Capítulo 4
L os gritos llenan el castillo y la luz de las antorchas parpadea mientras el alfa me lleva a cuestas a través de un laberinto de pasillos de piedra.
Me retuerzo contra mi captor, pero lo único que hace es estrechar aún más el agarre de su brazo alrededor de mi cintura. Tampoco sé adónde huiría aunque pudiera escapar de él. ¿Buscaría a Sebastian? ¿A mi padre? ¿Sería eso mejor? ¿Sería peor?
Atrapada como estoy, algo salvaje parece haberse desatado en mi interior. Resuena en mi pecho y no siento la desesperación que debería estar experimentando. La ira que lleva enjaulada desde la muerte de mi madre resurge, libre y ardiente a través de mis venas.
No estoy hecha de piedra. No soy una estatua.
Soy de fuego.
Y, de algún modo, este hombre, esta bestia, ha sido el responsable de que me dé cuenta.
Golpeo la espalda del alfa.
—Suéltame, maldito pedazo de bruto. —Se me mete el pelo en la boca y pataleo, pero solo golpeo aire—. Suéltame. ¡Vas morir por esto, monstruo…! —Me interrumpo cuando doblamos una esquina.
Hay dos guardias tumbados en un charco de sangre. El alfa pasa por encima de los cuerpos y me veo obligada a contemplar sus rostros sin vida mientras sigue avanzando.
La realidad de la situación me golpea de lleno.
Estos hombres son peligrosos. Son asesinos. Son lobos.
Por supuesto que dejar que los enemigos de mi pueblo me lleven lejos de mi tierra natal es mucho peor que quedarme aquí. Por supuesto que lo es. Y aun así…
El alfa ataja por uno de los pasillos del servicio. Es casi como si supiera adónde va, a pesar de que yo estoy perdida. El grito de una dama de compañía me atraviesa los oídos. Me mira cuando pasamos y sale corriendo en dirección contraria, con el cabello oscuro escapando de su cofia.
El alfa no conseguirá salir de aquí. Lo encerrarán hasta la luna llena y luego lo despellejarán vivo.
Ese algo que se ha liberado en mi interior se vuelve frenético. El corazón me late desbocado en el pecho.
—Se ha ido a buscar ayuda, pedazo de bruto —siseo—. Hay guardias apostados a un par de minutos de distancia.
—¿En serio? —dice en voz baja. Acelera el paso medio corriendo por la escalera del servicio—. Gracias.
Me aferro a sus hombros, le clavo los dedos en los músculos y mi cuerpo rebota contra su espalda.
—No estaba… ¡No estaba intentando ayudarte! —exclamo con voz estridente.
Sin embargo, al decirlo en voz alta, me pregunto si es del todo cierto.
El alfa va a la izquierda, luego a la derecha y sale a un pasillo más amplio. Reconozco el mural de la pared que representa a unos guerreros masacrando a lobos. Muestra nuestra victoria en la Batalla de las Bestias hace un siglo y está cerca del vestíbulo de entrada occidental.
Casi ha escapado de este lugar. Casi soy…
—¡Alto! —Una voz masculina atraviesa el silencio.
El alfa se detiene. Dos guardias bloquean el pasillo ante nosotros. Tienen el emblema de las Tierras del Sur, un sol, pintado en los escudos. Son los hombres de mi padre.
—¿Esa es la princesa? —pregunta uno con incredulidad.
El otro se ríe.
—Vaya, no te tengo ninguna envidia, chucho. ¿Sabes lo que les hacen a los de tu calaña aquí?
El sonido metálico de unas espadas indica que hay tres guardias más acercándose por el pasillo detrás de nosotros. Respiro bruscamente.
—No lo mates —dice uno de ellos, un hombre corpulento con la estrella plateada de las Tierras Fronterizas en la coraza—. Lord Sebastian querrá tomarse su tiempo con él.
El cuerpo del alfa se tensa.
—Voy a tener que dejarte en el suelo para esto, princesa —dice en voz baja.
Se me corta la respiración cuando me baja con suavidad por delante de él y me deposita sobre las losas de piedra. Los guardias ya están cargando, pero todo lo demás parece tranquilo. Me mira fijamente con esos ojos tan verdes y vivos como el bosque.
«No huyas —parece querer decirme—. No huyas».
Me empuja a un lado. Me coloco contra el mural mientras él esquiva el ataque de una espada.
