El rey de los lobos 1 Capítulo 10
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Capítulo 10

N o tengo frío. De hecho, tengo hasta calor.

Me pesan los párpados y, cuando los abro, una luz rosada invade mi visión.

Los sueños extraños que he tenido, sobre grandes lobos y bosques a la luz de la luna, se desvanecen y me dejan desconcertada.

No estoy en mi cama. La hierba me hace cosquillas en la mejilla y el aire es fresco.

El camisón que llevo está húmedo por el rocío y un coro de pájaros, viento y agua susurrante resuena a mi alrededor.

Se oye también otro sonido: una respiración baja y constante.

Algo pesado me presiona la cintura.

Abro los ojos de par en par al recordarlo todo: el alfa, el asalto y el viaje a caballo lejos de mi tierra natal.

Callum me tiene apretada contra su pecho. Debe de haberme atraído hacia él mientras dormía. Y yo se lo he permitido. «¡Ay, Diosa!».

Intento liberarme, pero un suave rugido resuena en su garganta. Se me acelera el pulso mientras empujo su pesado antebrazo. Esta vez, el gruñido es grave y peligroso. Tiene los dedos extendidos sobre mi torso y me sujeta contra él.

Se me corta la respiración.

Nunca he estado tan cerca de un hombre.

Miro por encima del hombro. A pesar de los amenazantes ruidos que emite, tiene los ojos cerrados y el rostro en calma por el sueño.

Le doy un manotazo en el brazo.

—¡Aparta de mí, bruto! ¡Quita!

Gime y se gira bocarriba.

—Buenos días a ti también, princesa —dice con voz ronca mientras abre los ojos.

Yo tengo las mejillas ardiendo, pero él no parece avergonzado. Me pregunto si estará acostumbrado a despertarse junto a mujeres que acaba de conocer. Supongo que es bastante atractivo, sobre todo si te van los guerreros sanguinarios, claro.

Me enderezo y me ajusto la capa de piel para protegerme del frío.

Me concentro en las montañas que nos rodean en lugar de en el rostro de Callum, en el que se le ha quedado marcada la hierba, y en la suave sonrisa que tira de sus labios.

Además de iluminar el paisaje accidentado, el amanecer me deja expuesta.

Normalmente, por las mañanas me doy un baño. Luego me cepillan el pelo y me hacen un recogido alto. Me dan a escoger entre varios vestidos bonitos y mis damas de compañía se esmeran para ceñirme la cintura y camuflar todos mis defectos.

He llegado a pasarme horas sentada delante del espejo, tiñéndome los labios y disimulando mis ojeras. Se supone que debo estar perfecta antes de que alguien me vea.

Lejos de toda esa opresiva elegancia, me siento desnuda.

La boca me sabe mal, tengo los párpados hinchados y me duelen todos los músculos. Sé que estoy anormalmente pálida.

Callum me observa.

¿Es que no tiene modales? ¿No sabe lo grosero que es mirar así a una mujer que se acaba de despertar?

Se me forma un nudo en la garganta. Necesito alejarme de él.

Me levanto y hago una mueca mientras me alejo de nuestro pequeño campamento.

—¿Vas a alguna parte, princesa?

Por lo que a él respecta, podría estar huyendo. Si fuera consciente de que sé montar, puede que no se mostrara tan divertido.

—Voy a lavarme. —Desciendo por las rocas hasta el lago—. Puede que los lobos os conforméis con rebozaros en vuestra propia inmundicia, pero yo no.

Camino de puntillas hasta la orilla.

El lago se extiende durante kilómetros en ambas direcciones y la superficie ondulante refleja las montañas y el cielo rosado.

Justo delante hay una pequeña isla cubierta de árboles.

Las olas poco profundas lamen las piedras bajo mis pies sucios.

El aire de la mañana me llena los pulmones y, al exhalar, la ansiedad abandona mi cuerpo.

Estoy en un aprieto y acabo de despertar junto a un alfa de las Tierras del Norte, pero nunca había visto un paisaje tan bonito. Es salvaje y pacífico y transmite libertad .

—Yo en tu lugar no haría eso, princesa —dice Callum—. Está bastante…

Suelto un chillido cuando meto un pie en el agua. La gélida temperatura me sacude todo el cuerpo y me estremezco.

—… fría —termina Callum.

Se ha tumbado boca abajo para mirarme con una sonrisa en la cara.

—Prefiero pasar… un poco de frío… —empiezo, intentando ocultar el violento castañeo de mis dientes— que estar cubierta de mugre… Aunque tú claramente no piensas… lo mismo.

—Yo no paso frío, ¿recuerdas, princesa? Por eso te has acurrucado contra mí durante toda la noche.

—¡Yo no me he acurrucado contra ti!

—¿Sabes qué? Podría desnudarme por completo ahora mismo y saltar al lago, y aun así la temperatura no me afectaría en nada —prosigue, como si yo no hubiera hablado—. De hecho, tienes razón: estoy cubierto de mugre. Así que creo que eso es precisamente lo que voy a hacer.

—¡No te atrevas! —exclamo mientras se levanta y se saca la camisa sucia de debajo del kilt .

—Claramente, mi suciedad te ofende, princesa.

—Lo único que me ofende, Callum, es tu completa falta de decoro. —Algo inescrutable le atraviesa la mirada, aunque sigue sonriendo—. Y ahora, ¿por qué no haces algo útil y preparas el desayuno?

Se ríe fuerte y descaradamente.

—Está bien, alteza. No tardes demasiado. El agua está fría y hasta pasado el mediodía no llegaremos al castillo. Es mucho tiempo para estar temblando. Aunque yo te calentaré encantado ahora después.

Su tono burlón me hace soltar algo que casi parece un gruñido. A él le encanta.

—Vete —le digo.

—Si no has salido en cinco minutos, vendré a buscarte.

A pesar de lo mucho que me irrita, me noto sonreír cuando desaparece.

Claramente, está de buen humor esta mañana y, por algún motivo, eso me llena de calidez…

Hasta que me doy cuenta de por qué está tan contento.

Poco después de mediodía habrá terminado su trabajo, me habrá entregado al castillo y estaré a merced del rey de los lobos.