Capítulo 5
S e me clavan ramas y piedras en las plantas de los pies descalzos mientras corremos hacia la arboleda que queda cerca de la Puerta Occidental.
El viento me agita el pelo ante la cara y la lluvia que cae entre las ramas se filtra por la fina tela de mi camisón.
El sonido de los aullidos y el entrechocar de las espadas, proveniente de las perreras exteriores en algún lugar detrás de nosotros, nos persigue.
La noche está cargada con el espeso aroma de la leña quemada.
Debería estar asustada. Sin embargo, todos mis sentidos están enfocados en la mano del alfa aferrando la mía. Siento la fuerza infernal de sus dedos y los callos que hacen que sea tan diferente de la mano de mi madre, la única que he sostenido antes de esta.
El calor se extiende desde el punto en el que nuestra piel se toca y me sube por el brazo.
Le he dado la mano voluntariamente. No sé por qué, pero sí sé que él no va a soltarme. Estoy segura. Me ha dejado tomar la decisión, pero, ahora que ya está tomada, me da la sensación de que ya no hay vuelta atrás.
Me invade una oleada de pánico. ¿De verdad voy a hacer esto?
El alfa se gira, me levanta del suelo y me coge en brazos. Suelto un grito y, por puro reflejo, le rodeo el cuello con los brazos. Clava los ojos, brillantes incluso en la oscuridad, en los míos.
—No hay tiempo para dudas ahora, princesa —dice mientras la lluvia se desliza por sus labios carnosos.
—¡Bájame, bruto!
—No.
Sigue adelante a través del bosquecillo de fresnos.
Por encima de su hombro, veo que una densa humareda se arremolina en el patio bajo la luz de la luna. Más aullidos llenan la noche. Entonces lo comprendo: esto no es un intento de fuga. Es un asalto.
—Lo teníais planeado —murmuro en voz baja.
—Correcto.
Se me hiela la sangre en las venas.
Puede que no quiera casarme con Sebastian, pero es mi gente a la que están atacando los lobos. Y yo me estoy marchando voluntariamente con uno de ellos. Y es un asesino. Todos lo son.
—¡Bájame!
—No quieres que lo haga.
La pequeña pizca de verdad que hay en sus palabras me revuelve las tripas.
—No tienes ni idea de lo que quiero.
—¿Qué quieres?
Una extraña descarga de adrenalina, de algo , me inunda el cuerpo. No tengo respuesta. Es algo que nadie me ha preguntado nunca. ¿Por qué iba a preguntármelo alguien? No importa lo que yo quiera. Las estatuas no quieren, sienten ni necesitan.
El alfa arquea las cejas con aire inquisitivo o confundido.
—Quiero… Quiero que me bajes.
Dirige la mirada a la Puerta Occidental, que se alza ante nosotros, y eleva las comisuras de los labios.
—No, no quieres.
—Has dicho que tenía elección. —Me caen gotas de agua en la boca.
—Correcto. Y ya has elegido antes. Y, como parece que no eres capaz de decirme con sinceridad lo que deseas ahora mismo, me lo tomaré como tu decisión final.
La Puerta Occidental está abierta, aunque no debería estarlo, y veo un grupo de hombres con kilt esperando a caballo bajo la sombra de los árboles oscuros y susurrantes del otro lado. Cuando miran en nuestra dirección, el alfa tensa los brazos a mi alrededor mientras sigue caminando hacia ellos.
Abro la boca.
—No voy a soltarte, princesa. Fin de la discusión. —Hay una oscura irrevocabilidad en su tono. Este hombre está acostumbrado a tener siempre la última palabra.
—Eres un monstruo —farfullo, aunque no lo digo del todo en serio. Un asesino, tal vez sí, pero no estoy segura de que sea un monstruo.
—Pues sí —dice con la misma indiferencia—. Así que será mejor que hagas lo que te digo.
Un destello de furia ardiente se enciende en mi interior. Me entran ganas de destrozar a este hombre, a este lobo que se cree que puede cogerme en brazos cuando le plazca. Quiero darle puñetazos en el pecho y gritar hasta que me duela la garganta.
La fuerza de este sentimiento tan desconocido me asusta y me obligo a mantenerlo a raya. Lo meto en mi jaula mental y lo encierro.
Cuando cruzamos la puerta, Magnus está esperándonos a lomos de un caballo. Se me hiela la sangre.
