El rey de los lobos 1 Capítulo 1
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El rey de los lobos 1

El rey de los lobos 1

Por Lauren Palphreyman

© inepub.com

Capítulo 1

L as peleas de perros son una salvajada.

Dicen que los luchadores de la arena de combate se deleitan con la violencia. Dicen que su lobo interior siempre está buscando la liberación, incluso en noches como esta en las que la luna no está llena y tienen aspecto de hombres.

Y, por supuesto, ¿acaso no merecen violencia por lo que les han hecho a nuestras tierras?

Sin embargo, ¿cuántos morirán? ¿Y para qué?

Me remuevo en la silla de madera, tiro del cuello de mi vestido y me aparto un mechón pelirrojo rebelde de la cara. Aquí hace calor. Demasiado calor. Es agobiante.

Cuando salí del carruaje hace dos días, el paisaje accidentado de las Tierras Fronterizas despertó algo en lo más profundo de mi ser, a pesar de que nunca he estado tan al norte.

Pensar en lo que hay más allá de estos muros de piedra hace que me entren ganas de arrancarme el vestido y escapar de este castillo.

Quiero atravesar la maleza indómita y sentir los dientes de león silvestres entre los dedos de los pies.

Quiero oler el aroma de los pinos y escuchar el aullido del viento a través de las montañas.

En lugar de eso, tomo un sorbo de agua y aprieto las manos con fuerza en el regazo. Intento no estremecerme cuando arrojan a uno de los hombres al suelo y el crujido de un hueso resuena por todo el Gran Salón. La sangre salpica las losas junto a mis zapatillas de seda.

Lord Sebastian, sentado al otro lado de mi padre, me observa con un brillo cruel y hambriento en la mirada al captar mi incomodidad.

Me pregunto si está pensando en lo que sucederá mañana, en nuestra noche de bodas.

Pensar en ello me repugna aún más que el combate.

—Vuestra hija no lo aprueba, alteza —le dice a mi padre al malinterpretar parcialmente la expresión de asco que se debe reflejar en mi rostro.

—Es una mujer —responde él simplemente.

Me molesta. Por supuesto, eso es lo único que mi padre ve cuando me mira.

No importa a cuántos lores haya persuadido por él o a cuántos bailes haya asistido para servir de hermosa distracción mientras elabora sus planes de guerra.

No importa que haya aceptado este matrimonio solo para fortalecer su reino.

—Por supuesto. —Sebastian asiente y se reclina en su asiento como si no reparara en la corona que se asienta sobre el pulcro cabello blanco de mi padre—.

Para el sexo débil es desagradable contemplar a estas criaturas.

Aunque, sin duda, debe de disfrutar de que se maten entre sí.

Los clanes de lobos llevan siglos asolando nuestras tierras: asesinan, maltratan y roban.

A cualquier mujer que viaje sola y tenga la mala suerte de encontrarse con ellos le espera un destino peor que la muerte.

—Arquea una ceja—. No sé si me entendéis.

—Sí —contesta mi padre.

Sebastian toma un sorbo de cerveza.

—Pero supongo que vuestras mujeres no se encuentran con muchos lobos en el sur…, gracias a que mis ejércitos custodian la frontera.

—Es una honorable tarea al servicio de nuestro magnífico reino —mi padre no se digna a mirar al lord— y conlleva sus recompensas.

—Sí, en efecto. —La mirada de Sebastian se oscurece.

Intento no retroceder. Deseo que mi cuerpo sea una estatua, un mero recipiente para el alma que llevo dentro. Dejo que mi mente vague por las montañas salvajes, a pesar de que yo no podré pisarlas nunca, a pesar de que siempre estaré presa entre los muros de este castillo y en mi cuerpo de mujer.

Prisionera o premio: es lo único que he sido en la vida. Y seré ambas cosas cuando me despose con este lord a cambio de que continúe siendo leal a mi padre.

—No obstante, si su hija siente algún tipo de compasión por esas criaturas…

—No la siente.

—Aun así, le conviene saber que esta agresividad bestial no solo es parte de su naturaleza, sino que también consideran que hay gloria en la lucha —dice Sebastian—.

La gente de las Tierras Fronterizas conoce los nombres de los mejores luchadores.

Y quienes ganen su combate esta noche serán trasladados a las perreras más espaciosas y recibirán una buena cena.

También dispondrán de concubinas para atenderlos y ayudarlos a liberar sus lobos en diferentes sentidos.

—Tamborilea con los dedos sobre la copa—. Por desagradable que resulte.

—Por supuesto —añade mi padre.

Observo a los hombres musculosos y descamisados en la arena , gruñendo y ensangrentados.

Sin duda, hay motivos para andarse con cautela con los lobos, pero, al contemplar las miradas asesinas que la multitud les lanza, las monedas que pasan de mano en mano y el modo en el que los labios de mi padre se curvan cuando derriban a golpes a algún guerrero, me pregunto si todos los hombres no serán, en el fondo, monstruos.

Me fijo en mi prometido. No es tan musculoso, robusto ni alto como los monstruos de la arena . Lleva el cabello oscuro recogido en la nuca con pulcritud, y no suelto como suele ser costumbre al norte de la frontera.

