CAPÍTULO 111
Los campos de cereal se bamboleaban con docilidad ante el aliento de las brisas crepusculares.
La luz plateada entornaba los cielos al avance de la noche y el aire olía a la frescura de las gotas del rocío.
Attaegina reconocía ese lugar. Había estado allí en una ocasión.
O mejor dicho, ella misma procedía de allí.
Nimeria caminaba delante de ella abriéndose paso entre las crecidas malezas.
Las flores de aciano y las espigas les acariciaban las piernas desnudas al pasar.
Attaegina la seguía cabizaja, soportando el peso de su alas con resignación.
Nunca antes le había dolido llevarlas allí, pegadas a su espalda. Como un lastre.
« No mires atrás » , le había dicho Nimeria una vez, cuando se le concedió el milagro de regresar viva a Nueva Pangea para que venciera a Nabor.
Había pasado bastante tiempo. Ahora, la palabra atrás designaba exactamente la dirección que seguían.
La que no tenía opción de retorno. De vez en cuando Nimeria se giraba a mirarla, compadecida, pero no decía nada.
Y Attaegina, entre lágrimas, luchaba por no olvidarse de aquella vida humana en la que, por mucho que hubiera sufrido, había amado con diez veces más intensidad que cuando era ángel.
─ La familia nos espera ─ le dijo Nimeria ─ . ¡Mira! Ya están todos ahí.
Sentados en forma de herradura en torno a una hermosa fogata blanca, Attaegina descubrió a unos diez ángeles a los que creía reconocer vagamente.
Entre ellos estaba el abuelo Yarbha, cuyo aspecto rejuvenecido en nada se parecía al del anciano que había ocupado la sala de los ancestros de la casa Mentastro durante siglos.
Cuando Yarbha vio a Attaegina llegar se levantó a saludarla con los brazos abiertos.
Y ella, rindiéndose sobre su ancestro, derramó en su hombro un llanto doliente y silencioso.
Yarbha la arropó con sus alas enormes, paciente, sin prisa.
Tenían todo el tiempo del mundo porque en el Reino de los Ángeles el tiempo no existía.
─ ¿Dónde está Halcón? ─ preguntó Attaegina con una sensación aciaga.
Yarbha miró al suelo, consternado.
─ Halcón ha vencido al oscuro ángel Nabil. Pero no desea seguir viviendo. Está a punto de entregarse a la muerte.
─ Entonces, ¿vendrá aquí? Él también es un ángel, ¿no?
Como Yarbha no le contestó, Attaegina buscó una respuesta en el resto de ángeles. Pero todos parecían abatidos por alguna cruda verdad que ella, por lo visto, aún desconocía.
─ ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no respondéis a mi pregunta?
Nimeria fue la única que tuvo el valor de hablar.
─Keriel fue un ángel en el principio, cuando llegó contigo a Pangea bajo ese nombre. Pero se corrompió. Su alma se manchó con un sinfín de atrocidades y de crímenes. Recuerda que se convirtió en diablo, fue el primero de ellos. El lugar que le corresponde ahora no es nuestro reino. Es la Ley.
─ Entonces, ¿a dónde irá?
─ Keriel debe purificarse. Él mismo está a punto de arrojarse a las llamas blancas que tú prendiste en el Tártaro. Eso lo ayudará, sin duda, pero ignoro cuánto tiempo ha de pasar hasta que puedas volver a verle… o si su alma trascenderá y regresará a la fuente, a los soles, con el Cosmos.
Attaegina se sentó sobre una roca y se cubrió la cara con las manos. Puede que fuera un ángel, pero el amor que sentía por Halcón era puramente humano, intenso, visceral.
─ Ni siquiera pude despedirme de él… ─ gimió. En ese momento, una mano conocida se posó sobre su hombro. Se trataba de Elkerael, quien, al igual que el abuelo Yarbha, había recobrado la eterna juventud.
─Elkerael, ¿qué ha sido de mi hermana y de los demás? ─le preguntó Attaegina─. Si estás aquí, ¿es porque tú también has muerto?
Elkerael se sentó junto a ella. Incluso con ese aspecto tan joven seguía siendo entrañable y paternal.
─Creta y los otros están a salvo. Los niños en Caliza también.
Y no, no estoy muerto, Attaegina. ─A continuación, habló a los demás─: En una ocasión Attaegina fue bendecida por los ángeles para resucitar en la boca de Molok y vencer a Nabor.
