El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 114
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CAPÍTULO 114

Posiblemente, el único día que Aleff lloró en público fue cuando vio regresar a sus dos hijas mayores, vivas, a la aldea.

No lo vivieron así Tauh, Ceres y Galatis, que dejaron todo cuanto estaban haciendo por salir a recibir a sus hermanas con una sonrisa de oreja a oreja.

Pero Caliza no estaba para celebrar nada.

Los estragos que había causado el ejército de Nabor bajo órdenes de Likós todavía afectaban a la vida de sus habitantes, y los bosques quemados y las muertes que la peste había provocado aún dolían como heridas recientes en el sentir de los vecinos.

Por eso, a la noche siguiente de la llegada de Atti y de Creta se celebró una ceremonia en honor a todos los que habían caído. Y la ofició la abuela Leto. La única de todos los ancianos que continuaba viva.

Lorick regresó al hogar de su malograda familia, y Nilo y Halcón fueron acogidos allí por Prímula.

Aleff no estaba seguro de contarles aún a sus hijas la relación que lo unía ahora a la viuda de Oberón.

Pero, cuando se armó de valor y se lo confesó, Attaegina y Creta se limitaron a responder con un deje de indiferencia:

─ Pero… si ya nos lo imaginábamos.

Cabe decir que a Lorick le sorprendió algo más. Pero su madre, o al menos a la que él consideraba como tal, merecía ser feliz tras haber soportado durante años el infierno de Oberón.

─ ¿Cómo curaste a Galatis? ─ le preguntó Attaegina a Ceres una noche, junto a la chimenea. Ceres se había hecho tan mayor…

─Usé algunas de las plantas que me habías enseñado. Tauh me traía agua limpia del arroyo a escondidas de papá.

─ ¿Tauh hizo eso?

─ ¡Sí! Y le disparó una flecha a Likós, ¡en el pecho! ─añadió Galatis entusiasmada, orgullosa de su hermano.

─La pena es que no fuera de plata ─continuó Ceres─, porque en ese caso lo habría matado. Aun así, Tauh luchó contra el diablo más fuerte y papá lo remató.

Creta las escuchaba mientras afilaba una de sus navajas. Y sonreía discretamente sorprendida por el valor de Tauh, a quien ella había instruido en el arte del tiro con arco.

Tauh pasó los días que siguieron pegado a Lorick, preguntándole sobre los combates en el circo. ¡Quería aprenderlo todo de él! Y se ilusionó al saber que pronto iban a ser familia de verdad.

─Pero no se lo cuentes a nadie, Tauh ─le pidió Lorick, que seguía llevando la trenza negra de Creta en torno a su robusto cuello─. Todavía no sé cómo pedirle que se case conmigo.

El chico se encogió de hombros y lo miró como si fuera obvio.

─Id a galopar, como hacíais siempre. Deja que los caballos os lleven a alguna parte secreta del bosque. Te dirá que sí.

En cuanto a Halcón, se ganó rápidamente el afecto de todos los vecinos por lo mucho que ayudó en la reconstrucción de la aldea.

Su amistad con Lorick, dicen, se hizo inquebrantable a pesar de las riñas ocasionales.

Y una tarde de finales de invierno se acercó a hablar con Aleff para pedir formalmente la mano de Attaegina.

Aleff desconocía las costumbres de la gente del desierto y Halcón aún le desconcertaba un poco.

Pero ese hombre, lo que quiera que fuese, mercader o nawal , significaba todo para su primogénita.

Nunca habría sabido explicar con palabras lo que veía en la mirada de la mayor de sus hijas cuando Halcón rondaba cerca de ella.

Además, Attaegina y él adquirieron un rol importante para la aldea gracias a sus conocimientos, especialmente porque curaron a todos los enfermos.

Poco antes de que llegara la primavera, con las cordilleras todavía cubiertas de nieve y el pantano congelado, Halcón se marchó al desierto para buscar a su madre y a su abuelo. Lorick y Nilo lo acompañaron. Y Tauh, muy a pesar de su padre, también fue. Tardarían meses en regresar.

─Atti, ¿sabes que cuando me estaba muriendo soñé contigo y con el abuelo Yarbha? ─le contó Galatis durante una de las noches más frías. Ceres y Creta dejaron por un momento lo que estaban haciendo para escucharlas─. ¡Sí! ¡Es verdad! Soñé que iba al Reino de los Ángeles.

