Capítulo 7
F ui una niña enfermiza. El sumo sacerdote aseguró que había heredado el temperamento débil de mi madre; dijo que lo llevaba en la sangre. Creía que moriría de la misma enfermedad que se la llevó a ella.
Antes de que cayera sobre nosotras esa neblina de muerte, hierbas quemadas y el interior difuso de esa habitación que no abandoné en meses, recuerdo que mi madre me llevó al campo en el sur. Fuimos solas ella, su dama de compañía y yo.
Debía de tener solo unos cuatro años, pero todavía me acuerdo de los campos de cosechas doradas, las ondulantes colinas salpicadas de granjas y aldeas y la cabaña en el bosque junto al gran lago azul en el que nos detuvimos.
Supongo que, en cierto sentido, nuestros primeros recuerdos nos moldean, y me pregunto si ese pequeño atisbo de aventura despertó algo en mi interior hace tantos años.
Algo que enterré en lo más profundo de mi ser, algo que me puso en el camino que algún día me atraería aquí, a lomos de un gran caballo gris, atrapada entre los brazos del enemigo, rodeada de lobos.
Mis secuestradores hablan entre ellos mientras cabalgamos durante lo que parecen horas. El sol se eleva en lo alto del cielo y, a pesar de que estoy agotada y los caballos van cada vez más lentos, no paramos. Me pregunto si a los lobos les preocupa que los estén persiguiendo.
Debería.
A estas alturas, Sebastian y mi padre ya habrán enviado a gente a rescatarme. No porque les importe que me hayan secuestrado, sino porque ambos me necesitan para asegurar su futura alianza. Y, además, me necesitan intacta.
No sé cómo me sentiré si nos encuentran, pero lo que sí sé es que, si lo hacen, a mis captores les espera la muerte.
Si el alfa está preocupado, no lo demuestra. Se mantiene en silencio, pero parece cómodo detrás de mí, con su cuerpo apretado contra mi espalda y mis muslos pegados a los suyos.
Es extremadamente inapropiado que estemos tan cerca el uno del otro y que adopte una actitud tan familiar conmigo.
Cada vez que lo pienso, me enderezo e intento poner algo de espacio entre nosotros, pero él me atrae de nuevo.
Al cabo de un tiempo, ya sea por la comodidad de su calor, por el dolor de mis huesos o por el hecho de que me distrae el terreno circundante, dejo de intentar alejarme.
Rememoro una vez mi visita a la campiña del sur. Los paisajes que me dejaron maravillada en aquel momento eran… suaves en comparación con los que vemos al adentrarnos en las Tierras del Norte.
El césped en el que jugaba con mi madre estaba cortado, el sol era cálido y agradable y las colinas, suaves y onduladas. Incluso el lago, que me parecía interminable, era azul y tranquilo.
Aquí, el paisaje está vivo .
Es accidentado, escarpado y peligroso. Las montañas brotan de la tierra en picos abruptos y la maleza a ambos lados del camino rocoso es tan alta que me roza los pies.
Sobre nosotros, el cielo está repleto de nubes grises que proyectan sombras sobre la tierra entre los aullidos del viento. Incluso el aire tiene un toque áspero.
Aquí no hay nada amable.
Después de lo que me parece poco tiempo, el sol se está poniendo de nuevo y recuerdo a la dama de compañía de mi madre contándome historias sobre los dioses y diosas de la noche que reclamaban como suyas las Tierras del Norte antes de irse a descansar, acortando así los días y alargando las noches para que las criaturas que los veneraban tuvieran más tiempo para adorarlos.
Empiezan a recorrerme escalofríos conforme las sombras se extienden. El alfa tensa el brazo momentáneamente alrededor de mi cintura, como si se hubiera dado cuenta.
Pronto, el cielo adquiere un tono azul oscuro y nos detenemos junto a un gran lago rodeado de montañas. El agua es tan negra que parece no tener fondo, y ondea con el viento.
