El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 110
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CAPÍTULO 110

─ ¡No! ─ gritó Halcón al ver caer a Attaegina sin vida ─ . ¡No! ¡Attaegina!

Aprovechando su desconcierto, Nabor arremetió contra él con más brutalidad. Entonces Halcón tropezó y el bastón de luz desapareció de sus manos. Estaba desarmado y acorralado por el Patriarca, que le apuntaba con sus tres espadas.

─ Un solo movimiento y acabo contigo ─ lo amenazó.

─No podrás… Antes caerás tú. ¿Me oyes, alimaña? ¡Te juro que no vas a pasar de esta noche! ¡Aunque tenga que morir para lograrlo, sabandija!

En la cara cadavérica de Nabor se adivinó una sonrisa malévola. Pero, ¿qué tramaba esta vez?

─ Keriel, escúchame.

─ ¡No respondo a ese nombre! ¡Me llamo Halcón!

─ Está bien, Halcón. Lo que seas… Considera lo que voy a ofrecerte como un regalo: únete a mí de nuevo y te perdonaré.

Halcón se quedó callado. ¿Qué pretendía ahora el Patriarca?

─ Los dos juntos podríamos someter a toda Nueva Pangea. Al fin y al cabo, eres mi hijo. ¿Qué dices? ¿Volvemos a comenzar?

El fuego blanco arrasaba el circo. Hacía un calor insoportable allí dentro y el humo se volvía denso y asfixiante mientras tornaba el aire irrespirable.

El Árbol de la Fruta Roja, esparcido en grandes pedazos por el suelo, ya no era más que un puñado de ascuas que ardían como una fragua.

Y sus condenadas frutas, sometidas a tanta temperatura, despedían un olor embriagador.

Halcón no pudo evitar reconocerlo: las había comido tantas veces cuando era Keriel que, por un momento, sintió que su voluntad flaqueaba.

Y Nabor lo sabía. El Patriarca aún le necesitaba.

¿Qué quería ahora? ¿Su renovado corazón de ángel? ¿Es que su ambición no se terminaba?

─ Halcón, ahora que Attaegina está muerta puedo sacarle ese cristal del pecho y entregártelo. Así solo los tendrás tú, ambos: el suyo y el tuyo.

Los ojos de Halcón se posaron tristemente sobre el cadáver de Attaegina, que seguía tirado sobre la arena con sus alas de ángel mustias, abiertas de mala manera, y comprendió que no había sido todo en vano.

─ La historia no se va a repetir ─ dijo.

─ ¿Qué? ─ preguntó Nabor desconcertado.

─ Que la historia no se va a repetir porque Attaegina ya la ha cambiado.

Ella ha compartido su corazón conmigo. Es lo mismo que Altair trató de hacer con Keriel, solo que en aquella ocasión tú lo impediste.

Pero ya no, Nabor. No me vas a volver a atrapar.

Una parte de mí ha muerto con Attaegina, pero una parte de Attaegina sigue viviendo en mí.

Y, ¿sabes una cosa? ─ En sus manos se prendió una llama blanca y azul y la espada de los ángeles se materializó en ellas ─ .

Que también me ha legado su cabezonería.

Halcón se levantó inesperadamente y atacó a Nabor con su espada, que logró defenderse a malas penas mientras la Corona Roja se le caía de la cabeza y rodaba directa hacia el fuego blanco, comenzando a fundirse de inmediato.

─ ¡No! ─ rugió de impotencia ─ . ¡Mira lo que has hecho!

Nabor intentó contraatacar con sus tres armas sin ganarle terreno a Halcón.

En ese momento, parecía que Attaegina también estuviese presente luchando contra él.

Halcón se prendió de una fuerza descomunal y de un valor que no le permitía dudar.

Ya no tenía nada que perder, pero si vencía al Patriarca entonces Nueva Pangea tendría mucho que ganar.

Cuando a Nabor solo le quedó una espada intentó detener el combate. Estaba desesperado.

─ ¡Déjalo ya, Halcón! ¡Nos vamos a quemar los dos aquí dentro! ¿Es eso lo que quieres de verdad? ¡Todavía podemos vivir!

Halcón sabía que el fuego pronto alcanzaría el cuerpo de Attaegina.

Ni siquiera tendría la oportunidad de bendecirlo ni de llevarlo en sus brazos para enterrarlo en un lugar digno.

No había podido despedirse de ella. Pero nada de eso era importante ya.

El alma de Attaegina aún vivía en su interior.

