El rey de los lobos 1 Capítulo 6
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Capítulo 6

N o es asunto tuyo —repone el alfa por encima del sonido de los cascos.

Mientras ponemos distancia entre nosotros y el castillo, se apoya en mí y noto su cuerpo duro contra la espalda. Los árboles se ciernen sobre nosotros a ambos lados.

—Sí que lo será si esos bastardos nos persiguen —replica el pelirrojo—. Resulta que prefiero tener los testículos pegados al cuerpo.

—Pues no sé por qué —contesta el alfa—. Apenas los usas.

El olor de los caballos me inunda la nariz y se mezcla con el aroma de la tierra húmeda.

Me aferro a la parte delantera de la silla con los nudillos húmedos y blancos y me agarro al animal con los muslos con todas mis fuerzas mientras corre hacia delante.

Las ramas esqueléticas de la foresta invernal apenas proporcionan refugio contra el viento y la lluvia, pero, aun así, no tengo frío.

No sé si se debe al hombre que tengo detrás, que emana calor a pesar de llevar solo una camisa empapada, o a la capa de piel con la que me ha envuelto, o a la velocidad de mi corazón, que bombea sangre entrelazada con adrenalina a través de mis venas.

Sea lo que sea, creo que también mantiene a raya el miedo que debería sentir.

El enemigo me acaba de secuestrar y ni siquiera me importa.

De hecho, con cada árbol que nos separa del castillo, parece soltarse uno de los nudos de mi pecho.

Ya habrá tiempo para el miedo y el pánico, estoy convencida, pero ahora me siento como si volase a través de la oscuridad.

Soy una prisionera, pero soy libre. Me pregunto cómo ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, aunque sé con seguridad que lo son.

El pelirrojo me mira de nuevo.

—Es verdad que es muy guapa, pero eso no significa que puedas secuestrar a la muchacha sin más. ¿Qué va a decir el rey?

—¿Qué te hace pensar que no me la he llevado por orden del rey? —repone el alfa, y me tenso—. No me refiero al tuyo —añade en un susurro contra mi mejilla.

Frunzo el ceño, confundida. Solo hay un rey… A menos que se refiera al falso rey contra el que mi hermano está librando una guerra en el continente. Y seguro que los lobos son demasiado indisciplinados y desorganizados para luchar por él.

—Resulta que sé lo que el rey quería que nos lleváramos del castillo, y no era una bella muchacha en camisón. —Me mira a los ojos—. ¿Quién eres? No dejes que este enorme zoquete te asuste.

—No estoy asustada —contesto.

Hablo con voz tranquila y, aunque queda amortiguada por el estruendo de los cascos sobre la tierra del bosque y del viento entre las ramas, el lobo posa los ojos en mí con curiosidad.

Debe de ser cierto lo que dicen acerca de que los lobos tienen mejor oído de lo que los dioses pretendían. Me estremezco.

—Que no es asunto tuyo —le repite el alfa con tono firme.

—Es la princesa, Fergus —interviene Magnus detrás de nosotros.

Una sonrisa enorme, demasiado exagerada para ser auténtica, se expande en el rostro de Fergus.

—Dime que es una broma. Dime que no has secuestrado a la hija del rey. Porque sé con toda seguridad que no has podido ser tan necio e impulsivo.

El alfa se encoge de hombros detrás de mí. Noto su cuerpo relajado, a pesar de las sacudidas de la yegua y de sus duros múscul­os.

—¡Por el amor de la Diosa! —ruge Fergus—. ¡Suéltala!

—Es un poco tarde —replica el alfa.

—Nos van a despellejar por esto —dice el primero.

Noto la suave risa en el pecho del alfa y Fergus le dirige una mirada fulminante.

—Esto es una locura —dice, exasperado—. Nos perseguirán.

—Sí, probablemente.

—¿En qué estabas pensando?

—Estaba pensando en que, en vista de que no hemos podido encontrar lo que buscábamos, al menos podríamos usar a la princesa para conseguirlo.

—Ah, ¿de veras? Porque a mí me da la impresión de que Ryan no ha sido el único que ha pensado con la polla esta noche.

Se me acelera el corazón ante la indecencia de lo que ha sugerido. El alfa me ha prometido que nadie me tocaría, ni siquiera él. ¿Acaso mentía?

Él no responde.

—¡Entra en razón! —gruñe Fergus—. ¡Suéltala! Si te preocupa la muchacha, la dejaremos en el pueblo más cercano, pero…

Un grave rugido resuena en el pecho del alfa.

—Viene con nosotros y no se hable más.

Fergus le dirige una mirada prolongada y severa antes de fijarse en mí. Una expresión inescrutable le atraviesa el semblante, una mezcla de exasperación y otra cosa. ¿Tristeza, quizá?

Sacude la cabeza.

—Es humana —agrega en voz baja—. No es…

—Voy a llevarla ante el rey. No pienso escuchar nada más al respecto.

