Capítulo 2 #3
Su voz grave no ahoga el húmedo sonido de succión que se oye unos instantes después ni las cosas horribles que gruñe el lobo entre dientes en la celda de al lado. El calor abandona mi cuerpo por completo y me quedo paralizada.
¿Está…? ¿Con la boca?
—Princesa. —El tono del alfa da a entender que es una orden.
Me distrae un destello de movimiento entre las sombras en la otra celda cuando el lobo le da la vuelta a la mujer para ponerla a cuatro patas y empieza a montarla por detrás.
«Si quieres que te tomen como a una sucia perra, yo me encargaré de que así sea mañana por la noche, después de la ceremonia». La amenaza de Sebastian me invade la mente y el corazón empieza a latirme a mayor velocidad, como un pájaro atrapado incapaz de escapar de su jaula.
El hombre gruñe y la embiste con más fuerza con una expresión horrible y crispada. El cabello de la mujer se agita ante su rostro mientras todo su cuerpo se sacude. Desliza las manos por la tierra y se raspa las rodillas con el suelo frío y duro. Debe de estar sufriendo. Y esos sonidos que emite…
Se me nubla la vista.
Mañana por la noche. Mañana por la noche esto me sucederá a mí.
Las sombras se cierran a mi alrededor, me aprisionan. No puedo moverme. No puedo respirar. Estoy atrapada. Una prisionera. Siempre he sido una prisionera. No puedo escapar de esto.
«¿Quién sabe? Puede que te arroje a la perrera después».
Los gemidos de la mujer se vuelven más fuertes y agudos.
—Eso es —gruñe el lobo—. Ahí tienes, sucia ramera.
—Sí —grita ella—. ¡Sí!
«… y que incluso permita que este alfa disfrute contigo, ya que tú le has arrebatado esta muerte».
Se me cierra la garganta. No puedo tragar. No puedo respirar. Noto una presión en el pecho. La oscuridad se mece a mi alrededor. El aire se ha vuelto líquido y me estoy ahogando en él.
—Princesa —ladra el alfa—. Mírame. —Su voz ronca, y tan poderosa que exige obediencia, atraviesa el remolino que me está succionando.
Despacio, giro la cabeza.
—Eso es, mantén los ojos fijos en mí. —Se ha agachado, así que está casi a mi altura, con las manos alrededor de los barrotes que nos separan. No sé en qué momento se ha movido—. Respira hondo.
Hago lo que me indica y parte de la presión de mi pecho se afloja.
—Eso es. Inspira. Espira. —Las aguas embravecidas se convierten en suaves olas mientras su voz me envuelve—. Inspira. Espira.
Lo noto todo lejano. Esos sonidos horribles siguen resonando por las celdas, pero mantengo la mirada fija en el rostro que tengo delante. Sigo respirando. Su expresión es inescrutable.
—Eso es. Despacio. —Habla con una voz sorprendentemente suave—. Buena chica. —Regreso a mi cuerpo—. ¿Estás bien?
—Sí —digo con la voz ronca y entrecortada. Porque no lo estoy y él lo sabe, y ahora soy débil. Aparto la mirada, pero algo hace que vuelva a mirarlo—. Estoy bien.
Analiza mi rostro y yo hago lo mismo con el suyo. Es más joven de lo que me había parecido en un primer momento. Detrás del físico de guerrero, las capas de mugre y el cabello alborotado, veo una luz en sus ojos y un brillo jovial en su piel. Creo que tendrá veintitantos como mucho.
Los sonidos tras él se vuelven más fuertes y rápidos.
—Será mejor que te marches ya, princesa. El muchacho está bien. Has sido muy valiente al bajar aquí.
Me giro hacia Ryan, quien me observa con una expresión extraña. El lobo horrible gruñe y el chico arruga la nariz.
—Ojalá no hubiera venido nunca a este puto lugar —farfulla de nuevo.
Respiro hondo y me guardo las vendas sobrantes y el odre de agua en la bolsa. Me pongo la capa y me cubro la cabeza con la capucha. Necesito dos intentos para atarla por culpa de mis dedos temblorosos.
Me apresuro a salir de la celda y la cierro detrás de mí.
El alfa atraviesa la celda con una mirada sombría cuando paso por delante. Estoy a pocos pasos de distancia cuando dice algo.
Me detengo en seco.
—¿Qué?
Por un momento, solo puedo oír los desagradables jadeos de la celda contigua.
—No te tocará —dice el alfa con voz apenas audible.
—¿Quién?
—Sebastian. No te tocará. —Lo dice con mucha oscuridad y certeza. Me giro hacia él y levanto la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Va a ser mi esposo —contesto en voz baja.
Una vez más, pienso en las montañas escarpadas cuando lo miro. Tiene una postura dominante y poderosa, su rostro podría estar tallado en roca. Sin embargo, sus ojos…, esos ojos… Veo algo parecido al remordimiento o el arrepentimiento en ellos.
—No —responde con el mismo tono de voz—. No lo será.
¿Acaso su plan de huida incluye el asesinato de Sebastian? Algo en mi interior me dice que debería sentir algo al respecto. Tristeza. Alegría. Algo .
No siento nada.
Me pregunto si mi cuerpo, este recipiente que tiene mi alma atrapada, se está convirtiendo poco a poco en piedra. Una estatua para que los hombres como Sebastian la contemplen, una cáscara que carece de propósitos, deseos y sentimientos.
Aun así…, cuando el alfa me mira, algo se remueve en mi interior.
Trago saliva. Aparto la mirada, evitando al horrible lobo y a la mujer desnuda, y corro hasta la puerta de hierro.
Mientras salgo de la perrera, noto la mirada del alfa clavada en la espalda.