—¿Podemos hablar? —dice Fergus señalando un bosquecillo de árboles perennes junto a la orilla mientras se baja del caballo.
El alfa suspira y su aliento me hace cosquillas en la mejilla.
—Sí. Dame un minuto.
Baja del caballo y el frío me envuelve en su ausencia.
—¿Te echo una mano, princesa?
No le respondo mientras bajo la mirada hacia la tierra. Me duele todo el cuerpo y no llevo zapatos, pero no quiero parecer débil. Respiro hondo y paso la pierna por encima del animal, aunque, antes de que pueda saltar, el alfa me agarra por la cintura desde atrás y me baja poco a poco.
Cuando mis pies tocan el suelo, me ceden las piernas y él me rodea con un brazo y tira de mí.
Maldita sea.
—Cuidado, princesa —dice—. Supongo que no estás acostumbrada a cabalgar. No pasa nada, te tengo.
Me levanta en brazos mientras los demás desmontan a nuestro alrededor.
—¿Qué estás haciendo? —le espeto.
Los que están más cerca de nosotros apartan la mirada. Algunos sacan sus odres para llenarlos del lago y otros recogen ramas con las que encender una fogata en la ribera.
—¡Deja de mangonearme! Soy perfectamente capaz de caminar sola.
—Seguro que sí, pero, ya que te tengo en brazos, no me importa soltarte junto a este bonito árbol de aquí.
Me sienta con cuidado junto a un árbol alto lejos del grupo, donde el dulce aroma a pino impregna el aire. La tierra está dura y fría. Cuando el alfa se incorpora y le silba a Ryan, encojo las rodillas bajo la capa de cuero.
Se agacha junto a mí y me invade el calor una vez más. Esa calidez debe de ser algo innato en los lobos, puesto que solo lleva una camisa húmeda sobre el kilt .
—Cuando estábamos en el castillo, te dije que no te perseguiría si huías. Quiero que comprendas que ahora la situación ha cambiado. —Bajo la luz del ocaso, sus ojos son del color de las profundidades del bosque—. Si corres, te atraparé. Ahora ya no estamos en el sur. ¿Entendido?
Estamos en mitad de la nada. No tengo ni idea de dónde estoy. ¿Adónde cree que voy a ir?
Lo miro fijamente.
—No soy idiota.
—No, estoy seguro de que no lo eres. —Observa mi cabello, que ahora mismo debe de ser un gran nudo enmarañado—. Pero sí que tienes fuego en el alma. Así que pórtate bien, ¿de acuerdo? Vuelvo en un momento.
Se levanta antes de que pueda responder y silba de nuevo. Ryan se acerca, seguido de la chica a la que ha rescatado del castillo.
—Tráele a la princesa un poco de agua y comida. Mantenla vigilada. Esto es de suma importancia, así que no quiero tonterías.
Ryan levanta la barbilla, saca pecho y asiente con solemnidad.
—Entendido. Yo me ocupo de ella.
El alfa me mira y eleva levemente la comisura de los labios. Después atraviesa el campamento para llegar hasta Fergus.
Ryan corre hasta su caballo y saca provisiones de su mochila mientras la chica me observa con cautela. Aparto la mirada de la marca que tiene en el cuello.
—Hola —le digo—. Soy Aurora.
—Sé quién eres.
Irradia hostilidad, y la verdad es que lo entiendo. Estoy prometida con el monstruo que debió de capturarla. Sin embargo, a pesar de que nuestros pueblos están en guerra, no quiero que me considere un monstruo a mí también.
—¿Cómo te llamas? —pregunto.
—No es asunto tuyo.
Algo se endurece en mi interior. Intentaba ser amable.
Antes de que pueda responder, Ryan regresa y me pasa una hogaza de pan duro y un odre lleno de agua y solo puedo pensar en calmar el hambre que lleva todo el día creciendo en mi estómago.
