El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 115
99%

CAPÍTULO 115

La primavera sucedió al invierno más duro de Caliza con una bendición de lluvias y días de sol suave, regalos de Padre Cielo. Y Madre Tierra recuperó los bosques calcinados y destruidos por las alimañas unos meses atrás con su aliento dador de vida, invisible pero incansable.

La vida se abrió paso a través de las mesetas y de los bosques de Bérika, latiendo en la tierra fértil de los olivares y los campos de cereal.

Y llegó la Fiesta de la Siembra. La sincronía mágica del Cosmos quiso que esa misma mañana Halcón regresara a Caliza con su madre y con su abuelo, el viejo Diorés.

Lo acompañaba, por supuesto, Lorick, que gracias a su oro y a la verborrea de Nilo había adquirido a buen precio un rebaño de cabras para la aldea.

Por su parte, Tauh había crecido irremediablemente después de aquel viaje iniciático en compañía masculina y ya era más alto que Atti y que Creta.

Esa noche se celebró por todo lo alto. Además, aquel año Ceres fue escogida para representar a la Doncella del Trigo.

Y Nilo, al verla vestida como la diosa del cereal, coronada con una guirnalda y con un ramo de espigas secas de la cosecha anterior en las manos, de pronto se dio cuenta de cuál de las hermanas Mentastro era su preferida.

Y desde ese día, dicen, se convirtió en su sombra.

Aunque el arcano de la Suma Sacerdotisa, que siguió siempre en su bolsillo como amuleto de la suerte, jamás volvió a funcionar.

Y algunas semanas después, en el primer día del verano, entre fuegos ceremoniales que daban la bienvenida a los vientos del Sur y a su bonanza, se celebró la boda de Attaegina y Halcón.

Tierra, aire, fuego y agua estaban representados en el altar.

Tauh había fabricado dos anillos para ellos, esta vez de oro, con ayuda de Lorick.

Prímula y Corina Arrayán habían cosido durante semanas un hermoso vestido de novia en lino blanco para Attaegina.

Ceres y Galatis elaboraron su ramo. Creta le había trenzado el cabello.

Y Aleff, el padre de la familia Mentastro, la acompañó al altar conteniendo la emoción para entregársela a Halcón que, vestido con las mejores prendas de la tribu torug , de un profundo azul índigo, aguardaba la llegada de la chica ángel.

Su ángel redentor. La mujer que había bajado hasta los infiernos para salvar su alma y que había partido en dos su propio corazón para compartir sus latidos con él.

Para siempre.