Capítulo 2
E l castillo está tranquilo. La mayoría de sus habitantes están durmiendo o en las peleas de perros, así que llego a la escalera que lleva a la perrera sin que me vea nadie.
El aire se vuelve más frío y húmedo a medida que avanzo. Me siento como si me estuviera adentrando en las fauces de una enorme criatura, como si la oscuridad que acecha tras una boca hambrienta estuviera esperando para tragarme.
Cuando llego ante los guardias que flanquean la pesada puerta de hierro del fondo, me recoloco la capucha para asegurarme de que mi cabello queda oculto.
Le rezo a la Diosa del Sol para que no me reconozcan.
Bajo la capa, noto el peso de la bolsa contra el muslo.
Está llena de artículos que he robado del boticario: tela para vendas, alcohol, corteza de sauce y agua.
Artículos que delatan mi intención de ayudar al enemigo.
—¿Todo bien, bonita? —pregunta uno de los guardias—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?
Calmo los nervios. Recuerdo lo que ha dicho Sebastian sobre las recompensas que reciben los lobos por sus victorias.
—Me envían del burdel —respondo intentando que mi voz suene lo más ronca posible.
El guardia que me ha preguntado ríe disimuladamente y abre la puerta. Me da una llave.
—Es de plata —indica mientras la tomo—. Los quema si entra en contacto con su piel. Sin embargo, si intentan algo, avísanos y los detendremos.
El otro guardia me mira con repugnancia cuando entro. Yo también me siento asqueada. Asqueada por pensar en que una mujer pueda bajar aquí y proporcionar un… servicio así a estas criaturas. Asqueada porque se hayan creído que soy una de esas mujeres.
Cuando cierran detrás de mí, me encuentro ante un largo pasillo. A un lado, las antorchas parpadean dispuestas a lo largo de la pared de piedra, mientras que el otro está formado por altos barrotes de hierro.
El aire está impregnado de moho, sudor y sangre, y mi aliento se condensa ante mi rostro. No hay nadie en la celda de mi derecha, pero más adelante oigo a un hombre refunfuñar algo en voz baja y unos cuantos gemidos.
Me ajusto la capa y recorro el pasillo.
Alguien gruñe desde las sombras a mi derecha y corro hasta la celda siguiente, donde veo al lobo que ha ganado el combate anterior al del alfa inclinado contra los barrotes con una sonrisa estampada en su rostro sangriento.
Cuando paso a la celda siguiente, veo a otro con el cabello oscuro y enredado.
—Hola, guapa. Tengo algo para ti por aquí. —Se agarra la entrepierna por encima de su kilt verde—. ¿Te apetece entrar y verlo?
Aparto la mirada y acelero el paso. Llego a las dos últimas celdas.
El alfa está sentado contra la pared con los brazos apoyados en las rodillas dobladas. Le está gruñendo algo a la silueta temblorosa que hay acurrucada en el suelo en la última celda. Aprieto la mandíbula. ¿Acaso no ha atormentado ya lo suficiente al pobre chico?
Se calla cuando me acerco y siento toda su atención sobre mí mientras meto la llave en la cerradura con las manos temblorosas.
—No deberías estar aquí, princesa —dice cuando la cerradura emite un chasquido y entro en la celda. Tiene la voz áspera como la grava y el acento marcado propio del norte de la frontera.
Mi rostro queda oculto por la capucha, así que no sé si me ha reconocido de otro modo. Puede que llame «princesa» a todas las mujeres.
Me arrodillo sobre la paja junto al lobo joven y me quito la capa para poder acceder a los materiales que he traído.
El hombre del kilt verde silba cuando mi camisón queda al descubierto, y el alfa lo silencia con un grave gruñido que le resuena en la garganta.
Los ignoro a ambos y saco la bolsa.
No soy ajena al arte de la sanación. Mi madre estuvo enferma gran parte de mi infancia y presentaba a menudo moretones y rasguños. Pero este joven tiene muy mal aspecto. Su rostro está ensangrentado y se retuerce de dolor.
—Tranquilo. —Le aparto el pelo cobrizo de la frente pegajosa—. No pasa nada. ¿Qué te duele? Dime qué te pasa.
Noto los ojos del alfa sobre mí.
—Le he dislocado el hombro —declara.
—Cállate —espeto.
Saco un trapo y empiezo a limpiarle la sangre de la cara al chico. Me sorprende ver que la magulladura que aparece no es tan grave como esperaba. Parece que el corte de la ceja ya se le ha curado, y tiene la nariz torcida, pero no hinchada.
—Tráelo aquí para que me haga cargo de él.
El chico se estremece.
Me giro y fulmino al alfa con la mirada.
—¿Acaso no has hecho suficiente ya?
Se levanta, se apoya contra los barrotes que separan ambas celdas y deja caer los brazos por los huecos. Hace frío y, a pesar de que solo lleva un kilt , noto su calor corporal.
Se me dispara el pulso. Si estirara los brazos, casi podría tocarme el pelo. Su expresión no delata nada mientras me observa.
—Eres muy valiente al venir aquí.
Encontrándome yo de rodillas y en camisón, ahora me parece aún más imponente que cuando estaba causando estragos en la arena . Incluso con los barrotes que nos separan.
—Me he enfrentado a monstruos peores que tú.
No sé si es una ilusión provocada por la luz de las antorchas sobre su rostro, pero me parece que eleva las comisuras de los labios.
—Tráeme al muchacho —dice—. Y veremos cómo de valiente eres en verdad.