Me consta que no puede volverse a obrar dicho milagro, que no puede regresar…
a menos que alguien entregue su vida por ella. Y ese alguien voy a ser yo mismo.
Attaegina no cabía en sí de asombro. Los demás ángeles también se quedaron absortos al escuchar su propuesta. Entonces, Elkerael habló con más sabiduría que nunca, pues aquello que lo movía a actuar era el profundo amor que sentía por Halcón y por Attaegina.
─Keriel podría expurgar sus culpas a través de la purificación, es cierto.
En ese caso, su alma sería depurada no se sabe por cuánto tiempo.
Sin embargo, una vida humana completa le reportará aprendizajes más profundos y mejor asentados.
Poseer un cuerpo, cuidar de otros, observar que suceden las cosas confiando al Cosmos su por qué…
Y no solo eso: Halcón está enamorado. Recordad mis palabras.
Ha demostrado una y otra vez lo capaz que es de sacrificar todo por Attaegina.
Amar a alguien en todas sus circunstancias, acompañarle hasta el final de sus días y, aun así, cuando llegue el momento, seguir a su lado…
Esa enseñanza será la más valiosa y sanadora que pueda recibir el corazón de Keriel.
Y Attaegina debe permanecer con él para recordársela.
¿No estáis de acuerdo conmigo? ¿Yarbha? ¿Tú qué opinas?
Todos conocían el pasado de Yarbha. De ser uno de los mejores ángeles guerreros de la antigüedad había pasado a amar a una mujer humana, a formar una familia con ella, a vivir en comunidad con no más recursos que los de Nueva Pangea, redescubriendo los milagros de Madre Tierra y de Padre Cielo en los detalles de la vida cotidiana.
Ahora todos lo consideraban sabio y ejemplar en sus lecciones.
¿Por qué no concedérselo a Attaegina y a Halcón?
Puesto que todos parecían estar de acuerdo, Elkerael le pidió a Attaegina que se pusiera en pie.
─Lo habéis conseguido. Halcón y tú habéis cerrado la herida de Altair y Keriel para siempre.
─Y se dirigió a los demás─. Fijaos: dos humanos, en su efímera existencia, han logrador revertir el daño que dos ángeles no pudieron durante milenios.
Creo que es motivo más que suficiente para permitirles disfrutar de su merecida recompensa.
Ahora bien ─le habló de nuevo a ella─, perderás tus poderes de ángel para siempre.
No será inmediato, tranquila. Pero lo irás notando a lo largo de semanas, tal vez meses.
─Eso no me importa. Solo quiero estar con Halcón.
─Suponía que responderías eso. Y antes de que te marches, ¿queda alguna cuestión que necesites preguntar?
Attaegina se quedó pensativa. En realidad era un mar de dudas. Sería imposible que los ángeles pudieran responderle a todas. Sin embargo, había una. Una gran pregunta existencial que durante mucho tiempo la había acompañado:
─¿Por qué perdí mi don el día en que Halcón llegó a Caliza? Desde entonces, he obtenido algunas visiones, pero solo de forma espontánea, sin que yo pudiera controlarlas.
Elkerael asintió con la cabeza. Él lo sabía.
─Es posible que tú misma, para no condicionarte, inconscientemente decidieras anular tu don casi en su totalidad. Así no recordarías absolutamente nada sobre Halcón y vuestro pasado y podrías darle una nueva oportunidad ignorando que fue Keriel. Confiando en él.
─Confianza ciega… Sentí eso con Halcón desde el primer día que lo vi. Siempre supe que ya nos conocíamos. Y también que jamás me haría daño. Y ahora lo sabemos: Keriel jamás mató a Altair.
Elkerael la abrazó con ternura. Para Halcón y para ella había sido de suma importancia que el viejo nawal se cruzara en sus caminos.
Pero llegó el momento de decirle adiós. Attaegina también se despidió del abuelo Yarbha y de Nimeria.
En la era que comenzaba, un velo muy denso separaría los mundos que habitaban.
Sin embargo, Attaegina sabía que siempre que necesitara algo de ellos, de su familia angélica, podría encontrarlos dentro de sí misma.
─¡Gracias! ¡Gracias a todos! ─exclamó.
─¡Venga, date prisa, Attaegina! ─la apremió Elkerael─. Halcón todavía te necesita, ¡pronto! Y vas a tener que volar más rápido que nunca.