Capítulo 3
M añana me caso y no puedo dormir.
Estoy tumbada en la cama, tapada hasta la barbilla, escuchando el aullido del viento al otro lado de la ventana. Las sombras danzan en el techo y el aire transporta un frío penetrante ahora que ya solo quedan ascuas en la chimenea.
Me entrenaron para esto.
Me entrenaron para ser guapa, silenciosa y obediente. Forjé una prisión para mi alma salvaje y feroz y esperé a que llegara el día de mi boda.
Una pequeña parte de mí soñaba con enamorarse algún día, igual que las princesas de los cuentos de mi madre. Soñaba con que algún día sería libre.
Pero siempre he sabido que no habría final feliz para mí.
Así que he estado esperando con temor.
Y ya ha llegado.
Mañana me casaré con un hombre que obliga a los lobos a luchar como si fueran animales, que me ha amenazado con tratarme como a una sucia perra y cuya mirada recelosa me eriza la piel.
Un hombre al que no conozco, al que no amo.
«No te tocará».
La promesa del alfa resuena en mi mente. Debería contarle a alguien lo que me ha confesado. Debería contarle a alguien que planea escapar. Debería contarle a alguien que ha amenazado al lord, a mi prometido. Es un lobo. Un enemigo.
Sin embargo, permanezco tumbada en la oscuridad, escuchando el aullido del viento en el exterior del castillo.
Permanezco en silencio, tal y como me han enseñado.
De todos modos, no ha sido más que una amenaza vacía. No hay forma de que pueda escapar.
Ambos somos prisioneros de estos muros.
No obstante, observo el abrecartas de plata que tengo en la mesita de noche justo antes de que el sueño por fin se apodere de mí.
A veces sueño que soy una estatua en los jardines del palacio.
La gente se pasea a mi alrededor y hace comentarios sobre mi forma y mi postura.
«Sus ojos casi parecen tener vida cuando les da la luz», dicen.
Y, mientras tanto, yo estoy atrapada dentro de mí misma. Gritando. Aunque mis pulmones son de piedra, mis labios son duros y mi boca sabe a cementerio antiguo. Así que nadie me oye, nadie se preocupa.
Otras veces estoy de nuevo en esa iglesia, tan asustada que me da la sensación de que voy a desmayarme.
Pero no lloro. A mi padre no le gusta que llore. Y el sacerdote se planta ante mí con su fusta.
«No he pecado», protesto.
«Ay, niña. Todas las mujeres pecan. Tu madre era pecadora y tú también lo eres. ¿Quieres que la Diosa del Sol se enfade? ¿No? Bien. Date la vuelta».
Otras veces sueño que corro a través del bosque todo lo rápido que puedo. El viento me azota el pelo y las ramas se parten bajo mis pies descalzos. Soy libre, pero estoy asustada porque algo me persigue y me da miedo lo que pueda llegar a suceder si me atrapa.
La voz de mi madre rebota entre los árboles cuando irrumpo bajo la luz de la luna.
«Despierta, Aurora. ¡Despierta!».
Abro los ojos de golpe.
La lluvia golpea los muros y el fuego de la chimenea se ha apagado por completo. Mientras mis ojos se adaptan a la oscuridad, comprendo qué es lo que me ha despertado. Se oyen débilmente unos gritos provenientes de alguna parte del castillo.
Frunzo el ceño mientras mi aliento se condensa ante mi rostro.
Algo aúlla en el exterior. ¿Es el viento?
La puerta de mis aposentos se abre de golpe y me incorporo apartando las sábanas.
—¿Qué significa…? —Las palabras mueren en mi garganta.
El horrible hombre de cabello oscuro de la perrera entra en mi habitación. Todavía lleva el mismo kilt verde, pero ahora lo acompaña con botas y una camisa de lino. Emite un olor acre a sudor mezclado con algo desagradable.
Posa la mirada sobre mí y veo un brillo depredador en ella.
—Hola, guapa.