Agarra a su atacante por la cabeza y se la retuerce.
Un crujido repugnante resuena por toda la estancia, y después lanza el cuerpo hacia el siguiente soldado, quien se golpea contra la pared. El alfa ruge y ataca.
Veo destellos de sangre, músculos y acero ante mí mientras se ocupa de los tres hombres a la vez.
Es toda una fuerza de la naturaleza. Ataca, bloquea y esquiva cada golpe letal que se interpone en su camino. Empala a uno de los soldados con su propia espada, empuja a otro contra la pared y le golpea la cabeza contra la piedra con tanta fuerza que la lámpara de araña se sacude sobre nosotros.
Me tiembla todo el cuerpo como si la decisión que me sacude por dentro fuera algo palpable y con vida propia.
Debería huir. Pero no quiero quedarme en este castillo.
Tengo dos caminos por delante y me siento completamente perdida. No sé cuál tomar.
El lobo recoge una espada del suelo y se la clava en la barbilla al otro guardia, lo cual hace que le brote sangre a borbotones por la boca.
El horror de la situación me obliga a ver lo que es en realidad este alfa: un asesino.
Echo a correr por el pasillo que queda a mi derecha, golpeando el suelo con los pies desnudos. El pelo vuela suelto a mi espalda y el largo camisón se me enreda en los tobillos. Tengo la respiración agitada y el corazón desbocado.
Corro de manera salvaje y frenética. Este lugar es nuevo para mí y, aunque se supone que va a ser mi casa, me resulta frío y desconocido. Estoy perdida en un laberinto de piedra, hay una bestia y no sé cuál es el camino de salida.
—Princesa, espera.
Me giro.
El alfa está en el pasillo detrás de mí. Tiene la camisa empapada de sudor y las mangas se estiran alrededor de sus bíceps. Camina hacia mí despacio y con cautela. Es como un depredador intentando no asustar a su presa.
—Princesa, ¿de verdad quieres…?
Se tensa al llegar a mi lado como si hubiera oído algo que yo no he captado y me rodea la cintura con un brazo. Se me acelera la respiración cuando me arrastra a un rincón sombrío. Pega mi espalda contra su pecho.
Percibo cada ondulación de su torso y el rápido latido de su corazón.
Noto su respiración caliente e irregular contra la oreja.
Su aroma a calor, sudor y montañas me invade las fosas nasales.
Me abruma. Me quedo inmóvil, a pesar de que la sangre me recorre el cuerpo a toda prisa y los latidos me retumban en los oídos.
Un grito empieza a formarse en mi pecho, pero él me cubre la boca con una mano.
—¡Encontradla! —exclama lord Sebastian—. ¡Ahora mismo! Es mi prometida y no permitiré que me la arrebaten. Si la tocan, si la mancillan, ¡carecerá de valor para mí! ¿Entendido?
Siento un leve gruñido retumbar en el pecho del alfa.
Por un momento, ambos respiramos rápidamente mientras Sebastian sigue despotricando sobre la importancia de mi pureza a poca distancia. Poco a poco, el alfa me aparta la mano de la boca. Es como si me estuviera retando a gritar.
—La necesito con la virtud intacta. ¿Lo habéis entendido? —continúa Sebastian—. Encontradla. ¡Encontradla!
—Sí, milord.
Las voces se desvanecen.
Respiro despacio. Durante un segundo, ninguno de los dos nos movemos.
El alfa deja caer el brazo y me aparto. Tiene el rostro sombrío como una tormenta cuando observa el pasillo.
—¿De verdad quieres quedarte? —pregunta.
—¿Qué importa lo que yo quiera? Voy a ser una prisionera de todos modos.
—Correcto. —Se pasa una mano por la nuca—.
No puedo prometerte que no vayas a correr peligro en las Tierras del Norte.
Mi pueblo no tiene un gran aprecio por los humanos.
Pero te prometo que te protegeré. —Traga saliva—.
Y voy a concederte el poder de elegir. Huye ahora y no te perseguiré.
Ven conmigo y nadie osará tocarte. Lo juro por la Diosa de la Luna.
Me tiende una mano para que se la estreche. Tiemblo mientras la decisión se fragua en mi pecho. Mi alma se agita contra su prisión, clamando desesperada.
La mirada del alfa no vacila. Es como si no le cupiera ninguna duda sobre lo que voy a hacer.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto.