—¿Te has traído un aperitivo para el camino?
—Está bajo mi protección. —El alfa pasa junto a él y camina hasta una yegua gris en la parte delantera del grupo—. Tranquila, Alba —dice cuando el animal relincha.
Todos me miran y soy consciente de que debo tener un aspecto desaliñado y patético.
— ¡Bájame! —le espeto entre dientes.
El alfa me desliza hasta el suelo. Mi camisón se ha vuelto traslúcido bajo la lluvia y cruzo los brazos sobre el pecho. Él suaviza la expresión, me coloca la capa por encima de los hombros y me la ajusta alrededor del cuello.
—¿Sabes montar, princesa? —pregunta.
Sí que sé. Mi madre me enseñó de pequeña. A lomos de un caballo, me sentía libre. Quizá por eso mi padre me prohibió montar tras la muerte de mi madre.
Puede que guardarme esa información sea útil por si en algún momento necesito escapar. He descubierto que es mejor dejar que la gente me subestime, así que niego con la cabeza.
El alfa me levanta y me sube sobre el animal. Un par de hombres me observan, pero él les gruñe y se ponen a ajustar los fardos y a comprobar sus armas.
Cuando estoy instalada, el alfa pasa la mirada por el sombrío grupo de ocho y frunce el ceño.
—¿Dónde está Ryan?
Observo los rostros oscuros a nuestro alrededor y veo que el joven del hombro dislocado no está presente.
—¿El muchacho flacucho? —Un hombre corpulento con el cabello pelirrojo y una espesa barba niega con la cabeza—. No lo he visto.
—¡Me cago en…! —maldice el alfa.
Por primera vez en toda la noche, parece preocupado. Echa un vistazo por encima del hombro a la Puerta Occidental y luego me mira a mí. Flexiona los dedos, con los brazos caídos a ambos a los lados del cuerpo.
— Joder —masculla.
Un instante después, el chico sale medio corriendo medio tambaleándose por la puerta y parte de la tensión del rostro del alfa se desvanece.
Ryan tiene el cabello cobrizo pegado a la frente y lleva de la mano a una joven morena que tendrá más o menos su edad. Va vestida con el uniforme de las criadas de cocina y tiene una fea cicatriz a lo largo de la mejilla.
Entorno la mirada, asqueada al ver la marca de su cuello. Es uno de los modos que tiene Sebastian para identificar a los lobos que tiene trabajando para él en el castillo.
—Ah, atendiendo asuntos del corazón, ya veo —comenta el pelirrojo.
—O de la polla —añade otro con la ceja arqueada.
Algunos de los hombres ríen.
—Cállate, capullo —espeta Ryan fulminándolo con la mirada. No se me pasa por alto que ya no lleva el cabestrillo. Así que es cierto que los lobos se curan más rápido.
—¡Oye! —dice el alfa dándole una suave colleja—. Sube al caballo y no nos hagas perder más tiempo. —Habla con tono severo, pero hay cierto brillo de diversión en su mirada.
En un rápido movimiento, el alfa se monta en su caballo, detrás de mí. El calor de su cuerpo atraviesa las gruesas pieles que llevo y hace que me hormiguee la piel. Al coger las riendas, me encierra entre sus brazos.
—¿Preparada, princesa? —Noto su aliento áspero en la mejilla y me estremezco.
Ante nosotros, las ramas desnudas de los árboles se extienden sobre el camino cubierto de maleza como amantes desolados que intentan reunirse. A mi derecha veo las montañas escarpadas, salvajes y llenas de vida, tan distintas de los terrenos llanos del sur que se someten a los pies que los pisan.
El alfa me ha preguntado qué quería y no he sabido responderle.
Ahora una palabra me retumba en las venas.
Libertad .
Quiero ser libre de mi destino.
Y, si hago esto, si recopilo información suficiente para ayudar a mi padre a ganar esta guerra, puede que consiga librarme de Sebastian.
—Sí —respondo y parte de la tensión de mi pecho se afloja.
—Pues vamos —dice el alfa.
El estruendo de los cascos compite contra el de mi corazón mientras nos adentramos en el bosque.
El hombre pelirrojo aparece a caballo a nuestro lado. Tiene cierta chispa de diversión en la mirada que se ve a pesar de la oscuridad y observa al alfa con una ceja enarcada.
—No es por entrometerme, pero ¿quién es la muchacha?