Capítulo 11
M e tomo mi tiempo para lavarme.
Por primera vez en mi vida orino detrás de un árbol.
Paso también unos minutos empapándome de las vistas, de pie en la orilla, contemplando cómo mi aliento se condensa ante mi rostro mientras el sol asciende poco a poco sobre el lago.
Cuando estaba en el castillo de la Ciudad del Rey, solo veía el amanecer a través de una ventana de cristales empañados y cerrada con pestillo. Si siguiera allí, los sirvientes ya estarían atareados en el patio de abajo, y las damas de compañía, afanándose a mi alrededor.
No recuerdo haber estado nunca ante un silencio tan vasto e interminable.
Inspiro. Exhalo.
Las olas lamen las piedras a mis pies.
Cuando emprendo el camino de regreso por las rocas, deben de haber pasado al menos quince minutos y estoy tiritando.
Tengo la parte de abajo del camisón empapada y los mechones de cabello se me pegan a la cara húmeda. Aunque me siento mejor. Más fresca. El frío parece haberme quitado parte del miedo.
Para mi sorpresa, Callum ha vuelto a encender el fuego, a pesar de que tenía prisa por que saliéramos. Se sienta frente a la fogata con los gruesos antebrazos apoyados en las rodillas. Se le ve muy a gusto comiéndose un pedazo de pan.
Había dicho que se metería en el agua para sacarme. Estoy a punto de preguntarle qué tipo de alfa amenaza en vano cuando gira perezosamente la cabeza.
Me mira de arriba abajo y presta especial atención a la piel erizada de mis tobillos y al castañeo de mis dientes. Sonríe con superioridad.
No podría quedar más claro lo que pretende decir: que no le he hecho caso y ahora sufro las consecuencias.
—¿Tienes frío, princesa?
—Si fueras un caballero…
—No soy ningún caballero. —Sonríe—. Soy un lobo.
Me estremezco y no estoy segura de si es por la temperatura o por la expresión de su rostro.
—Eres un sádico. Eso es lo que eres.
Me ruge el estómago y él da unas palmaditas en el suelo a su lado. Titubeo un instante antes de sentarme. Parte por la mitad el trozo de pan y me lo pasa.
Está rancio y duro, pero me alivia el vacío del estómago.
—Creía que teníamos prisa —comento cuando me lo termino.
Se encoge de hombros y se apoya en las manos.
—El rey puede esperar.
—¿Haces esperar a tu rey?
Ya estoy lo bastante nerviosa por este encuentro sin añadir el hecho de que lleguemos tarde. ¿Acaso Callum no sabe que su rey podría darse cuenta al instante de que no tengo ningún valor?
Se encoge de hombros y se me revuelven las entrañas.
Cuando me mira, su expresión se suaviza.
—Ya te he dicho que no dejaré que nadie te haga daño.
Se me tensa la mandíbula y observo las llamas.
—Si tu rey decide ejecutarme, no habrá mucho que puedas hacer, Callum.
—Mírame, princesa. —Emplea un tono oscuro y exigente que remueve algo en mi interior—. Yo no rompo mis promesas.
Aparto la mirada y me froto los pies fríos.
—¿Y cómo puede llegar alguien a convertirse en el rey de los lobos? Creía que teníais alfas, no reyes.
Parte otro pedazo de pan y lo mastica.
—Así es. Los alfas lideran a sus clanes, y podría decirse que el rey es el alfa de los alfas.
—Traga—. No ha sido nada fácil conseguir que los alfas se alineen.
No todos lo han hecho… Al menos, no todavía.
No somos precisamente conocidos por someternos ante otros.
Pero estamos perdiendo esta guerra contra tu gente.
Teníamos que hacer algo. Teníamos que unirnos bajo la autoridad de alguien.
Junto las palmas con fuerza. Me hice una idea de la violencia de los lobos en la pelea de perros y el asalto. Quien haya conseguido que se sometan a él, sobre todo este hombre, debe de ser alguien realmente aterrador.
—¿Cómo es? —pregunto.
—Está bien, supongo. —Habla en un tono cálido que, más que nada, consigue aliviar parte de mi pánico.
Siempre había considerado que se me daba bien juzgar a las personas y, a pesar de su falta de decoro, no creo que Callum sea un mal hombre. Y tampoco creo que apoyara a nadie que lo fuera.
Aunque a veces se puede engañar a los buenos hombres.
—Pensaba que no notabas el frío —señalo fijándome en cómo acerca las piernas al fuego.
—No lo noto, pero aun así el calor es agradable.
—¿Por qué no lo notas?
Ladea la cabeza.
—¿Por qué haces preguntas como si fueran acusaciones? —Cuando me limito a mirarlo, se encoge de hombros—. Es por mi sangre de lobo.
Se mete el último pedazo de pan en la boca y lo observo masticar y tragar. No puedo evitar recordar algo que dijo antes.
—¿De verdad…? ¿De verdad coméis gente?
Abre los ojos de par en par. Me mira de arriba abajo y me siento desnuda bajo su escrutinio.
—A pesar de que me encantaría darme un festín contigo, princesa, me contendré —dice.
Me da la sensación de que hay algún tipo de broma en sus palabras.
—Vale. Bueno…, bien.
Sonríe y se levanta.
—Deberíamos marcharnos.
Me tiende una de sus enormes manos. La acepto y dejo que me ayude a levantarme. Vacía el agua que quedaba en el odre sobre el fuego para apagar las llamas antes de pisotear la hoguera varias veces. Caminamos hasta el caballo atado junto a un abeto.
—Espera un momento —dice, y después baja al lago para rellenar el odre.
El sol ya se ha elevado y el cielo luce un brillante azul matutino.
Las montañas que nos rodean permanecen vírgenes y exhiben una gama infinita de verdes por doquier.
A nuestra izquierda, la luz se refleja en la superficie del lago.
El aire huele a pino y a humo de leña, muy diferente de los aromas sucios de la ciudad. Respiro profundamente.
—Tienes permitido mostrarte impresionada, princesa —dice Callum en voz baja acercándose a mí.
—Es… una preciosidad —admito.
—En efecto —responde en voz baja—. Sí que lo es.
Cuando me giro, lo encuentro mirándome.
Desvía la mirada.
—Vamos —dice con la voz algo ronca.
Me sube al caballo y monta detrás de mí.
Poco después, estamos de nuevo en camino, rumbo al castillo.