─Y… ¿qué hacías?

Galatis se encogió de hombros.

─Pues… nada. No hacía nada. Pero ahora sé cuántos hijos vas a tener con Halcón.

─¿Qué? ─se sorprendió Creta, que no cabía en su asombro. Entonces Galatis la miró con picardía.

─Y de ti también sé una cosa ─dijo─. Pero no te la puedo contar.

Attaegina observaba a Galatis. Intuía que, durante esa breve estancia en el país angélico, habría recibido alguna premonición como ella cuando era pequeña. ¿O acaso iba a despertarse en Galatis ese mismo don?

─¿Y a mí? ─le preguntó con los ojos brillantes de ilusión por lo que le había sido revelado─. ¿A mí puedes contarme lo de Halcón?

Galatis hizo un amago de hablar, pero luego se cruzó de brazos y negó con la cabeza.

─¿Sabes qué? ─resolvió─. Que mejor no te lo cuento. Que sea una sorpresa.

Creta se rio al tiempo que terminaba de armar su carcaj. También Ceres mientras remataba un remiendo.

─Attaegina, hija ─irrumpió Aleff de pronto en el salón. Le daba un poco de vergüenza hacerlo cuando las cuatro féminas de la casa estaban juntas contándose cosas, pero era una visita importante─. La abuela Leto quiere hablar contigo.

Attaegina dejó todo a medias y se levantó. ¡Eso sí que era una sorpresa! Había atendido a la abuela en cuanto llegó a Caliza porque sabía que había estado muy enferma, pero apenas había mediado palabra con ella.

La abuela Leto entró allí y se le cedió el asiento más cómodo y cercano a la lumbre.

Estaba muy deteriorada, flaca y consumida.

Creta les hizo un gesto a sus hermanas pequeñas para dejar a Attaegina a solas con aquella mujer.

Y minutos después, la anciana por fin expresó algo que llevaba reconcomiéndole desde hacía meses.

─Solo he venido a pedirte perdón.

Attaegina no supo cómo reaccionar.

─¿Perdón? ─dijo. La abuela Leto asintió pesarosa.

─Es algo que tendría que haber hecho más a menudo en mi vida, agachar la cabeza y pedir perdón cuando me he equivocado.

Pero he sido tan arrogante, tan orgullosa…

Y ahora que me queda muy poco me doy cuenta, Attaegina Mentastro.

Y me arrepiento de todo lo que te dije en aquel último consejo en el que se te destituyó por mi culpa y prácticamente te eché de la aldea.

Attaegina ya casi ni se acordaba. Bueno, sí se acordaba, pero no le dolía en absoluto.

Todo había sucedido según los designios del Cosmos.

Si nunca hubiera ocurrido lo de aquella noche, jamás habría salido de Caliza.

Jamás se habría enamorado de Halcón. Y lo más importante, jamás habría terminado la guerra entre ángeles y demonios.

Tomó en sus manos las de la abuela y se las besó con un gesto compasivo.

─Ya está todo en su lugar, abuela.

─Tú lo has puesto todo en su lugar, Attaegina.

Tú nos has enseñado a ser humildes. Ahora que mi generación casi ha desaparecido, Caliza debe ser guiada de un modo distinto.

Y tú y ese joven, ese nawal , deberéis ocuparos en adelante, puesto que vosotros dos habéis conocido el mundo de los ángeles y el de los diablos.

No hay nadie en nuestra aldea que alcance vuestra sabiduría.

El Cosmos ha bendecido a Caliza con vuestra unión.

Y yo, humildemente, quiero rogarte que me permitas oficiarla.

─Abuela Leto… ¿Quieres ser quien nos una en matrimonio?

La abuela la miró con esos ojos hundidos entre las muchas arrugas que el sufrimiento y la enfermedad habían multiplicado, como el buen tiempo a las malezas en los huertos. Una expresión temerosa cruzó su rostro, el arrepentimiento había pasado noches consumiéndola.

─No te sientas obligada, Attaegina. Eso depende de Halcón y de ti. Pero si se me ofrece un último deseo antes de que la parca venga a buscarme, y eso, creo, no será más tarde del próximo otoño, mi anhelo es oficiar vuestra boda. Y así me marcharé en paz.