Se muerde el labio inferior como si estuviera debatiendo si contármelo o no.
—Sebastian tiene algo que nos pertenece. Quiero recuperarlo.
Dejo escapar una carcajada amarga.
—Y quieres que pague el rescate por mí. Crees que accederá.
—Correcto —confirma.
Y ahí está. Mi «elección». Los dos caminos que se extienden ante mí.
Puedo elegir entre dos hombres. Dos asesinos. Dos monstruos.
Pero en realidad no estoy eligiendo, ¿verdad? Una vez más, no soy más que un premio, un objeto, que los hombres pueden utilizar como moneda de cambio. Una oleada de histeria crece en mi interior y sale por mi boca en una carcajada maniaca.
—Así que era esto —espeto—. ¡De esto iba todo! Bueno, pues ya has oído lo que ha dicho el lord. Si me mancillan, careceré de valor para todos.
—No voy a mantenerte a salvo por eso.
Observo su palma abierta y, a continuación, miro en la dirección en la que se ha marchado lord Sebastian por el pasillo.
—Oí lo que te dijo —añade el alfa en voz baja— en la pelea de perros. —Cuando lo miro a los ojos, veo que contienen una cantidad sorprendente de ira reprimida—. Te mantendré a salvo. Y luego te liberaré. Lo juro.
No sé si lo que hace que el corazón me lata más rápido es la mención de mi libertad o la expresión de su rostro. A pesar de que soy una estatua y las estatuas no se mueven, se me crispan los dedos.
—Lo juro, princesa —insiste.
Y, en algún lugar más allá de la adrenalina que me recorre, empieza a tomar forma una idea descabellada.
Puedo recopilar información sobre los lobos. Tal vez pueda demostrarle por fin a mi padre que soy más que un premio que ganar. Y, si le ayudo en esta guerra, no necesitará a Sebastian para nada.
Quizá pueda escapar de mi destino en mis propios términos.
—¿Qué es lo que tiene Sebastian? —pregunto.
Oigo un chasquido detrás de mí y el alfa mira por encima de mi hombro.
—Alejaos, mi señora. —Un guardia me agarra por el brazo y me empuja tras él apuntando al alfa con el mosquete—. Son balas de plata, así que no cometas ninguna estupidez. Las manos detrás de la cabeza.
Poco a poco, el alfa levanta las manos y las entrelaza por detrás de la nuca.
—De rodillas, chucho.
—Espera… —empiezo.
—No pasa nada, señora. Será castigado. Yo me hago cargo a partir de ahora…
La decisión, la elección que lleva formándose en mi pecho desde que posé la mirada en el alfa, estalla.
Cojo una antorcha de la pared y golpeo al guardia en la cabeza.
Espero que se desplome en el suelo inconsciente como los soldados de las historias que me contaba mi madre de pequeña, pero, en lugar de eso, gruñe y se gira hacia mí. La confusión que se refleja en su rostro se transforma rápidamente en ira.
Me tambaleo y dejo caer la antorcha.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta con el rostro enrojecido—. ¿Habéis… yacido con él? La que se acuesta con una bestia…
El alfa se lanza hacia delante, le parte el cuello al hombre y lo arroja a un lado.
Tiende la mano.
Respiro hondo.
«Hago esto para ayudar a mi reino», me digo a mí misma. No porque, a pesar de que lleve la camisa manchada de sangre, la cara sucia de tierra y que uno de mis guardias yazca muerto a sus pies, el alfa me esté mirando con amabilidad.
Nadie me mira nunca con amabilidad.
Coloco la mano sobre la suya.
Tiene la palma caliente y áspera cuando cierra los dedos alrededor de los míos, sellando así mi destino. Solo en ese momento, un destello de confusión le atraviesa el semblante. Puede que me lo haya imaginado porque, un instante después, me ofrece una leve sonrisa.
—Vamos —dice—. Seguro que vienen más.
Juntos, echamos a correr por el pasillo hacia la entrada occidental. La puerta ya está abierta y la noche se vierte sobre el suelo de baldosas de cuadros.
Capto el aroma de los pinos del bosque y la hierba empapada por la lluvia. La fría brisa me acaricia la piel, tan fresca que casi puedo saborearla.
El viento aúlla, o puede que sean los lobos que aguardan.
Junto a la bestia, salgo del laberinto.