El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 112
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CAPÍTULO 112

Halcón cerró los ojos mientras se precipitaba sobre las llamas blancas.

Caía cabeza abajo recordando en apenas segundos las memorias de miles de años.

En concreto, la primera de todas, la del día que dejó de ser una estrella del cielo para caer sobre Pangea con el corazón atestado de temores.

Ya no tenía miedo, los había superado todos.

Había vencido a su propio diablo y sabía que Attaegina descansaba en paz en el reino de los ángeles.

Todo estaba terminado. O eso pensaba antes de escuchar su voz.

─¡Halcón! ¡Ya estoy contigo! ─gritó mientras volaba rauda como un rayo.

Halcón no sabía si estaba delirando por la mezcla del calor con el olor de la fruta roja.

Se preguntaba incluso si ya habría muerto y ella lo estaba recibiendo al otro lado.

Pero cuando abrió los ojos la vio tan certera como que él todavía respiraba.

Y entonces tensó las alas para cortar el aire y ralentizar su caída al tiempo que ella recogía su cuerpo, como aquella primera vez que creyó caer al vacío.

Se abrazaron en medio de la nada, con el fuego casi lamiéndoles los pies, y volaron. Los dos volaron. Ella con sus alas de pluma blanca. Él lo hizo con sus alas membranosas.

─¡Halcón! ¡Vuela! ¡Tenemos que volar lo más lejos que podamos!

No sabían por dónde salir del Tártaro, las entradas y salidas que conectaban con Pira y con las islas Arkas a esas alturas estaban completamente sepultadas.

Eran completamente inaccesibles. Sin embargo, movida por su intuición, Attaegina miró el cielo.

Y el cielo siempre era interminable. Así que volaron.

Un ángel y un demonio unidos por un único corazón.

No sabían qué dirección tomar ni cuánto tiempo seguir.

Solo cuando sintieron que las fuerzas los abandonaban y echaron la vista atrás para comprobar que el Tártaro había desaparecido, aterrizaron en una chopera, muy cerca de un arroyo.

Prácticamente cayeron de bruces sobre el fango, casi sin aliento.

Y en ese momento las plumas de Attaegina se secaron y se cayeron como hojas de otoño, dejándola sin alas para siempre.

En cuanto a Halcón, ya no quedaba en él un solo rasgo que recordara sus tiempos de diablo, solo algunas cicatrices de heridas fruto de las contiendas y las peleas.

Era una de esas tardes cortas de invierno que rápidamente se cubren del luto de las noches frías.

La tierra estaba húmeda. Los sauces y los chopos, completamente calvos.

La naturaleza atravesaba su fase de letargo mientras las semillas dormían profundamente en su útero, esperando la primavera con paciencia.

Aún quedaba mucho para que el sol rociara aquellas praderas con todo su vigor.

Sin embargo, el cuerpo de Halcón ardía como las ascuas.

Y Attaegina, temblando de frío, se cobijó en sus brazos.

Y es que, devuelta a su condición humana, su cuerpo volvería a experimentar frío, hambre, sed.

Pero también la calidez de las caricias de Halcón y la sagacidad de sus besos.

Tenían tantas cosas que decirse que esa noche no se dijeron nada. Y creyendo que caerían rendidos nada más sus cuerpos se tendieran en reposo, comprendieron cuán equivocados estaban tan pronto como sus manos se encontraron y sus bocas se vertieron una sobre otra.

Y sucedió que aquella noche de invierno, sobre la escarcha que cubría los prados, ardieron igual que la mirra sobre el carbón.

Halcón volvió a amar a Attaegina con la cadencia de la miel recién cosechada, recorriendo con los dedos encallecidos de un guerrero su agreste piel trigueña, con el esmero de un orfebre que labra la joya más valiosa del mundo.

Y ella, bañada en sudor y cubierta de promesas de amor, lo recibió una vez más al tiempo que en su vientre las nieves se fundían y volvía a prenderse el fuego del hogar. El hogar de los dos.