El rey de los lobos 1 Capítulo 9
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Capítulo 9

T endremos el poder de ganar esta guerra».

Seguimos cabalgando.

La noche es silenciosa, excepto por el sonido de los cascos de la yegua y el susurro del viento entre los árboles. Enfatiza lo solos que estamos aquí. Lo sola que estoy… con un hombre que conspira contra mi padre.

Su pecho sube y baja de manera constante contra mi espalda.

—¿Por qué estás tan seguro de que Sebastian tiene lo que buscas? —pregunto.

Noto que está planteándose si responder o no.

—Tengo mis fuentes.

—Te refieres a que tienes espías en el castillo. —Recuerdo lo convencido que estaba de que iba a escapar cuando atendí las heridas de Ryan—. Supongo que fueron ellos los que te dejaron salir de las perreras.

—Correcto. Y me confirman lo que… lo que alguien del clan Lowfell nos ha estado diciendo. —Su tono se oscurece y me da la sensación de que quienquiera que sea ese alguien, no le importa demasiado al alfa.

—Pero no encontraste la piedra.

—No estaba donde creía que estaría.

Pienso en la carnicería que dejamos atrás en el castillo de Sebastian: los guardias muertos en el vestíbulo de entrada, el patio en llamas, los gritos y chillidos de muerte.

—Así que el asalto no sirvió de nada.

Él tensa el brazo alrededor de mi cintura.

—Yo no diría eso.

El corazón me late más rápido cuando me doy cuenta de que puede que esté en un aprieto mayor del que creía.

Sin duda, Sebastian declarará la guerra para recuperarme. Soy de su propiedad y me han secuestrado. No dejará que el insulto quede sin represalias, pero no le importa si vivo o muero. En absoluto.

El alfa es un ingenuo si cree que Sebastian intercambiará esa poderosa reliquia por mí. No valgo nada.

Y me pregunto qué será de mí cuando los lobos se den cuenta.

Nos detenemos en un claro junto a la orilla del lago y el alfa desmonta.

Está demasiado oscuro, así que solo puedo distinguir su oscura silueta. El aire está impregnado de un aroma a pino y hierba y el agua fluye en algún lugar detrás de él.

—Vamos a descansar aquí hasta la mañana. Ven —dice.

Me cruzo de brazos.

—¿Eres consciente de que tanto Sebastian como mi padre enviarán sus ejércitos al norte a buscarme? Cabalgarán día y noche para capturar a mi secuestrador y, si consiguen dar con nosotros, no acabará nada bien para ti.

«Tampoco acabará nada bien para mí».

—En serio, la gente no suele hablarme así.

—Sí, ya me lo has dicho.

—A este sitio lo llaman Glen Marb, el Valle de la Muerte —señala el alfa—. Hace siglos fue un campo de batalla. Dicen que las almas de los lobos que perecieron aquí atormentan el valle en busca de venganza. Si escuchas atentamente, los oirás aullar.

Se me tensan las entrañas cuando oigo aullidos vacíos en la distancia. Giro la cabeza hacia él, alarmada.

Sonríe.

—Solo es el viento. Es una superstición estúpida, pero Sebastian se lo cree. No enviará a sus hombres aquí. Estaremos seguros hasta que despunte el alba. Ven.

Esta vez, cuando me rodea la cintura con las manos y me baja al suelo, no me resisto.

Soy una princesa, y este hombre me ha sacado de mi cama y me ha traído aquí. Hace bien en estar a mi servicio. O eso es lo que me digo a mí misma. Estoy harta de sentirme débil.

Si estuviéramos en el palacio, en uno de los bailes, y yo llevara uno de mis vestidos favoritos, estoy segura de que las cosas serían muy diferentes.

Hago una mueca cuando mis pies tocan la tierra húmeda.

Las enormes manos del alfa se tensan alrededor de mis caderas y su calor traspasa mi camisón.

Se me encienden las mejillas. Se supone que ningún hombre debe estar tan cerca de mí, y menos aún un enorme alfa guerrero que conspira contra mi padre.

—Ghealach —maldice en voz baja—. Tus pies.

Las nubes se mueven sobre nosotros e iluminan el cielo y el lago. Tengo la mirada fija en el alfa, quien observa mis pies descalzos con el semblante crispado por una chispa de algo… vergüenza, quizá.

—Estás herida. —Traga saliva y niega con la cabeza—. Discúlpame, princesa. A veces olvido lo frágiles que sois los humanos.

—¿Frágiles? —Le doy un manotazo en las muñecas y por fin me suelta—. Puede que no seamos enormes mulos como vosotros, pero no somos frágiles.

Me duele una de las plantas del pie de correr descalza por el castillo de las Tierras Fronterizas. Me debí cortar con una piedra o una rama al escapar. Quiero echar un vistazo, pero no con el alfa tan encima de mí.

—Deja que te lo vea. —Da un paso al frente.

—Estaré bien, es solo un corte.

Abre las fosas nasales.

—No estás bien. Huele a sangre.

—En primer lugar, me parece horrible que puedas olerla —le digo con los brazos cruzados—. Y, en segundo, si tanto te molesta, la próxima vez que irrumpas en los aposentos de una dama, deja que se vista antes de secuestrarla.

Se le descompone la cara.

—Tienes razón, tendría que haberlo hecho. Lo lamento…, de verdad. —La imagen de un guerrero sediento de sangre pidiéndome disculpas hace que experimente una extraña sensación de poder, pero solo hasta que da un paso adelante—. Y ahora, si dejas que te mire…

—No.

—¡Déjame verlo!