—Gracias —le digo, y me bebo el agua fría a tragos.
Miro el pan durante un instante antes de decidir que no hay modo de comerlo que resulte apropiado para una dama. Parto un trozo y lo engullo con otro sorbo de agua.
Cuando termino, la chica sigue observándome con cautela. Sin embargo, Ryan parece relajado a su lado.
—¿Cómo tienes el brazo? —le pregunto.
Lo estira de manera lenta y tensa y cierra el puño un par de veces.
—Estaré bien. Podré luchar de nuevo dentro de nada. —A pesar de que la oscuridad es cada vez más espesa, veo el rubor que le tiñe las mejillas—. Y…, bueno…, gracias por lo que hiciste por mí.
—No tienes que dármelas. Lamento que te encontraras en esa posición.
Cuando su amiga le susurra algo al oído y tira de la manga de su brazo bueno, Ryan asiente y se gira hacia mí.
—Estaremos ahí si necesitas algo.
Se van y se sientan a poca distancia.
—No te preocupes, Becky —lo oigo murmurar—. No es como el resto.
Los hombres se sientan alrededor de la hoguera y beben un líquido ambarino que me imagino que debe de ser alcohol.
Están lo bastante lejos para que no pueda oír su conversación, aunque no paso por alto las miradas que me lanzan de vez en cuando: algunas hostiles, otras curiosas y otras depredadoras.
En la orilla, el alfa parece mantener una conversación acalorada con Fergus, que gesticula exageradamente mientras mi captor muestra una expresión pétrea. Cuando el pelirrojo me señala, desvío la mirada.
Es evidente que aquí no soy bienvenida.
No sé cuánto tiempo me paso aquí sentada mientras las carcajadas y las voces junto al fuego se vuelven cada vez más estridentes. El alfa se ha adentrado en los árboles con Fergus, mientras que Ryan y Becky están sumidos en su propia conversación.
Me duele todo, pero me mantengo alerta como una liebre rodeada de lobos.
Me siento horriblemente sola.
Cuando cruzo accidentalmente la mirada con Magnus, se le dibuja una lenta sonrisa en el rostro y le dice algo al hombre que está a su lado y que parece una rata. Giro la cara con rapidez y me acerco las rodillas al pecho.
Ambos se levantan y se acercan a mí con aire perezoso. Se me acelera el corazón. Huelo el alcohol en el aire e, incluso en la oscuridad, veo las malas intenciones en su mirada.
Ryan se levanta de un salto.
—Magnus…
—Siéntate, muchacho —dice el que parece una rata, y le da un empujón con una sonrisa—. Esto no te incumbe.
—Hola, guapa —dice Magnus al acercarse a mí—. Aquí hace mucho frío. Puede que tú puedas ayudarnos a entrar en calor.
Se me retuercen las entrañas.
—Me das asco —digo; acerco la espalda al árbol y paso las manos por el suelo en busca de algo, lo que sea, que pueda usar como arma.
—Vaya, eso no es muy amable por tu parte —dije Magnus, arrastrando las palabras—. Solo estamos siendo amistosos. Se me ocurren formas mejores de que uses esa boquita, en lugar de insultarnos.
A medida que se acerca a mí, cierro los dedos alrededor de una roca. Me levanto con el pulso acelerado.
—Déjala en paz —dice Ryan.
La rata le da otro empujón.
Oigo un crujido cuando el alfa pisa una ramita a mi lado y su calor me envuelve.
—Si tienes frío, Magnus, en la mochila llevo algo de whisky que te ayudará a mantener el calor —le dice—. Te sugiero que vayas y te lo bebas antes de que tú y yo tengamos un problema.
Habla en tono tranquilo, pero las mangas de su camisa se estiran alrededor de los músculos de sus brazos y tiene la mandíbula tensa.
