El rey de los lobos 1 Capítulo 8
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Capítulo 8

C onoces la historia del Lobo Primigenio? —pregunta el alfa.

Lejos del campamento, la noche es negra como la boca de un lobo. Apenas veo nada, pero oigo el viento agitar el agua del lago junto al que cabalgamos y huelo los árboles empapados por la lluvia y el aroma masculino del hombre que tengo detrás de mí.

—¿Te refieres al primer lobo? —pregunto—. Sí, todo el mundo conoce esa historia.

Deja que el silencio se extienda y espera a que sea yo quien lo llene.

—Conspiró con la Diosa de la Luna y traicionó a la Diosa del Sol y a los primeros hombres —añado—. Fue condenado a vagar por la tierra a cuatro patas y a vivir de un modo tan salvaje como sus acciones.

Se me escapa la palabra «salvaje». Es la que usa el sumo sacerdote siempre que cuenta la historia. Sin embargo, con el alfa como única audiencia, solos en un reino desconocido, me pregunto si tendría que haber sido más cautelosa con mi elección de palabras.

—Sí, tiene sentido que lo contéis así en las Tierras del Sur. —Parece pensativo—. Es cierto, nos maldijeron. Pero la historia no es exactamente así.

Se remueve detrás de mí sobre el caballo y su muslo roza el mío. Me enderezo.

Aunque le proporcione a mi padre información valiosa cuando sea libre, renegará de mí si se entera de que he estado cabalgando con el brazo de un lobo en el regazo.

El alfa me atrae hacia él de nuevo suavemente.

—El Lobo Primigenio vivía aquí mucho antes de que llegaran los primeros hombres, cuando todo tipo de antiguas criaturas peligrosas vagaban por la tierra.

La Diosa de la Luna, o Ghealach, como nosotros la llamamos, lo observaba padecer.

Impresionada por su fuerza y su voluntad por sobrevivir, se enamoró de él.

Algunos dicen que Luna era una loba, mientras que otros mantienen que simplemente los lobos eran sus favoritos.

Sea como sea, envió a sus criaturas para protegerlo.

El alfa habla en voz baja y suave, y parte de la tensión de mi cuerpo se relaja a medida que nos envuelve la oscuridad.

—Él empezó a dejarle regalos y ofrendas para agradecérselo, y así empezó un cortejo que duró muchos años. Se enamoraron profunda e irrevocablemente.

Nadie me ha contado un cuento desde que mi madre falleció, así que me relajo contra su pecho.

—Cuando los primeros hombres invadieron las Tierras del Norte, hirieron de gravedad al Lobo Primigenio.

A pesar de que estaba prohibido, Luna dejó su lugar en el cielo para acudir a su lado.

Compartió con él su indomable y peligroso poder y él consiguió transformarse, curarse y buscar venganza contra quienes habían intentado matarlo.

—Oigo la sonrisa en su voz—. En realidad, fue una bendición.

—¿Una bendición? Has dicho que os maldijeron.

—Sí, así es, pero la capacidad de transformarse en lobos no es la maldición.

—Entonces ¿cuál es?

Es fascinante oír la historia desde la perspectiva del alfa. En el sur, nuestras escrituras religiosas explican que la transformación fue el castigo por la traición del Lobo Primigenio y ahí termina la historia.

Al parecer, en el norte hay otro capítulo.

—El Lobo Primigenio aceptó con los brazos abiertos su nuevo poder —prosigue—.

Verás, en cierto modo sentía que el lobo formaba parte de él desde el principio, y puede que así fuera.

Quizá por eso él y la Diosa de la Luna se vieran atraídos el uno al otro en primer lugar.

Por desgracia, la historia no termina ahí…

, porque Sol es una diosa celosa y vengativa.

Me estremezco. Si he de ser sincera conmigo misma, he albergado pensamientos blasfemos sobre la diosa de las Tierras del Sur. Normalmente, cuando el sumo sacerdote me obliga a arrepentirme de mis pecados.

Pero pronunciar esos pensamientos en voz alta…

—Cuando Sol se enteró, descendió para castigarlos a ambos.

Desterraron a Luna y se la entregaron al Dios de la Noche para que la encerrara en su prisión en el cielo.

Y el Lobo Primigenio… Bueno, enjaularon a su lobo interior, el cual solo podría librarse de sus cadenas cuando Luna estuviera lo bastante cerca y su poder lograra alcanzarlo.

—Las noches de luna llena. —El viento que susurra entre los árboles casi se traga mis palabras.

—Correcto.

Frunzo el ceño ligeramente mientras intento entender tanto lo que me está contando como el motivo por el que lo está haciendo.

—Dices que hubo un tiempo en el que el Lobo Primigenio era capaz de transformarse a voluntad —recapitulo—, y que la maldición no consistía en que se transformara en lobo, sino en que le arrebataron esa capacidad.

—Correcto —responde el alfa con voz grave y sombría—.

Sin embargo, Sol subestimó el poder del amor de Luna.

Estaba tan angustiada por haberse separado de él, por verlo sufrir desde su prisión en el cielo, que se arrancó su propio corazón.

Lo arrojó a la tierra para que él pudiera conservarlo y así estar siempre cerca de su poder.

Frunzo el ceño.

—¿Y él lo encontró?

—Pues sí. Aterrizó en el centro de Glen Ghealach, en lo alto de las Tierras del Norte, y creó el valle.

Cuando el Lobo Primigenio lo encontró, lo mantuvo cerca de él.

Hasta que, un día, Sol lideró a los primeros hombres hasta él.

A pesar de que luchó con valentía para proteger el corazón que le había sido confiado, eran demasiados.

Lo masacraron y los hombres robaron el Corazón de la Luna.

—¿Creéis que es real?

—En efecto, lo creemos. Por supuesto, la historia está basada en un mito, pero hay evidencias a lo largo de los años de una reliquia que ha ido pasando de mano en mano.

Creemos que es una especie de roca. —Traga saliva—.

Y hay pruebas de que contiene el poder para que podamos cambiar a voluntad y ser libres.

Su deseo de libertad remueve algo en mi interior, y por fin lo comprendo.

—Crees que Sebastian tiene esa piedra. Por eso planeaste el asalto al castillo. Por eso me has secuestrado. Quieres intercambiarme por ese objeto.

—Correcto —confirma, con una voz oscura como las sombras y cargada de intenciones—. Buscamos el Cridhe na Ghealach, el Corazón de la Luna. Porque, con él, tendremos el poder de transformarnos a voluntad. Con él tendremos el poder de ganar esta guerra.