaba a punto de hacerle al muchacho.

—Dejó escapar una risita que casi pareció un gruñido—.

No, no podía saber con certeza que lo ibas a salvar, pero estaba bastante seguro.

Algo se tensa y luego se relaja en mi interior.

No estoy segura de por qué sus palabras tienen tal efecto sobre mí. Puede que tenga razón. Tal vez sea porque, en un salón abarrotado de gente, él fue el único que se fijó en mí. No recuerdo un momento en el que nadie más me haya mirado de verdad.

—También me di cuenta de otra cosa por la forma en la que me mirabas, princesa. —Habla con voz ligera, casi burlona.

Frunzo el ceño.

—¿De qué?

—Pensaste que era guapo. —Ahora su tono está marcado por la diversión. Oigo la estúpida sonrisa de su rostro.

—¡No es cierto! —Me sonrojo y le doy un codazo en el costado.

Estalla en carcajadas. Me sorprende que no le moleste a la yegua. Seguramente esté acostumbrada a transportar a grandes patanes como él, la pobre. Estoy a punto de preguntarle si es así cuando llegamos a la cima de una colina y vemos el valle que se extiende a lo lejos.

Un robusto castillo de piedra se alza en la distancia. Está junto a un lago de un agua tan negra que parece no tener fin. Más allá, el telón de fondo lo forman las montañas y un bosque que se prolonga en la distancia.

Se me encoge el estómago.

—Ahí está —anuncia Callum—. El castillo Madadh-allaidh. Seguro que el resto de nuestro grupo habrá avisado al rey de que vamos de camino. ¿Estás lista, princesa?

Trago saliva intentando calmar los nervios.

Me obligo a volverme de piedra. No, de acero.

Asiento.

—Sí.

Callum tensa el brazo alrededor de mi cintura en lo que supongo que pretende ser un gesto tranquilizador.

Toma las riendas con ambas manos, hunde los talones en el caballo y galopamos colina abajo hacia el castillo.