Se hace el silencio en el campamento. El aire está cargado de tensión, como si los demás lobos hubieran notado que está a punto de correr la sangre.
Sin embargo, Magnus esboza una sonrisa.
—¿Habéis oído eso, muchachos? ¡Más bebida para todos! —Le da una palmada en el brazo al alfa antes de retirarse para buscar su premio.
Él lo observa alejarse, y después se sienta junto al árbol. Cuando se me calma la respiración, me acomodo a su lado, con los dedos todavía alrededor de la roca.
Estudia a los demás con semblante severo. No dice nada. No me tranquiliza, y lo cierto es que no tiene sentido que lo haga, ya que probablemente se haya dado cuenta de lo mismo que yo.
Aquí corro peligro.
He cometido un terrible error.
El miedo se me acumula en la boca del estómago mientras contemplo al grupo de lobos. La noche se vuelve más oscura y las conversaciones se van silenciando. Poco a poco, los ronquidos se suman al crepitar del fuego y al silbido del viento.
A pesar de que me pesan los párpados y de que tengo al alfa sentado a mi lado, no me atrevo a cerrarlos… ni un instante.
Cuando el último de los lobos se queda dormido, el alfa se levanta.
«Arriba», articula con la boca, haciéndome un gesto con la cabeza.
Me tiende la mano. Frunzo el ceño, pero la acepto con cautela. Hago una mueca cuando las piedras afiladas se me clavan en los pies ya doloridos. Él arquea las cejas, se lleva un dedo a los labios carnosos y me coge en brazos de nuevo.
Esta vez no protesto por miedo a despertar a los demás.
Me lleva hasta su yegua, atada a un árbol lejos de la manada dormida, y me sube en la silla antes de montar detrás de mí. Antes de que pueda preguntarle qué está pasando, nos alejamos de los demás.
Miro por encima del hombro. Solo Ryan se mueve, pero cuando el alfa se lleva un dedo a los labios, el chico asiente y se reacomoda junto a Becky.
—¿Adónde vamos? —pregunto cuando el campamento no es más que un puntito al otro lado del lago.
—Recorreremos el resto del trayecto solos —susurra con voz áspera junto a mi mejilla—. No voy a permitir que te amenacen.
—¿No puedes decirles simplemente que me dejen en paz? —pregunto—. Creía que se suponía que eras el gran alfa feroz.
Deja escapar una risita silenciosa.
—Sí, supongo que lo soy. Pero ¿no has notado nada respecto a sus kilts ?
Pienso en los diferentes patrones que llevan los ocho hombres: algunos son azules, otros, verdes, y solo el de Ryan es rojo.
—Pertenecéis a clanes diferentes —señalo—. No eres su alfa.
—No, no lo soy. Y, aunque algunos respetan mi estatus…, otros no tanto.
—Como Magnus —añado con amargura.
—Correcto —confirma—. Si me desafiara abiertamente, no podría dejarlo pasar.
Y, si mato a ese capullo despreciable, pondré en peligro la unión de clanes que estamos intentando llevar a cabo.
Es mejor que vayamos por nuestra cuenta.
—Se toma una pausa y añade—: Porque me apetece mucho matar a ese capullo despreciable.
Algo se calienta en mi interior con sus palabras, aunque soy consciente de que no es propio de una dama deleitarse con la muerte de nadie.
—¿Adónde vamos? —pregunto, con el pecho algo menos tenso.
Estrecha el brazo alrededor de mi cintura.
—Te llevo ante el rey de los lobos.
Una chispa de pánico se enciende en mi interior, pero me puede la curiosidad.
—¿Quién es el rey de los lobos?
—Ya lo verás.
—Entonces ¿cuál es el plan? ¿Vas a tenerme como rehén y a pedir como rescate eso que crees que Sebastian os ha robado?
—Correcto.
—¿Y qué es? —Suspiro, y mi aliento se condensa en la oscuridad—. ¿Qué está pasando exactamente?