Capítulo 2 #2
—Si estás tan seguro, ¿por qué narices me lo cuentas? No me parece muy inteligente, ¿no?
—¿Y qué vas a hacer en consecuencia, princesa? ¿Acaso irás a informar a tu prometido ? —Niega con la cabeza—. No lo creo, pues eso implicaría tener que contarle que has bajado aquí. Y no me parece que desees que se entere, ¿verdad?
Se me hiela la sangre con la sonrisa malévola del alfa.
—Ahora eres tú la que tiene elección, princesa. Tráeme al muchacho para que pueda recolocarle el brazo y luego podrás ponérselo en cabestrillo. O déjalo sufrir.
—¿Por… por eso quieres que se acerque a ti?
—Tiene el hombro dislocado. —Señala la silueta del joven sollozante en el suelo.
Su mano pasa tan cerca de mí que noto el movimiento del aire con el gesto—.
Mira cómo le sobresale el brazo en ese ángulo.
Si no se lo vuelvo a colocar, no podrá usarlo hasta que lo vea un sanador en el norte.
Y eso me ralentizará. Tráemelo para que le ayude. Rápido.
Habla como si estuviera acostumbrado a que la gente hiciera lo que les dice. Sin embargo, no está en posición de darme órdenes.
—Ibas a matarlo —le digo.
—Y tú me lo has impedido. Y ahora voy a salvarlo, pero solo si haces lo que te digo.
Frunzo el ceño.
—Como sea un truco para… intentar arrebatarme la llave o algo así, deberías saber que es de plata y que, de todos modos, hay guardias armados ahí fuera.
—Sí, me lo imaginaba. No hay truco alguno. Y no te necesito para salir de la perrera .
Suelta la palabra con la misma repugnancia que yo antes.
Lo miro a los ojos, de un verde casi perenne en la oscuridad. De nuevo siento esa extraña sensación en el alma. Y, por algún extraño motivo, lo creo.
Suspiro y, como si sintiera que me he sometido a su voluntad, inclina la cabeza.
—Tráeme al muchacho.
Inspiro hondo y me agacho.
—Ryan —le digo con amabilidad—. Tienes que levantarte para que podamos ayudarte.
—No quiero —gime.
—Tienes elección —le indico—. Pero si decides no levantarte, lo más probable es que mueras.
—Ojalá no hubiera venido nunca aquí. —Lanza una mirada fulminante por encima de mi hombro.
—Sí, yo también lo pienso —repone el alfa con aire sombrío—. Pero estás aquí. Así que deja de comportarte como un cachorro insolente y obedece.
Ryan tensa la mandíbula y parece a punto de montar en cólera. A continuación se sienta y veo que el alfa está en lo cierto. Tiene el hombro hinchado y el brazo fuera del sitio. Debe de dolerle mucho.
Lo ayudo a ponerse de pie y arrastra los pies por el suelo sucio de la celda mientras lo acompaño.
—Buena chica —dice el alfa.
Algo arde en mi interior. ¿Quién se cree que es para hablarme así? Es un prisionero, nada más y nada menos que de los clanes de lobos, y yo soy la hija del rey. Le lanzo una mirada fulminante, pero él ya ha centrado la atención en Ryan.
Le da la vuelta al chico y tira de él hacia los barrotes. Le pasa un enorme brazo por el pecho y lo agarra del hombro sano para sujetarlo. Ryan solloza y respira de manera entrecortada mientras el alfa le coge el otro brazo y se lo recorre con la mano.
Me mira fijamente.
—¿Por qué creen los guardias que estás aquí?
—Pues… —Me obligo a mirarlo a los ojos, a pesar de que siento un calor repentino—. Les he dicho que venía del burdel.
Esboza una sonrisa engreída y se me encienden las mejillas.
—Nos vale.
Hace un movimiento repentino.
—¡JODER! —ruge Ryan.
El horrible lobo de la celda contigua ríe y el alfa también sonríe.
—Ah, cállate, quejica. —Le alborota el cabello a Ryan mientras el muchacho masculla obscenidades en voz baja. Le da un suave empujoncito hacia mí—. Tienes que hacerle un cabestrillo para…
—Lo sé —le espeto.
Guío a Ryan hasta la pared y le indico que se siente. Saco las vendas de mi bolsa y me agacho ante él. Tiene la cara de un rojo intenso y respira con dificultad mientras le paso la tela por debajo del antebrazo y por detrás de la nuca.
—No te gusta que te digan qué hacer —observa el alfa.
—A nadie le gusta que le den órdenes.
—A algunas personas sí. —Oigo la sonrisa engreída en su voz y levanto la mirada, confundida. Niega con la cabeza—. No importa.
Me observa en silencio mientras ato los dos extremos de la venda sobre la clavícula de Ryan.
Estoy terminando cuando la puerta de hierro se abre con un chirrido.
Me quedo quieta con el pánico retorciéndose en mi estómago mientras me imagino lo que me hará Sebastian si me pilla aquí.
La risa sensual de una mujer se filtra a través de la oscuridad y dejo escapar un suspiro.
—¿Quién ha sido un buen chico? —canturrea como si le hablara a un perro y me tenso—. ¿Quién se ha portado bien y merece un premio?
El horrible lobo que me ha silbado antes se ríe.
—Yo he sido un buen chico —dice con lascivia—. Puedes pasar, guapa.
—¿Sí? —El perfume de rosas impregna el aire húmedo a medida que sus pasos se acercan—. ¿Y qué hay de ti? Dicen que eres un alfa. ¿Es eso cierto? Siempre he querido acostarme con un alfa.
Miro por encima del hombro.
Una hermosa mujer con una larga cabellera rubia se apoya contra los barrotes de la celda del alfa. Lleva los labios pintados de un rojo brillante y las mejillas rosadas. Viste una capa oscura que se le resbala por uno de los hombros y revela que no lleva nada debajo.
Agita las pestañas, pero el alfa se mantiene de espaldas a ella.
—¿No? —canturrea—. ¿Estás seguro? ¿Qué me dices ahora?
Deja caer la capa y revela su cuerpo desnudo. Me tenso con los ojos abiertos como platos. Nunca he visto a nadie desnudo. Un músculo se contrae en la mandíbula del alfa, pero su mirada permanece fija en mí.
—Muy bien, bonito. —Hace un puchero—. Supongo que tendrás que limitarte a mirar.
Abre la puerta de la celda contigua y entra contoneándose y balanceando las caderas.
—Eso es, guapa —dice el lobo horrible mirándola de arriba abajo—. Ven aquí. Tengo algo para ti.
La empuja para que se arrodille y el corazón empieza a latirme demasiado rápido y demasiado fuerte mientras ella le sonríe. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué está…?
El alfa se mueve a un lado y me bloquea parcialmente la vista.
—Es hora de que te vayas, princesa.