Él espolea al caballo, y la fuerza del movimiento hace que se sacuda mientras nos adelantamos al resto de la manada, dejando a Fergus con la palabra en la boca.

Noto que le ha cambiado el humor. Tiene los brazos fibrosos tensos y parece que una nube oscura nos haya envuelto a ambos. El instinto de supervivencia debería convencerme de mantenerme callada, sin embargo…

—Mi padre es el rey —le digo.

—Es tu rey. No el nuestro.

Siempre había pensado que los lobos eran demasiado indómitos e indisciplinados para unirse y respaldar a alguien. Los libros de historia dicen que, al igual que nosotros, los clanes llevan cientos de años en guerras internas.

—No sabía que tuvierais uno —le digo.

—¿Sabes mucho sobre los lobos, princesa?

—Si he de juzgarlos por ti, diría que tenéis malos modales.

Deja escapar una sombría carcajada.

—Ah, ¿de veras? ¿Algo más?

—Sé que hacéis lo que os viene en gana: matar, robar, invadir las Tierras del Sur. —Pienso en lo que dijo Sebastian sobre cómo los lobos tratan a sus mujeres. Recuerdo lo que le hizo Magnus a aquella chica en la celda. Se me encienden las mejillas—. Y hacéis otras… cosas propias de animales.

—Parece que nos tienes calados, princesa. Aquí todos somos animales. Corremos desenfrenados por las montañas. Le aullamos a la luna. Comemos princesas para desayunar.

Me tenso y él se ríe.

No sé si está bromeando o no. La Iglesia dice que los lobos cazan a los de nuestra especie cuando hay luna llena. Es más, corren rumores sobre hombres de las Tierras Fronterizas a los que envían al norte para protegernos, y de quienes meses después solo se encuentran los huesos.

—¿Coméis gente?

Se ríe de nuevo.

—Calla, tenemos un largo viaje por delante.

No suena prometedor. Sin embargo, no puedo evitar que me entren más ganas de provocarlo.

—¿Te golpeaste la cabeza en la arena de combate ?

—¿Cómo?

Señalo hacia la derecha, recordando que las montañas estaban a ese lado antes de que nos adentráramos entre los árboles.

—El norte está por ahí , idiota.

—¿Sabes una cosa? No hay muchas personas que se atrevan a hablarme así.

—Tampoco hay muchas personas que se atrevan a secuestrarme y a tomarme como rehén.

—Yo no soy una persona —dice con los labios demasiado cerca de mi oído. Su aliento cálido me hace cosquillas en la mejilla—. Recuerda que soy un animal.

Me estremezco y algo se remueve en mi interior. Abro la boca para replicar, pero me silencia.

—Primero tenemos que avanzar unos kilómetros hacia el oeste. Si vamos directamente al norte, nos toparemos con el Muro Fronterizo. Y ahora, silencio. Nos espera un largo trayecto y ya me estás dando dolor de cabeza.

Cabalgamos a través de la noche. El sonido constante de los cascos y el suave murmullo de la conversación de los lobos detrás de nosotros añaden una suave calma al aire fresco.

No deja de darme vueltas la cabeza mientras lucho contra el sueño. Cuando hemos emprendido el viaje notaba el cuerpo tenso y alerta, pero ahora apenas tengo fuerzas para mantenerme erguida. Me recuesto contra el pecho del alfa, por poco apropiado que pueda ser. Noto su calor en el frío de la noche.

No obstante, cuando salimos del bosque, abro los ojos de golpe y me incorporo con una oleada de vigilia recorriendo mi cuerpo.

El sol se está elevando, tiñendo el cielo de rosa, y por fin ha dejado de llover.

Hemos llegado al alto muro de piedra que separa las tierras de los lobos del resto del reino. Han derribado una parte y a través del boquete, veo una extensión de terreno accidentado que se alarga hasta donde me alcanza la vista.

Desde mis aposentos en el castillo de Sebastian, podía ver el norte en la lejanía, pero de cerca el paisaje es aún más impresionante.

La hierba, la más verde que he visto nunca, se intercala con helechos y brezos que se mecen con la brisa.

Pequeños lagos de agua oscura reflejan la luz del amanecer.

La forma del terreno… Casi parece antinatural que la tierra tenga ese aspecto.

Las colinas y las montañas brotan como si tuvieran vida propia, y las más lejanas incluso tocan las nubes.

Y… ¿es nieve lo que distingo en algunos de los picos más elevados?

El aire huele a hierba y lluvia, tan fresco que casi puedo saborearlo.

—Cabalgaremos hasta el lago A’ghealach y dejaremos descansar a los caballos. —La voz del alfa atraviesa el silencio.

Clava los talones en la yegua y salimos disparados para saltar sobre la pila de rocas. Ahogo un grito cuando atravesamos el muro y noto que el alfa sonríe mientras dejamos atrás mi tierra natal.

—Bienvenida a las Tierras del Norte, princesa —susurra.