Le doy la espalda y acerco mi petaca de cuero a los labios del joven.
Toma un sorbo de agua antes de hacer una mueca y apoyar la cabeza en el suelo.
Se agarra el brazo que tiene rojo e hinchado.
Le paso la mano con suavidad por el codo y gime.
Puede que lo ayude si se lo vendo con firmeza antes de que empiece a curarse y se lo pongo en cabestrillo.
En primer lugar, saco la corteza de sauce de la bolsa.
—Es para el dolor —indico.
—Había oído que eras una belleza, pero no sabía que fueras pelirroja —comenta el alfa.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—No es un color de cabello que se suela ver al sur de la frontera. Puede que tengas antepasados en las Tierras del Norte.
—No.
Meto un poco de corteza de sauce en la boca del chico y él mastica mientras me mira con los ojos inyectados en sangre.
—Mi gente dice que las personas con pelo rojo llevan fuego en el alma —dice el alfa.
Lo miro por encima del hombro. Se me seca la boca ante la intensidad de su mirada y trago saliva.
—Yo no.
—Mmm…
Me giro hacia el joven tembloroso.
—Deja de lloriquear —le espeta el alfa.
Algo feroz y salvaje brota en mi interior y, antes de que pueda controlarlo, me levanto y me giro para enfrentarlo.
—¿Cómo te atreves a hablarle? —De pie, mis ojos apenas llegan a la altura de sus hombros y tengo que echar la cabeza atrás para fulminarlo con la mirada—. Míralo. Es solo un crío… y tú… le has hecho eso. Eres un abusón. Y un monstruo. Y un salvaje cruel y sangriento.
Esta vez estoy segura de que eleva la comisura de los labios.
—¿Conque no tenías fuego en el alma?
—No es más que un crío e ibas a matarlo. ¿Te sientes orgulloso de ti mismo? ¿Es que no te da vergüenza?
El buen humor desaparece de su rostro y su expresión se oscurece.
—Ha sido tu prometido el que me ha metido en ese sitio .
—¿Así que no eres responsable de tus actos? ¿Eso es lo que intentas decir?
Un grave gruñido resuena en su garganta.
—No tenía elección.
—Siempre hay elección —espeto—. Puede que no sea una elección fácil, pero es una elección de todos modos.
Respira con dificultad y traga saliva como si quisiera engullir las emociones que han provocado mis palabras.
—¿Qué sabes tú de elecciones, princesa ?
—Lo suficiente.
Se pasa los dientes por el labio inferior.
—Me pregunto si serás tan valiente cuando no haya barrotes entre nosotros.
—Siempre habrá barrotes entre nosotros.
—¿Eso crees?
Se me aceleran los latidos ante su tono, ante lo que insinúa, y, por la curva de sus labios, me pregunto si puede oír mi corazón.
Dirige la atención al chico como si ya hubiera acabado conmigo.
—Ven aquí —gruñe.
—No —gime el chico.
—Deja de ser un maldito quejica.
—Te he dicho que lo dejes en paz —espeto.
—Y yo le he dicho que venga aquí. —El alfa observa al muchacho con los ojos entornados—. Y es la segunda vez que me desobedece en pocos días.
—¿Y por qué narices tendría que obedecerte?
Suspira como si le hubiera hecho la pregunta más exasperante del mundo.
—¿Qué lleva puesto?
—¿Qué?
Señala al chico y me fijo bien en él, en su pecho pálido y delgado y en el kilt de cuadros rojos que lleva.
—¿Y qué llevo puesto yo?
Me giro de nuevo hacia el alfa y me fijo en su kilt , hecho del mismo tartán rojo. No puedo evitar que mis ojos se desvíen hasta sus gemelos, anchos como troncos, y trago saliva.
—Son iguales, ¿verdad? —pregunta.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»? Destrozáis nuestras tierras, nos robáis, nos usáis para hacer experimentos, nos matáis, nos encarceláis y no tenéis ni idea de nuestra cultura.
—Niega con la cabeza y suspira—. Pertenecemos al mismo clan.
Es de los míos. Ese mierdecilla de ahí se llama Ryan —le lanza una mirada asesina—y si no mueve el culo hasta aquí, no vendrá conmigo cuando me marche.
—Pero… ¿Por qué iba a…? —Frunzo el ceño—. ¿Qué quieres decir con lo de cuando te marches? —Me cruzo de brazos y miro intencionadamente la celda en la que está confinado—. No creo que vayas a irte a ninguna parte pronto.
Se gira hacia mí y cruza los brazos fibrosos a través de los barrotes.
—¿No?
—No.
—¿Por qué crees que estoy aquí, princesa? —Observa a propósito la húmeda celda—. ¿Por el alojamiento?
—Estás aquí porque eres enemigo del reino. Y un prisionero. Y un lobo. Y… —añado con voz aguda sin saber por qué me está sacando tanto de quicio— porque mataste a tres hombres y casi matas también a este pobre chico.
Se encoge de hombros.
—Sea como sea, no tengo planeado quedarme mucho tiempo.
Aprieto los dientes con la respiración más acelerada de lo que debería. No sé qué me pasa. Soy dueña de mis emociones. Lo he sido toda la vida. Las he reprimido tanto que, la mayor parte del tiempo, incluso olvido que están ahí.
¿Por qué este prisionero, este lobo , provoca tal ferocidad en mi interior?
—Entonces ¿qué? ¿De verdad crees que vas a escapar?
—Correcto.