Capítulo 1 #2
Suelta un rugido fuerte y salvaje, un grito de guerra que rebota en las paredes de piedra del salón.
El combate termina en pocos minutos. Es sangriento y violento y, en algún momento, oigo crujidos de huesos acompañados por los aullidos de dolor del joven. El alfa sujeta al joven del cuello contra el suelo.
Levanta el puño para asestar el golpe mortal, pero se detiene en el aire como si quisiera saborear la muerte.
El joven me mira a mí a los ojos en lugar de al monstruo que se cierne sobre él.
Y no puedo soportarlo más.
Esto no está bien.
—¡Para! —Me levanto de un salto.
El alfa se queda quieto. La multitud calla. Sebastian me mira con los ojos entornados, y un músculo se tensa en la mandíbula de mi padre.
El corazón me late con fuerza en el pecho.
Aun así, no me vuelvo a sentar.
—Esto no es un deporte. —Me obligo a hablar con la voz tranquila, a pesar de que me tiemblan las rodillas—. Es un asesinato.
El aire del salón se vuelve denso. La multitud dirige ahora hacia mí la ira y la sed de sangre que estaban destinadas a los lobos. Los hombros del alfa suben y bajan con fuerza.
Se me acelera la respiración. No tendría que haber dicho nada. Soy una mujer. Una estatua. No me corresponde intervenir.
Aun así, no me vuelvo a sentar.
—Sacrificar a un animal salvaje no se puede considerar un asesinato —dice Sebastian con tono mordaz—. ¿O acaso a mi prometida le gustan estas bestias? ¿Sabes que tratan a sus mujeres como perros? He oído que algunas…
—Basta. —La orden de mi padre retumba por toda la estancia.
Sebastian inclina la cabeza ante el rey.
—No pretendía ofenderos, alteza.
—Aurora está cansada. Ahora se despedirá y se irá a la cama.
Lo he decepcionado, y la culpa hace que me ardan las mejillas.
Pero no me muevo.
Tampoco lo hace el alfa. Todavía tiene el brazo en alto y la mirada fija en su víctima mientras aguarda al resultado de la conversación. El joven me sostiene la mirada con las mejillas manchadas de lágrimas y sangre.
—Dejadlo vivir —digo con la boca seca como la tierra.
Sebastian apenas es capaz de contener la rabia. Es evidente que no le gusta que lo desafíen delante de su gente.
—¿Y de qué me sirve dejarlo con vida, mi amor?
—Es joven y fuerte. Ponlo a trabajar en los establos —lo único que quiero es desaparecer, pero me obligo a mirarlo, a sonreír—como regalo de bodas para mí, milord.
Sebastian parece considerarlo. Se levanta y me coge las manos. Enrosca, como si de enredaderas se tratara, sus dedos fríos entre los míos. Reprimo el asco que me invade al sentir su contacto. Me devuelve la sonrisa.
—Está bien, mi amor. Un regalo de bodas.
—Se inclina y acerca los labios a mi oído—.
Si sientes cariño por estas criaturas y quieres que te tomen como a una sucia perra, yo me encargaré de que así sea mañana por la noche, después de la ceremonia.
¿Quién sabe? Puede que te arroje a la perrera después, y que incluso permita que este alfa disfrute contigo, ya que tú le has arrebatado esta muerte.
Se me tensan todos los músculos del cuerpo cuando el monstruo que sabía que acechaba en el interior de mi prometido sale a la luz.
Me suelta y se gira hacia su gente.
—Doy por finalizado el combate —dice mientras el monstruo vuelve a ocultarse bajo su piel— como regalo para mi prometida, que es tan bondadosa como bella.
Los músculos de los hombros del alfa siguen en tensión. Irradia una rabia ardiente y feroz. Es como si su lobo interior estuviera furioso por no haber podido matar a nadie.
Deja caer el brazo.
Tengo la respiración acelerada. Mi vestido me aprieta demasiado y hace mucho calor en el ambiente.
El alfa se levanta y da la espalda a la multitud. Permite que un par de guardias lo esposen.
—Llevadlos de vuelta a la perrera —dice Sebastian—.
Meted al ganador en una de las mejores jaulas.
Es lo justo, y debe descansar para lo que tenemos planeado para mañana.
El perdedor que se quede con el resto. Si sobrevive a esta noche, le buscaremos un trabajo, tal y como desea mi prometida.
Aunque como estas criaturas se aprovechan de los más débiles, dudo que quede mucho de él por la mañana.
Una pareja de guardias armados conduce al alfa a través de las puertas de roble al final del pasillo mientras un sirviente corre a levantar a su oponente del suelo.
