CAPÍTULO 108
Nada más cerrarse el portal, la superficie del Espejo de Obsidiana se cuarteó de arriba abajo y empezó a desmoronarse. Al mismo tiempo, el tronco del Árbol de la Fruta Roja se venció sepultando lo que quedaba del espejo y cayendo hecho pedazos sobre la arena del circo.
Attaegina y Halcón se echaron a un lado para esquivarlos mientras buscaban a Nabor con la mirada.
El Patriarca se había quedado atrapado bajo un pedazo de madera carbonizada mientras se recuperaba del impacto luminoso que le había hecho perder el sentido por unos minutos.
Sabía que el fuego blanco era letal para él y que estaba en ligera desventaja contra Attaegina y Halcón.
Pero aún tenía la Corona Roja sobre su cabeza.
─Reconozco que no me esperaba llegar a esto ─dijo─. Attaegina Mentastro, eres el peor de mis tormentos. ¿Qué puedo hacer para terminar contigo?
─¡Ríndete de una vez! ¿Es que no has mirado a tu alrededor? Tu mundo se destruye, tu tiempo se acaba. Llevas milenios viviendo sin alma y estás a punto de sucumbir junto al reino que has intentado levantar. ¿Qué más quieres?
─El Rey de los Diablos no se redime, chica ángel. Mi propósito es acabar con vosotros dos, aunque no salga con vida. La destrucción por la destrucción es el sino de un verdadero diablo.
─¡Desgraciado! ¡Malnacido! ¿Tienes tanta arrogancia que todavía piensas en eso?
¡Mira tu maldita corona! El oro rojo se funde al calor del fuego blanco.
En cuanto avancen las llamas, chorreará sobre tu cabeza como cera de abeja.
Si Halcón y yo nos hemos quedado aquí es para asegurarle a Nueva Pangea que desapareces para siempre. Aunque nos cueste la vida.
Nabor sonrió. ¿Qué clase de plan alternativo le quedaba por ejecutar?
─Es una suerte que estéis dispuestos a sacrificaros, chica ángel. Porque yo también os aseguro que no saldréis vivos de esta.
Nabor se sacó una navaja de oro del cinturón. Attaegina recordaba haberlo visto hacer aquello meses atrás, cuando la encerró en el calabozo antes de entregarla a Molok.
─No será capaz... ─murmuró. Halcón se olía lo peor.
─Los dos sabéis lo valioso que es el ojo de un ángel. Cualquier diablo se vuelve loco por comerse uno, no solo por su sabor, sino por la fortaleza que proporciona.
El Patriarca se acercó la navaja al único ojo que le quedaba mientras Attaegina se cubría la boca con las manos para ahogar una exclamación.
─A diferencia de los demás, siempre he sido un ángel y un demonio al mismo tiempo.
Tal vez fue un descuido del Cosmos. O un capricho.
De veras que nunca lo entendí. Pero he dispuesto de lo mejor de los dos reinos en mí mismo.
Gracias a eso, me gané la confianza de Altair y de Keriel.
Y ahora, si me trago este ojo de ángel, el diablo que soy se volverá diez veces más poderoso.
Attaegina prefirió no mirar. ¿Tanta era la desesperación de Nabor por aniquilarlos a toda costa? ¿Aún tenía la esperanza de escapar de allí, de quedarse como una garrapata aferrada a un árbol, en fase de letargo, esperando el momento de regresar al mundo para volver a destruirlo?
Nabor apenas se quejó por el dolor. Y cuando terminó de llevar a cabo esa abominación, Halcón y Attaegina se prepararon para lo peor.
En escasos minutos, el Patriarca comenzó a transformarse en un diablo dotado de cuatro brazos, y su rostro se distorsionó hasta el punto de volverse tan monstruoso como irreconocible, casi cadavérico.
─¡Ahora es mucho más fuerte que antes! ─exclamó Attaegina. Halcón no vaciló.
─Mientras permanezcamos en el Tártaro, todavía somos un ángel y un demonio.
Recuerda que fuimos Altair y Keriel, los primeros.
Los más antiguos y sabios. En este momento poseemos su virtud y su poder.
Si Nabor ha agotado su último recurso, no necesariamente es porque pueda ganarnos, sino más bien porque está desesperado.
Así que ten fe. Y otra cosa más: aunque esté ciego, lleva mucho cuidado.
En las manos de Nabor brotaron espadas de fuego rojo que sacudía con una coordinación magistral entre sus cuatro brazos. Cualquier metal, incluso el propio oro de los diablos, se habría deshecho en contacto con ellas. Solo la luz blanca del reino angélico podía igualarlas.
Halcón, dirigiendo una mirada cómplice a Attaegina, le transmitió exactamente lo que quería que hiciera: él sería el blanco de los ataques de Nabor.
Ella tenía que darle muerte. Así que el nawal se acercó en primer lugar y entre sus dedos creció un largo bastón luminoso.
Era la técnica de los nawales veteranos.
Él la conocía pero nunca antes se había servido de ella porque no había llegado a dominarla.
Ese día no tuvo más remedio. Y comenzó el duelo.
Un bastón ante cuatro espadas solo servía para defenderse.
Halcón se concentraba en los movimientos múltiples de Nabor sin perder la atención, sabiendo que un mínimo descuido conllevaría la muerte.
El Patriarca se movía velozmente y con una agresividad descontrolada, avanzando hacia su rival con la clara intención de arrinconarlo contra las llamas.
En ese momento, Attaegina entró en acción.
Voló lo más rápido que pudo aguantando hasta la respiración para no emitir ningún sonido, pues sabía que, a pesar de la ceguera, los sentidos y la percepción de Nabor se habían incrementado.
Además, el Patriarca se protegía las espaldas con sus alas llenas de espolones, afilados como colmillos de jabalí.
Pero disponía de poco tiempo. Halcón lo estaba ganando para ella.
Las llamas lo consumirían si no se decidía. ¡Tenía que hacerlo ya!
Attaegina se arrojó sobre Nabor empuñando la espada de los ángeles con firmeza.
El objetivo era su cuello. Si le asestaba una estocada con fuerza suficiente haría rodar su horrible cabeza.
Entonces, el resto del cuerpo caería muerto sobre la arena sin importar cuántos brazos ni cuántas espadas poseyera.
El tiempo se detuvo. Podía escuchar la respiración de Nabor, el rumor de su emponzoñada sangre fluyéndole por las venas, las llamas crepitantes de sus espadas rojas. Tres espadas. ¿No eran cuatro?
Una de las manos de Nabor había dejado caer el arma. Lo que ocupaba ahora sus dedos era mucho más pequeño pero no menos letal. Ya había asesinado en una ocasión a Altair arrojándole un dardo envenenado. Volvería a hacerlo con Attaegina.
El dardo cortaba el aire. Era tan rápido como ella.
Se clavó en su pecho al tiempo que sacudía su espada sobre el cuello del Patriarca.
En ese momento, las manos de Attaegina soltaron el arma.
El dardo fue más veloz. La cabeza de Nabor continuó sobre sus hombros.
Pero el corazón de Attaegina dejó de latir.