El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Me llamo Attaegina Mentastro. Y he sido tantas cosas que me resulta difícil presentarme según para quién.

He pasado de ser la chica oráculo de mi tribu a la chica ángel más buscada por el Imperio de Alandum.

Eso me convirtió en la moneda de cambio del Clan de los Salmón y en la pretendida reina de Kairós, el joven monarca fallecido de Pira.

He sido la peor pesadilla del Patriarca Nabor XIII.

La cabra sin domesticar de las sumas sacerdotisas de Teff.

La prometida frustrada de Lorick, la hermana más detestada (y ahora la más amada) de Creta.

También he sido la discípula de Halcón, su compañera, su prometida, aunque hace miles de años fui su antagonista, su tormento, su mayor enemiga.

Hasta he sido el Primer Ángel de las leyendas que yo misma contaba a mis hermanos pequeños antes de dormir.

Pero ahora ya sé quién soy. Y la noche en que termina esta historia probablemente fue la más calurosa del verano de ese año: la noche en que Halcón me tomó como esposa.

Tendidos sobre la roca que el sol había calentado durante todo el día, dormíamos a la intemperie muy cerca del río. Había una luna llena generosa, amarilla como los trigales, y el canto del autillo, rítmico y aflautado, meció nuestros sueños tras habernos amado bajo las estrellas.

Entonces me desperté. Todavía faltaba mucho para que despuntara el alba.

La piel de Halcón, siempre cálida como una tarde en el desierto, me refugió una vez más del relente de la madrugada.

Me relajaba sentir su respiración muy cerca de mi nuca.

Mis oídos se posaron sobre el rumor del río y el olor del agua acudió a mi garganta acompañado por el dulce perfume de las jaras en flor y del cantueso.

Y en ese instante tuve mi última premonición:

Me llevé una mano al ombligo por instinto y, cuando mis dedos tocaron la piel de mi vientre, sentí un latido que no me pertenecía.

¿O sí? El amor de Halcón había germinado en mí esa noche, y en mis visiones lo vi cogiendo en brazos a una niña que tenía la piel como el trigo maduro, pero los ojos de miel de su padre.

Y entre tanto, mi vientre volvía a llenarse, como el de Madre Tierra, para continuar dando vida.

También vi a Creta, vestida de verde como una diosa de los bosques, en su ceremonia de boda cogida del brazo de Lorick. Ese brazo de fuerza mítica que se había convertido en leyenda para la aldea.

Tauh pasó a ser uno de nuestros mejores herreros y siguió ganando a todos los demás en los juegos de tiro con arco. Excepto a Creta, con quien seguía empatando.

Y Nilo perseveró durante años en su hazaña por ganarse el corazón de Ceres, que resultó convertirse en la más bella de las hermanas Mentastro además de en una magnífica curandera y recolectora de plantas medicinales. Al final, Ceres le dijo que sí.

Por su parte, Galatis no volvió a tener más visiones sobre el futuro, algo que interpreté en cierto modo como una buena señal, pues los oráculos, aunque habían hecho su función en tiempos difíciles, también se habían malogrado en las manos de los poderosos.

Y no me habría gustado que la menor de mis hermanas sufriera, como yo sufrí, una persecución a causa de sus dones.

Mi padre vivió una larga vida junto a Prímula rodeado de muchos nietos sagaces y atrevidos como sus padres y madres, quienes habíamos luchado contra criaturas del inframundo en más ocasiones de las que habríamos querido.

Por suerte, nuestras aventuras se convirtieron en leyendas para contar junto a la lumbre, pero nunca volvió a verse una alimaña por los bosques y Caliza siguió siendo la aldea tranquila de siempre, frecuentada de vez en cuando por algún mercader atolondrado que no sabía lo caro que le saldría el viaje por nuestras tierras en donde, sí, vale, había oro, ¡era verdad! Pero era más bien escaso.

Halcón, para mi alivio, no volvió a llevarse la mano al pecho como si buscara algo.

Esa afilada sensación de vacío de los tiempos pasados no le molestó más.

Y él y yo nos consagramos como los nawales de la región, por eso recibíamos visitas de gente de todos los lugares que acudían a nosotros en busca de consejo y cura.

Y en cuanto a mí, resulta curioso pero, en cuestión de unos años, casi todos olvidaron por completo que nací con los ojos de los ángeles, pues con el paso del tiempo dejaron de poseer aquel extraño brillo perlado de otro mundo y se volvieron oscuros como avellanas. Halcón decía que le gustaban más así.

─¿Ya te has despertado? ─me preguntó con voz soñolienta─. Aún no ha amanecido…

De pronto regresé a mi noche de bodas. Seguíamos los dos allí, desnudos, cubiertos por una estera. Halcón se había vuelto a dormir mientra besaba mis hombros. Y yo seguí disfrutando del calor de sus brazos mientras el sueño volvía a visitarme.

Nunca más tendría premoniciones ni vislumbraría el futuro.

Jamás volvería a volar como los ángeles ni a llevar sobre mi espalda sus alas de pluma blanca.

Pero había un don que me pertenecía por derecho.

Que había sido mío desde siempre sin que nadie hubiera obrado un milagro en mí.

Era el don que me permitía sentir la verdad en lo profundo de mi ser. Y era infalible. Jamás se equivocaba.

El día que me encontré por primera vez con Halcón, lo sentí en mis entrañas: desde que el mundo era mundo, él siempre fue el amor de mi vida.

¡Gracias por haber llegado hasta el final de la saga!