Y cuando las llamas lo devorasen también a él, al fin se encontrarían en algún lugar más allá, bajo la forma de estrellas fugaces, con la tranquilidad de haber puesto fin al reinado de la oscuridad.

Al ver que Halcón no cedía, Nabor utilizó su último recurso: escapar.

Emprendió el vuelo lo más rápido que sus alas de diablo le permitieron, dispuesto a huir muy lejos, aún no sabía a dónde.

El Tártaro entero ardía, el fuego blanco lo quemaba todo.

Ríos de oro rojo fundido como lava sepultaban las tierras yermas y agrietadas.

Los diablos corrían desesperados buscando refugio en las proximidades de la laguna y del Río de los Muertos, pero incluso sus aguas se habían prendido como el aceite.

La purificación era inminente, alcanzaría todos los rincones del infierno y no permitiría que su veneno se volviera a filtrar entre las grietas que lo separaban de Nueva Pangea.

Por eso Nabor volaba a la desesperada. Pero Halcón lo hacía más rápido.

Sujetó a Nabor por la cola. Aquel se revolvió en el aire.

Con la única espada que le quedaba intentó atacar.

Eran movimientos temerarios, sin estrategia alguna.

Nabor bramaba con ira, se comportaba como una bestia acorralada.

El ingenio y la brillante inteligencia con los que solía tejer todas sus artimañas parecían haberse esfumado.

Solo era un monstruo rabioso y sin consciencia de sí mismo, una alimaña despreciable.

Y Halcón supo que era su última oportunidad.

No podía dejarlo escapar. Se acababa el tiempo.

Los dos morirían en el Tártaro ese día. Pero tenía que asegurarse de que Nabor lo hacía primero.

Y de pronto, el tiempo se detuvo: Halcón sabía que la mano de Attaegina guiaba la suya.

La luz de las llamas blancas iluminó la trayectoria de su espada y vio exactamente el hueco que quedaba al descubierto entre los cuatro brazos de Nabor.

Y así fue como le cortó la cabeza, dando muerte por fin al Patriarca, a Nabor XIII, a Naúm, al corrompido ángel Nabil que había pasado siglos orquestando toda aquella historia de dolor por el mero placer de la destrucción.

El cuerpo y la cabeza de Nabor cayeron sin remedio a las llamas. Dicen que en ese momento una corriente de aire fresco y limpio barrió al mismo tiempo toda la superficie de Nueva Pangea y que la cicatriz del cielo se cerró para siempre. Pero Halcón no podía saberlo.

Simplemente había cumplido con su propósito. Attaegina y él, juntos, lo habían logrado. Habían liberado al mundo de la mano del mal.

Mientras batía las alas para sostenerse en el aire cada vez más tórrido y viciado del Tártaro, Halcón miró hacia abajo.

El Circo Máximo ya solo era un puñado de ruinas que el fuego devoraba sin descanso.

Del cadáver de Attaegina seguramente ya no podían recuperarse ni los huesos. Y lloró con amargura su muerte.

El llanto de Halcón acompañó los últimos minutos del Tártaro con lamentos de impotencia.

El dolor lo atravesaba como un millón de dardos envenenados.

Attaegina y él habían renacido en Nueva Pangea para lograr como simples humanos lo que Altair y Keriel nunca consiguieron como ángeles.

Ahora estaba hecho, pero sin ella no tenía más motivos para seguir viviendo en la piel de Halcón.

Entonces miró abajo de nuevo y le pareció ver un destello ambarino que conocía bien.

Era el corazón de Altair, de Attaegina, la gema brillando por última vez, enviándole un último mensaje: que ambos seguirían compartiendo sus latidos para toda la eternidad.

Y Halcón, enjugándose los ojos, sonrió recordando la primera vez que se encontró con ella en el altozano.

Habría dado lo que fuera por regresar de su mano a esa humilde tierra de olivos, por celebrar su boda con ella en la falda de las cordilleras.

Le habría encantado poner su semilla en su vientre, sostener en sus brazos a los hijos que Attaegina quería darle.

Habría suplicado por volver a besarla, a amarla, como aquella noche en el desierto… No pudo ser.

Voló hasta que llegó al punto más alto del cielo. Pero no lo hizo para buscar una salida. Quería comprobar que realmente el Tártaro llegaba a su fin. Y una vez lo vio con sus propios ojos, rindiéndose a los designios del Cosmos, se dejó caer sobre las llamas sin oponer ninguna resistencia.