Sin embargo, hay algo cruel en los ángulos de su rostro y el modo en el que recorre mi cuerpo de arriba abajo con esos ojos oscuros. Me he pasado la vida rodeada de monstruos y sé reconocer al que acecha bajo su pálida piel.

Creo que preferiría a alguien que parezca un monstruo antes que uno experto en ocultar que lo es.

Uno de los lobos le desgarra el cuello al otro. Sonríe mientras chorros carmesí le bajan por la barbilla. Siento náuseas, pero lord Sebastian sonríe y aplaude como si estuviera viendo una actuación de teatro.

—Buen espectáculo, buen espectáculo. —Chasquea los dedos y hace señas a un par de sirvientes—. Escoltadlo a la perrera y limpiad esto. Luego traed a los siguientes.

Los sirvientes se resisten, pero se llevan al lobo ensangrentado mientras un gran estruendo resuena por el Gran Salón. La gente intercambia monedas, hace apuestas nuevas y se rellena la copa.

Sin embargo, yo no puedo dejar de mirar al cadáver.

Yace inmóvil. Parece muy pesado y hace que yo también me sienta pesada.

Puede que fuera un monstruo, puede que tuviera un lobo bajo la piel que salía a la superficie cuando había luna llena, pero, en este momento, parece solo un hombre.

Un hombre muerto. Uno que nunca volverá a atravesar esas montañas tempestuosas.

Un par de sirvientes atraviesan el salón, lo agarran de los brazos y lo arrastran por el suelo de piedra como si no fuera más que un trozo de carne.

Bebo un poco de agua para intentar calmar el temblor que se ha apoderado de mis manos. A mi lado, lord Sebastian y mi padre entablan una conversación sobre el número de soldados en la frontera norte.

Estoy dejando el vaso sobre la mesa cuando se hace el silencio, que se rompe enseguida con un murmullo entusiasmado cuando dos hombres más, lobos, entran en la arena de combate .

Mi atención se centra en el primero. Es joven, demasiado para este tipo de violencia, independientemente de su condición de lobo.

Tendrá dieciséis años a lo sumo, cuatro menos que yo.

Los mechones de su cabello cobrizo están alborotados, como si se los hubiera revuelto frenéticamente con las manos.

El miedo y la tristeza se reflejan en su expresión, aunque tiene la mandíbula apretada.

Es como si fuera consciente de que no hay esperanza y se hubiera resignado a su destino, y algo me resulta familiar en esa expresión.

Me llena de una rabia por mi situación que no me atrevo a exteriorizar.

Cuando miro a su oponente, comprendo por qué el muchacho parece haber perdido la esperanza.

—Han hecho falta cinco hombres para traer al grande hasta aquí —le dice lord Sebastian a mi padre—. Mató a tres de ellos. No habla mucho, pero creemos que es uno de los alfas, probablemente del clan Highfell. Menudo espécimen, ¿verdad?

El hombre tiene un aspecto tan salvaje y duro como las montañas de las que debe de haber venido.

Es alto, de mandíbula fuerte, y su cuerpo parece tallado en roca.

Lleva el cabello rubio oscuro, casi del color de la paja, despeinado y rapado por los lados; un peinado que no he visto nunca por el sur.

Permanece quieto e inexpresivo mientras la multitud grita y aúlla como el viento a su alrededor.

—Cierto. —Mi padre se pasa una mano por la cuidada barba blanca—.Y ¿qué estaba haciendo tan al sur?

—Con estas criaturas, nunca se sabe.

El alfa me observa. Sus ojos… son de un verde oscuro como el bosque y rebosan odio. Nunca nadie me ha mirado así. Se me seca la boca mientras mantenemos la mirada fija en el otro.

Aun así, se me revuelve el alma.

—No será una gran pelea —comenta mi padre como si estuviera hablando del tiempo y no del destino de dos seres vivos.

—No. —Sebastian sonríe con crueldad—. Hemos pensado sacarlo esta noche para que se vaya acostumbrando. Tenemos planeado algo más emocionante para él durante las celebraciones de mañana por la noche.

El alfa me mira con la mandíbula tensa. Todavía parece de piedra, pero veo violencia en sus ojos. Me obligo a convertirme en estatua otra vez, a ser solo un recipiente para mi alma, y le sostengo la mirada a pesar de que el corazón me late completamente desbocado.

—Bueno —dice Sebastian chasqueando los dedos hacia los lobos de un modo que podría considerarse valiente o insensato si no fuera por los guardias armados que rodean la arena—. Empezad.

Un músculo se tensa en la mandíbula del alfa.

Siento náuseas al ver la palidez del rostro del joven. Va a morir, y todos, tanto él como el alfa y la multitud, lo sabemos. No rompe el contacto visual con el hombre que se yergue ante él.

Es valiente.

«Valor —lo animo, recordando que mi madre me dijo lo mismo una vez—. Valor, pequeño».

El alfa cierra su enorme puño. Podría ser fruto de mi imaginación, pero me parece que su joven contrincante baja la cabeza con aire de sumisión.

Un rugido resuena en la garganta del alfa y en él siento la oleada de rabia y odio que está a punto de desatar. También está a punto de desatarse en mí ese odio, tan denso y amargo que casi puedo saborearlo. Un odio hacia ese imponente gigante por lo que está a punto de hacer.