Ante mis ojos pasan imágenes de su rostro rojo y contraído mientras montaba a la mujer en la celda.
Lo acompañan otros dos hombres con tartanes verdes idénticos. El calvo es alto y musculoso, con una barba oscura y expresión seria. Los rasgos del otro me recuerdan a una rata y tiene el pelo de un castaño apagado hasta la barbilla.
De sus dagas gotea sangre hasta el suelo.
Se me para el corazón. El tiempo se ralentiza.
Uno de ellos, el musculoso, cierra la puerta tras él.
—Tenías razón sobre ella, Magnus —dice el que parece una rata—. Es una preciosidad. —Olfatea y sonríe—. Dulce e inocente.
—Sí —los finos labios de Magnus se curvan en una sonrisa torcida—, pero no por mucho tiempo.
Me levanto de la cama con dosel y estoy a punto de tropezar con las sábanas. Cojo el abrecartas de la mesita de noche y lo blando ante mí. Aunque está hecho de plata, es un arma patética para defenderme de tres lobos sedientos de sangre.
Y ellos también son conscientes. El que parece una rata ríe disimuladamente mientras Magnus se acerca.
—Marchaos ahora mismo —ordeno con voz temblorosa— y lord Sebastian os dejará vivir.
—Tu lord está un poco ocupado ahora mismo —dice Magnus—. Solo estamos nosotros y tú. He pensado que podríamos tomarnos un tiempo para conocernos mejor, ¿qué te parece?
Siento el impulso de envolverme con los brazos para taparme mientras me mira de arriba abajo, pero no quiero bajar el pequeño filo. Mi camisón es demasiado delgado y la rata me mira los pechos con lascivia. Tengo los pezones endurecidos por el frío.
—Fuera de aquí —siseo.
Magnus ríe.
—Venga, guapa. No hace falta ponerse…
La puerta de la habitación se abre de golpe.
— Fuera —ordena alguien con un gruñido desde el marco de la puerta.
Los tres hombres se ponen rígidos.
El alfa está ahí. Lleva una camisa de lino blanca arrugada y botas altas, así como su kilt rojo. Su rostro parece hecho de piedra y truenos.
— Fuera .
Magnus traga saliva, pero la sonrisa regresa a su rostro mientras se gira.
—Solo nos estamos divirtiendo…
— Ahora —dice el alfa.
Es más grande que los otros tres lobos y hay algo en su mirada que les promete la muerte. Magnus parece darse cuenta también y niega con la cabeza.
—Venga, muchachos. Es hora de retirarnos. —Sonríe y me dedica una reverencia burlona—. Hasta que volvamos a vernos, alteza.
El alfa cierra la puerta tras ellos. Tengo la boca seca y me da vueltas la cabeza. ¿Es mi salvador? ¿O tiene algo aún peor en mente?
—¿Te han hecho algún daño? —pregunta.
Levanto el abrecartas y maldigo mi mano temblorosa.
—Lo lamento mucho. Todo su clan… —Sus ojos verdes se oscurecen—. Pagarán por ello.
—Tienes que marcharte.
—En efecto, así es. —Traga saliva y pasa la mirada del armario a la luna creciente que se ve a través de la ventana. A medida que el silencio se prolonga entre nosotros, oigo aún más gritos por el castillo—. ¿Tienes alguna capa abrigada?
—¿Por qué?
—Hace frío afuera.
—No veo por qué eso es relevante para mí —respondo con la voz más aguda de lo que me gustaría.
Un destello de arrepentimiento le atraviesa el semblante.
—Pero sí que lo es.
Se me escapa una carcajada sin humor y retrocedo.
—No puedes pensar de verdad que voy a irme contigo.
—Sí que vas a venir, princesa.
—No… No vas a hacerme daño —le digo.
Suspira.
—Ahí te equivocas. No voy a matarte y tampoco voy a ultrajarte tal y como amenazaban esos bastardos. Pero vienes conmigo, y si he de subyugarte por la fuerza para que suceda, no puedo prometerte que no vaya a doler.