—Mi prometida, al igual que muchas mujeres del sur, no tiene estómago para este deporte y ¿por qué debería tenerlo cuando es una hermosa flor? Se va a retirar ahora, antes de que empiece el próximo combate. Necesita prepararse para la noche de mañana.
Su mirada se endurece y mi corazón late frenéticamente contra la jaula en la que lo mantengo encerrado. No obstante, inclino la cabeza y, tratando de controlar el temblor de mis manos, hago una reverencia.
Sin mirar atrás, atravieso la arena a toda prisa. Intento ignorar que mi falda se está manchando de sangre mientras cruzo las puertas.
Justo delante de mí están escoltando a los dos luchadores.
El alfa casi ha llegado al final del pasillo.
Tras él, el joven lobo se inclina con la respiración entrecortada sobre el sirviente que lo arrastra.
No está en buenas condiciones. Si alguien no atiende sus heridas, no podrá trabajar en ningún establo.
Y si lo que ha dicho Sebastian acerca de que los lobos se aprovechan de los más débiles es cierto…
—¡Esperad! —Por dentro, maldigo el temblor de mi voz. No debería tener miedo. Esta va a ser mi casa.
El alfa se queda inmóvil y la luz de la antorcha del pasillo oscila sobre su perfil. A pesar de que está a más de cinco metros de distancia, percibo el calor de su cuerpo y también su olor… a sudor, sangre y montañas. Se me acelera el corazón, pero dirijo la atención al joven herido.
—Llevad al más joven a la… perrera buena. —Esa palabra inhumana se me queda atascada en la garganta.
Sé que estos hombres no son humanos… aunque lo parecen.
Sé que, al ser del sur, no he sufrido ataques constantes por parte de los lobos como las gentes del norte.
Quizá, si lo hubiera hecho, no juzgaría a estas gentes.
El modo en el que el alfa ha luchado en la arena demuestra que los lobos tienen poca misericordia en su interior.
Aun así, no me parece correcto.
Veo cómo se tensan los músculos de los brazos del alfa ante mí. Parece a punto de darse la vuelta. Sin embargo, los guardias lo conducen por otra puerta y se lo llevan.
Dejo escapar un suspiro.
El sirviente que acompaña al chico se gira hacia mí con el ceño fruncido.
—Nuestro señor ha dicho…
—Yo voy a ser tu señora, y soy la hija de tu rey. —Me enderezo.
Me he pasado la vida fingiendo: he sonreído cuando tenía el corazón roto, he reído cuando estaba disgustada, me he tragado la rabia cuando algún lord se ha sobrepasado conmigo en la pista de baile.
Puedo interpretar sin problema el papel de formidable señora de este castillo.
Levanto la barbilla.
—Ponedlo en una de las jaulas buenas y aseguraos de que recibe una cena decente.
Paso junto a ellos y me abro paso por el laberinto de pasillos de piedra que llevan a mis aposentos en el ala norte.
Hay un par de criadas esperándome. Dejo que me preparen para dormir y que me pongan un camisón blanco de manga larga que me llega hasta los tobillos.
Luego les doy permiso para irse y rodeo la cama con dosel para observar las montañas escarpadas del norte a través de la ventana.
El cielo está iluminado por la luna creciente.
Una inquietud cada vez mayor se retuerce en mi interior mientras los árboles se mecen en la distancia y el viento azota los muros de piedra del castillo. Lo que le he dicho a ese sirviente es cierto: mañana seré la señora de este castillo. Pero, aun así, no tengo ningún poder.
Jamás lo he tenido.
No puedo irme de este lugar, ni respirar el aroma del brezo y los helechos, ni bañarme en arroyos cantarines o beber en tabernas locales. No puedo hablar con quien yo elija, ni entablar amistades, ni enamorarme.
No puedo salvar al joven lobo, pues seguramente muera pronto. Si no esta noche, mañana, cuando consideren que no es adecuado para trabajar y lo metan en una de las jaulas malas.
Aprieto los dientes, saco una capa de mi armario y me la echo sobre los hombros.
Por poco poder que tenga, no puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.
El recuerdo de la voz de mi madre espanta el miedo.
«Te harán sentir que no tienes elección —me dijo antes de morir—, pero siempre hay elección. Valor, pequeña».
Tal vez tenga el poder suficiente para llevar a cabo un gesto pequeño antes de casarme con este lord y pudrirme entre estas paredes. Aunque me juegue la vida si me descubren.
Aunque suponga acercarme demasiado a ese alfa monstruoso.
Me pongo la capucha para ocultar mi característico cabello pelirrojo. A continuación cojo una bolsa y me escabullo de mi habitación.
Voy a la perrera.