El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 107
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CAPÍTULO 107

Attaegina buscó con la mirada a Creta, a Nilo y a Lorick, que seguía inconsciente sobre la arena.

La explosión de luz había aturdido a Nabor, dejándolo fuera de combate, y Elkerael, con la espada en las manos, vio su oportunidad para terminar de una vez con él.

Lo habría hecho sin dudar, pero las ramas del Árbol de la Fruta Roja comenzaron a desmoronarse sobre ellos.

Y es que el fuego blanco avanzaba muy rápido por el tronco de aquel árbol maldito que caería de un momento a otro.

─¡Elkerael! ─lo llamó Attaegina─. ¡Tienes que llevártelos de aquí!

El viejo nawal comprendió que no le correspondía quitar una vida sino salvar otras muchas. Y tuvo una idea.

─¡Corred! ─les dijo─. ¡Creta, Nilo! ¡Corred al espejo! ¡Puedo abrir un portal en él antes de que el árbol caiga y lo sepulte!

Halcón corrió a cargar el cuerpo de Lorick con ayuda de Creta.

Pero mientras se apresuraban por llegar hasta el Espejo de Obsidiana, alguien más se sumó a ellos.

Era Ibis, en actitud suplicante. Libia, cabizbaja, esperaba detrás de su mentora.

A Nilo le confundió mucho verlas allí, pero no había tiempo para explicaciones. ¡No había tiempo para nada!

─Attaegina, por favor, pídeles que lleven a Libia con ellos.

Attaegina observó a Libia con cierta incomodidad, pero aquella no se sentía capaz de sostenerle la mirada.

Y Atti se compadeció: quien la había acusado de traidora, la misma que la había delatado en el Templo del Laurel, la que había intentado robarle el amor de Halcón…

ahora estaba maldita. Y todo era por culpa del Patriarca.

Libia, al fin y al cabo, solo había sido una víctima más de sus perversos planes.

─Cuenta con ello ─respondió─. Libia, no te quedes aquí.

─¿Qué más da? Si le vendí mi alma a Nabor. Estoy condenada. Seré una alimaña tarde o temprano.

Attaegina se acercó a Libia. Le tomó las manos con el mismo cariño y complicidad que cuando eran compañeras y amigas, en el templo, y le hizo una promesa:

─Nabor morirá muy pronto. Y cuando eso ocurra, tu alma te será devuelta. Confía en mí.

─¿Cómo sabes que morirá? ¿Es que te atreves contra él?

Attaegina asintió.

─Quizás sea lo último que Halcón y yo hagamos en esta vida.

Los ojos de Libia se humedecieron. Y cuando Attaegina se disponía a marcharse, la retuvo un instante.

─Attaegina, siempre te envidié. Siempre envidié tu valor, tu cabezonería, tu capacidad de luchar por la verdad aun a riesgo de tu vida. Os pido perdón. A ti y a Halcón.

Attaegina sabía que entre Libia y Keriel había sucedido algo, pero estaba por encima de ese molesto episodio. Aunque Libia también tenía que añadir algo al respecto:

─Habría dado mi vida por el amor de Keriel. Pero Keriel siempre fue Halcón. Y Halcón siempre fue tuyo. Él solo te amó a ti. Eres afortunada.

Cuando Libia se despidió de Attaegina y dio media vuelta, se topó con Halcón. No sabía bien qué decirle. ¡Pero no podía marcharse sin más!

─Perdóname Keriel... Quiero decir, Halcón.

─Respiró hondo. Lo que tenía que decir dolía mucho─: ¡Yo te embrujé!

¡Nabor me lo ordenó, pero fui yo quien decidió obedecerle!

Podría haberme negado, mas tuve miedo. Tenía miedo por mi vida y también tenía miedo de perderte a ti.

Así que todos los crímenes que has cometido mientras fuiste esa bestia…

Me hago cargo, Halcón. Acarreo con toda la culpa.

Tus manos están limpias de sangre. No lo olvides.

Attaegina no esperaba de Libia una declaración tan valiente. En cuanto a Halcón, necesitaba saber eso para liberar el peso que cargaba su alma. No le guardaba ningún rencor, y en su rostro Libia encontró la confirmación que necesitaba. Estaban en paz.

─Te doy las gracias ─respondió él─, porque tú fuiste quien me estuvo cuidando en Teff. Y ahora vete, empieza desde el principio en algún otro lugar. Llegarás a ser una gran sacerdotisa.

Libia asintió con la cabeza y se fue caminando detrás de Ibis. Creta, Nilo y Lorick ya se habían congregado junto al Espejo de Obsidiana. El fuego se propagaba rápido. Elkerael tenía que darse prisa. Se acercó a Attaegina para devolverle la espada de los ángeles y les explicó a Halcón y a ella:

─Cuando se cierre el portal, vosotros ya no podréis usarlo.

Lo tenían asumido. No sintieron miedo ni resignación.

─Encontraremos el modo de salir de aquí ─le respondió Attaegina─, pero no te demores más u os quedaréis atrapados.

Elkerael los miró por última vez. Y lo hizo con mucho pesar. Sabía que dejarlos allí con Nabor casi era condenarlos.

─Fe ─le dijo Halcón─, tú me enseñaste esa palabra, maestro.

─Ah, Halcón... Tú has sido mi mayor maestro.

Solo un momento después, Elkerael clavaba su bastón en el centro del Espejo de Obsidiana, que se venció al tacto como una superficie líquida. Y allí se abrió un agujero.

─¡Atti! ─la llamó Creta por última vez, con un nudo en la garganta. No fue capaz de pronunciar palabra alguna. No era necesario. Attaegina, devolviéndole la mirada, se llevó una mano al pecho en señal de cariño. A pesar de los desencuentros del pasado, su hermana y ella se querían a rabiar.

Acto seguido, Nilo y Creta cruzaron el agujero cargando con Lorick, que comenzaba a tenerse en pie. Pero cuando llegó el turno de Libia, se giró a buscar a Ibis, ¿dónde estaba?

─¡Maestra! ¡Todavía puedes salvarte! ─suplicó.

─Libia, tenemos que irnos, ¡no queda tiempo! ─la contuvo Elkerael.

Pero Ibis ya se encontraba muy lejos, caminando hacia el fuego blanco con un aplomo y una serenidad como la de quien encuentra el sendero hacia el descanso eterno.

Se dio la vuelta para despedirse de Libia con la mano.

Después sonrió a Attaegina con sincera gratitud.

Y acto seguido, se arrojó a las llamas. Su cuerpo desapareció antes de que Libia pudiera lamentarlo.

Al fin, como su hermana Sekmis, Ibis podía liberar todas sus cargas, todas las maldades cometidas, todos los pactos firmados con la oscuridad.

Era libre. Era luz. Era parte del fuego purificador.