Entrecierro los ojos y levanto la barbilla.
—Antes te he ayudado.
—Correcto, lo has hecho. Y te lo agradezco, princesa. De verdad. Eso no cambia el hecho de que voy a llevarte conmigo.
Cuando da un paso al frente, blando el abrecartas ante mí.
—Quédate ahí.
El filo es ridículamente pequeño en comparación con su enorme envergadura, pero alza las manos en un gesto apaciguador.
—Por favor, cálmate.
Las emociones que llevan años durmiendo en mi interior despiertan.
—¿Cómo te atreves a decirme que me calme?
Revivo imágenes de todas las veces que mi padre, el sacerdote o mi hermano me han desestimado por atreverme a mostrar emociones y alimentan la rabia que crece en mi interior.
—Te presentas en mis aposentos en mitad de la noche —corto el aire con el abrecartas—, pensando que puedes secuestrarme de mi propia cama. —Reduzco la distancia entre nosotros—. ¿Y crees que estoy exagerando?
Dirijo el abrecartas a su estómago, pero me atrapa la muñeca.
Me quedo quieta. Noto su mano fuerte y callosa rodeándome el hueso.
— Apártate —siseo.
Me dobla la muñeca y la pequeña cuchilla cae al suelo de piedra y resuena. Se agacha y la recoge. Hace una mueca cuando la plata entra en contacto con su piel.
—La recuperarás cuando aprendas a comportarte.
Cuando veo que se la guarda en el bolsillo, le doy una patada en el pecho. Me atrapa el tobillo y me pone una mano en la parte baja de la espalda para estabilizarme. Nos miramos a los ojos y se me acelera la respiración al ver la intensidad de su expresión.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto.
—Creo que puedes ayudarme a acabar con esta guerra.
Niego con la cabeza.
—Secuestrarme solo empeorará la situación. Vas a hacer que te maten, insensato.
—Si ese ha de ser el precio a pagar para salvar a mi gente, lo asumiré de buen grado.
¿Y bien? ¿Qué decides, princesa? ¿Coges la capa y sales conmigo de esta habitación?
¿O voy a verme obligado a agarrarte y cargarte sobre mi hombro?
Tienes elección. No es una muy buena… —rememora mis palabras anteriores con una sonrisa sombría en la cara—, pero no deja de ser una elección.
—Bastardo. —Sacudo la cabeza—. No creerás que vas a poder salir del castillo.
—Oigo gritos y el estruendo de cascos en la entrada del castillo—.
¿Lo ves? Vienen a por vosotros. —Señalo la ventana con la cabeza y se me mete un mechón pelirrojo en la boca—.
Si te marchas ahora, tienes posibilidades de…
Antes de que pueda procesar lo que está pasando, se incorpora y me encuentro en su hombro. Chillo y empiezo a darle puñetazos en la espalda.
—¿Te has vuelto loco? —espeto—. Te despellejarán vivo por…
Abre mi armario y las palabras mueren en mi garganta por el momento tan desafortunado que he elegido para pronunciar mi amenaza.
En las circunstancias actuales, no debería sentirme tan culpable al ver la capa de piel de lobo que cuelga ahí dentro. Y tampoco debería desear con tanta desesperación aclarar que ya estaba ahí cuando llegué.
Los lobos llevan siglos atacando a mi gente y, sin embargo, no estoy de acuerdo con algunas de las prácticas más salvajes de Sebastian.
El alfa se pone rígido y se le tensan los músculos de la espalda.
Acto seguido coge una capa de piel diferente y salimos de mis aposentos.
Sigo dándole puñetazos entre los omoplatos, pero no empleo toda mi fuerza. Puede que sea porque mi humor se ha oscurecido y estoy asustada. O puede que sea porque una pequeña parte de mí se alegra de que me estén alejando de mi destino con Sebastian, por aterrador que pueda resultar este lobo.
—No te saldrás con la tuya —gruño de todos modos.
—Sí que lo haré. Y ahora cállate.
—¿Adónde me llevas?
—A casa.