El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 113
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CAPÍTULO 113

El crepúsculo anunció una mañana de cielos despejados, y ese día, por primera vez después de muchos, el sol tiñó los cielos del invierno.

Sin embargo, seguía haciendo frío. Mucho.

Cuando Atti se despertó en los brazos de Halcón, aquel seguía dormido.

Lo observó durante un buen rato, conmovida por todo lo que les había pasado.

El amor de su vida… Pero, ¡si lo había sabido incluso antes de conocerlo!

De pronto Halcón abrió los ojos. Sus penetrantes ojos de rapaz. Volvía a ser el de siempre.

Miró a su alrededor con algo de desconcierto. Observó los chopos, el arroyo, las rocas que había más cerca. Y sonrió con una vitalidad contagiosa.

─ ¿Qué? ¿Por qué sonríes? ─ le preguntó Attaegina esperando cualquier respuesta descabellada.

─ ¿Cómo lo sabías?

─ ¿Saber? ¿El qué?

─Cuando volábamos. ¿Cómo sabías que aterrizaríamos justo aquí?

─¿Aquí? No sé a qué te refieres, Halcón. Yo no conozco este lugar. Ni siquiera sé dónde nos encontramos ahora mismo.

Halcón la besó.

─¿Sigues sin acordarte? ─insistió.

Attaegina miró alrededor. Pues claro, ¡el invierno volvía irreconocibles los paisajes! Pero ya sabía dónde estaban. Era el mismo lugar en donde Halcón la besó por primera vez. Justo antes de que llegara Lorick.

─¡Atti! ─gritó Creta de repente, loca de alegría─. ¡Atti! ¡Halcón! ¡Están ahí! ¡Vivos!

Lorick, Nilo y Creta se acercaron a toda prisa mientras Attaegina se vestía lo más rápido que podía y Halcón se reía a carcajadas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo escuchó reír?

Creta se abrazó a su hermana y no se soltó durante varios minutos. Encontrarla viva tras creer que había muerto irremediablemente fue como resucitar una parte de sí misma.

─¡No pude despedirme de ti! ─lloraba─. ¡Cuando vi que te quedabas atrás y que no podía hacer nada…! ¡Yo no sé qué sentí…!

Attaegina la consoló como correspondía a una hermana mayor. Eso jamás cambiaría aunque solo le sacara una diferencia de un año, un mes y un día.

─¿Y Libia? ─preguntó─. ¿Qué pasó con ella?

─Decidió marcharse a Virim ─le explicó Nilo mientras preparaba algo para desayunar─. Quiere dar servicio en el Templo de las Ratas. Curar enfermos, atender a los caminantes y a los pobres… Dijo que quería volver a comenzar.

─¿Y la maldición que pesaba sobre ella? ¿Se levantó?

─Sucedió al mismo tiempo que se cerraba la herida del cielo y que el mar comenzó a tragarse Teff.

─¿Cómo? ─preguntó Halcón con asombro─. ¿Que el mar se ha tragado Teff?

Nilo asintió.

─Tuvimos que correr pero bien. ¡Casi no lo contamos! El mar llegó hasta las murallas y las derribó, y hasta que no llegamos a las afueras y nos subimos a los peñascos, no estuvimos a salvo.

Esa era la confirmación de la caída definitiva del Imperio de Alandum.

Todos los soldados a los que Nabor había convertido en alimañas sucumbieron, bien engullidos por las mareas o cuando recibieron la luz del sol.

Ya no la podían soportar. El muro entre los mundos se había cerrado.

Y en Nueva Pangea comenzaba una era de libertad ahora que la tiranía de Nabor había caído.

─En el cortijo de los Parras nos dieron refugio y algo para comer ─concluyó Nilo─. Todavía se acordaban de Lorick y de ti.

Lorick permanecía callado. Por suerte, no había llegado a convertirse en alimaña. La cura había llegado a tiempo. Sin embargo, conservaría para siempre una fuerza desmedida en aquel brazo en donde había recibido la mordedura de las criaturas.

─Debo decir que en el circo fuisteis increíbles ─admitió Halcón.

─Tuvimos buena suerte ─respondió Lorick sin más.

─¿Cómo que buena suerte? ─se ofendió Creta─. ¡No fue buena suerte! ¡Éramos los mejores!

─Sí, los Amantes de Plata… ─se rio Attaegina. Pero había algo que la intrigaba aún. Era Nilo. Y le preguntó─: ¿Cómo encontraste la Corona Roja? ¿Y cómo hiciste para desaparecer y aparecer de repente? Ibis me dijo que probablemente habías muerto al viajar al Tártaro.

Nilo, con su pícara sonrisa, se sacó del bolsillo el arcano de La Suma Sacerdotisa.

─¿Os acordáis? En Pira me volvía casi invisible cuando lo llevaba encima, era la única forma de que la madre guardiana no me viera merodear por los pasillos de palacio.

Al parecer, en el Tártaro todo cobraba un poder especial, y en mi caso descubrí que podía desaparecer por completo.

Hasta el punto de que Nabor no se dio ni cuenta de que me encontraba a su lado cuando le robé la Corona Roja en sus narices.

Halcón y Attaegina se quedaron boquiabiertos con su relato. Creta y Lorick, que ya lo sabían, asentían con la cabeza corroborando lo que todos pensaban: que Nilo nunca dejaba de sorprender con sus habilidades. Pantera se habría sentido muy orgullosa de él.

─Habláis de muchas cosas que ignoro ─intervino Halcón─. ¿Por qué fuisteis a Pira?

─Porque tu madre nos contó que allí estaba el Espejo de Obsidiana ─respondió Attaegina. Halcón se puso serio al escuchar que habían estado con Raira. Entonces le contaron la trágica historia de Casio y también cómo Nabor llegó a convertirse en su padre de sangre.

─También hemos conocido a tu abuelo ─añadió Nilo para romper la tensión. Halcón no lo creía.

─¿Tengo un abuelo?

Nilo enarcó una ceja y suspiró.

─Sí, tienes un abuelo que nos metió en un buen lío. Pero gracias a eso pudimos encontrar la entrada al Tártaro. Y además conocimos al rey de Pira, que estaba empeñado en casarse con Attaegina.

Halcón se rio. No tenía apenas recuerdos de su permanencia bajo el yugo de Nabor, y conocer ahora todas esas historias era como despertar de un sueño muy largo.

Solo quedaba un hecho que a todos intrigaba. Excepto a Atti. ¿Dónde había ido Elkerael?

─Él dio su vida por mí ─dijo─, para que pudiera salvar a Halcón y regresar. De no ser por el viejo maestro, ni Halcón ni yo estaríamos ahora mismo hablando con vosotros.

Fue el momento más triste de ese día. También el más solemne. Halcón, con diferencia, fue quien se mostró más afectado que ninguno. Elkerael había sido tan importante para su salvación…

Y esa noche, tras un día entero de camino rumbo al norte, celebraron una hermosa ceremonia fúnebre por Elkerael, quien de alguna manera parecía seguir acompañándolos con su presencia siempre amable, sus sabios consejos en forma de acertijo y su peculiar fascinación por las recetas del joven Nilo.