—Si te acercas un poco más, me… ¡me veré obligada a marcharme!

Se queda quieto y creo que he ganado, pero entonces eleva las comisuras de la boca. Levanta las manos lentamente.

—De acuerdo. —Lo dice en un tono apaciguador que contrasta con su corpulencia—. Vale. Siéntate, al menos. Le daré de beber al caballo y encenderé una fogata. ¿De acuerdo?

Guía a la yegua hasta el lago.

Me estremezco y me envuelvo con las pieles. En la Ciudad del Rey no hace nunca tanto frío.

Hay un bosquecillo de abetos cerca, así que, mientras se ocupa del caballo, recojo unas cuantas ramas secas y un pedernal. Cuando vuelve con el odre, estoy sentada calentándome las manos junto a una pequeña hoguera. El crepitar de las llamas se añade al canto del viento y el agua.

Me observa con curiosidad.

—No creía que supieras prender una hoguera —comenta.

Me coloco las rodillas bajo la barbilla para disfrutar del calor que me baña la cara.

—¿Sabes mucho de princesas, lobo?

—Parece que no. —Se sienta a mi lado y señala las llamas con la cabeza—. ¿Te enseñó tu padre?

Parece escéptico, y con razón. Lo único que me enseñó mi padre fue a comportarme como una dama para poder exhibirme ante pretendientes.

—Mi madre. —Me muerdo el labio inferior. No estoy acostumbrada a que la gente me haga preguntas personales y se me hace raro—. Ella era originaria de las Tierras Nevadas.

—Ah, sí. He oído que hace bastante frío por allí.

—Sí. —Me envuelvo con la capa—. Como su nombre indica.

El alfa se ríe con una carcajada suave y sorprendida.

—Correcto, es cierto. —Me pasa el odre—. Si no vas a dejar que te cure, al menos límpiate el corte. No quiero tener que llevarte al sanador cuando lleguemos al castillo.

Capto la oscuridad en su tono.

—¿No te gustan los sanadores? —Me limpio la sangre del pie. Apenas es un rasguño y siempre me he curado bastante rápido, así que debería estar bien en un par de días.

—Este en particular es un capullo arrogante al que preferiría evitar.

Las sombras se ciernen a nuestro alrededor y veo las nubes que forma mi aliento ante mi rostro. Señalo su mochila.

—¿No deberías montar la tienda?

—¿Qué tienda?

—Creía que íbamos a quedarnos hasta que se hiciera de día. ¿Dónde voy a dormir?

Una lenta sonrisa se abre paso en su rostro.

—Puedes buscar una cama con dosel ahí dentro si quieres, princesa, pero estoy bastante seguro de que se me olvidó meterla en la mochila.

—¿Pretendes que duerma en el suelo?

—Sí.

—¿Y tú dónde vas a dormir?

Frunce el ceño, confundido, antes de señalar el suelo.

—¿Vas a yacer a mi lado como si fueras… como si fueras mi marido ?

—Bueno, no exactamente, no. —Veo un brillo pícaro en su mirada y me sonrojo—. Venga, compórtate y túmbate. Te morirás de frío si me aparto. —Se pone bocarriba con las manos en la nuca—. Lo sé, es todo un escándalo, pero no se lo diré a nadie si tú tampoco lo haces.

Cuando me guiña el ojo, resoplo y me tumbo de lado, dándole la espalda.

La hierba es sorprendentemente mullida. Parte de la tensión que siento se disipa, y no estoy segura de si se debe a las montañas, que nos refugian del viento, o al extraño calor corporal del alfa.

—¿Cómo te llamas? —pregunto de repente.

—Callum. —Tiene la voz suave y con un tono curioso, como si le sorprendiera que se lo haya preguntado.

—¿Callum?

—Correcto. —Parece divertido—. ¿Algún problema con mi nombre?

—No…, es que… —Lo miro por encima del hombro. Observo su fuerte mandíbula cubierta por una barba incipiente, su cabello despeinado y sus enormes bíceps bajo las mangas de la camisa—. Esperaba que tuvieras un nombre más… salvaje. «Callum» me hace pensar en un niño travieso.

Se ríe.

—Lo creas o no, hubo un tiempo en el que era un muchacho travieso. —Sus ojos muestran un brillo juguetón a la luz del fuego y casi puedo imaginármelo.

Algo se calienta en mi interior y aparto la mirada antes de que me descubra sonriendo.

—Es un placer conocerte, Callum. Yo…

—Te llamas Rory —dice y me erizo. Nadie me llama así y, definitivamente, es demasiado familiar para un lobo que me ha secuestrado de la cama.

—Soy la princesa Aurora.

Deja escapar una risita.

Al poco tiempo, lo único que puedo oír es el crepitar de las llamas y la respiración de Callum.

No sé cómo voy a dormir en estas condiciones.

Me han secuestrado los lobos. Mañana me presentarán ante el misterioso rey de los lobos. Y, ahora mismo, estoy tumbada junto a un hombre que no es mi marido.

Contengo la respiración al darme cuenta de dónde debería estar en ese mismo momento.

Callum se tensa.

—¿Princesa?

Me pongo bocarriba.

—Se suponía que tenía que casarme con Sebastian esta noche. Debería… debería ser su esposa ahora mismo.

Callum gira la cabeza hacia el lado.

—Así es.

El calor se acumula en mi interior. No oculto la lenta sonrisa que se me dibuja en la cara cuando dirijo la mirada al cielo infinito.

Siento los ojos de Callum sobre mí un instante más antes de que él también se gire hacia las estrellas.

—Ya te dije que no te tocaría.