El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 106
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CAPÍTULO 106

Cuando Altair se dio la vuelta la bestia había desaparecido para volver a ser Keriel en su forma de diablo. Los dos lo habían visto. El Espejo de Obsidiana por fin había cumplido su función: mostrarles la verdad.

─Así que fue Nabor ─murmuró Altair─, lo tenía planeado desde siempre.

Keriel continuaba mirando el espejo, hipnotizado por él, a pesar de que ya no quedaban más imágenes en su superficie.

Solo su reflejo y el de Altair. Ella se le acercó muy despacio.

Ignoraba si Keriel todavía quería asesinarla.

Bueno, en realidad estaba segura de que no. Podía sentirlo en sus entrañas.

─Tú no lo hiciste, Keriel. Nunca fuiste culpable de mi muerte. Nabil te manipuló para hacer creer a todo el mundo que fuiste tú. Pero es mentira. ¡Es mentira, Keriel! ¡Eso lo cambia todo! ¡Eso cambia siglos de historia! ¡Nuestra historia!

Altair recogió las dos gemas del suelo y se aproximó más.

Keriel no era capaz de reaccionar. Parecía haberse quedado petrificado.

No le salían las palabras. No podía ni moverse.

Cuando Altair se quedó a escasos centímetros de él, le mostró los cristales gemelos en las palmas de sus manos y estos se iluminaron.

─Keriel, esto era lo que yo deseaba hacer antes de que Nabil acabase con mi vida: compartir contigo mi corazón.

El tiempo se detuvo. Keriel seguía quieto contemplando a Altair como si fuera la única cura para todo su dolor.

Lo era, de hecho. Entonces ella tomó la gema azul y, sin causarle daño alguno, con la liviandad del rocío de la madrugada la hundió en su pecho, devolviéndole los latidos y llenando por fin el vacío lóbrego que lo había consumido durante siglos.

Luego procedió consigo misma. La gema ambarina se fundió con su piel a la altura del corazón.

Ahora, los dos latían al unísono. El suyo y el de Keriel.

Se quedó esperando su reacción mientras respiraba con inquietud.

Creía haber hecho lo correcto. Estaba convencida, su intuición la guiaba.

Entonces Keriel gritó. Fue un lamento desgarrador, fruto de mil sentimientos, que sobrecogió a cuantos lo escucharon: culpa, dolor, miedo, pero también gratitud, redención. Y amor. Su amor por Altair.

Ella lo abrazó con fuerza, consolándolo y refugiándolo entre sus brazos mientras él, a través de las lágrimas, expulsaba el veneno que lo había convertido en el peor diablo de todos los tiempos.

─Se ha terminado ─le repetía Altair al oído, acariciando su cabeza y envolviéndolo con sus enormes alas de pluma blanca─. Hemos cerrado esta historia, Keriel...

Keriel se abrazó más fuerte a su cuerpo. Altair volvió a sentir la suavidad de sus manos sobre la piel de su espalda, su cálido aliento cerca de su oreja cuando él le dijo:

─No respondo a ese nombre.

Altair se apartó de inmediato para mirarlo a la cara. Casi había olvidado el brillo de sus ojos dorados, su mirada de rapaz…

─Yo soy Halcón. Halcón del Sari ─concluyó con firmeza─. Altair y Keriel se equivocaron, tuvieron mala suerte. Pero Attaegina y Halcón han curado sus heridas. ¡Tú y yo lo estábamos haciendo bien!

Fue como si de repente toda la memoria de Attaegina se derramara sobre Altair. ¡Había empezado a olvidar que había sido la chica más tozuda de Nueva Pangea! Y que gracias a eso, había llegado hasta allí por amor.

─Ya me da igual que sea mi padre ─prosiguió Halcón─. No voy a seguir obedeciendo a Nabor. Voy a romper el maldito vínculo que nos une.

─¡Ya lo has hecho! ¿No lo ves? En realidad nunca le perteneciste del todo. ¿Acaso no sabes que tu padre tenía los ojos dorados?

Halcón la miró con desconcierto. Su madre nunca le había contado nada, ¡necesitaba saber más!

─¡Sí, Halcón! Raira me lo contó: ese nawal que os enviaba mariposas azules, el padre con el que fantaseabas de niño, se llamaba Casio y tenía los ojos dorados. ¡Como tú!

─Pero, Attaegina, es obvio que Nabor…

─Raira cree que solo es casualidad. Tal vez un raro milagro del Cosmos para cubrir su anhelo. Pero yo siempre intuí que una parte de Casio, de su semilla, permaneció para ti en la matriz de tu madre. Si pudiste heredar sus ojos dorados, ¿qué te impide renegar de la herencia de Nabor? ¡Piénsalo!

Halcón sonrió, sagaz. Había recuperado la lucidez, esa alegría capaz de elevarlo sobre las sombras para sobrevolarlas sin miedo. Incluso a pesar de su aspecto, de sus alas membranosas y su cornamenta, volvía a ser el joven nawal de los desiertos que amaba a Attaegina por encima de su vida.

─Por eso pedías perdón ─reflexionó ella─. ¿Recuerdas? Cuando eras niño, también cuando me viste por primera vez con la gema en las manos. Pedías perdón por algo que nunca hiciste, pues la memoria de la tragedia había permanecido en cada fibra de tu cuerpo.

─Lo hemos superado juntos. Te amo, Attaegina. Y nunca más volveré a sentir miedo.

Attaegina se entregó por un instante a los brazos de Halcón. Y es que había añorado tanto el calor de su cuerpo, el olor exótico del espacio que quedaba entre su hombro y su cuello…

─Halcón, tenemos que salir ahí y acabar con Nabor de una vez por todas.

─Y lo vamos a hacer. Vamos a ponerle fin a este ciclo de destrucción. Vamos a hacerle pagar por todos sus crímenes. Pero antes, necesito besarte.

Los labios de Halcón se vertieron sobre la boca de Attaegina regalándole de nuevo el sabor de los vientos del Sur mientras sus manos le acariciaban el cabello, la mejilla herida, con la cadencia serena del sol de los desiertos.

Tras regalarles ese instante de reencuentro, tan sanador y necesario, el tiempo volvió a ponerse en marcha.

Y lo primero que sucedió fue un hecho inexplicable, como un milagro.

Y es que Attaegina y Halcón, fundidos en aquel abrazo, desprendieron una luz tan intensa como cuando llegaron por primera vez a aquel mundo vacío en forma de estrella fugaz, una luz que se reflejó en el Espejo de Obsidiana con tanta fuerza que cegó por un instante a todos los diablos del circo y prendió fuego a las raíces del Árbol de la Fruta Roja.

Era un fuego blanco, purificador, que rápidamente se extendió por las paredes del laberinto de los gladiadores sustituyendo al fuego rojo y vil de los diablos.

En el graderío, la visión del fuego de la pureza desató el pánico y todas las alimañas se agolparon deprisa para abandonar el circo cuanto antes.

Pero el fuego purificador había comenzado a extenderse, y más tarde o más temprano acabaría devastando el Tártaro, al igual que lo hizo en su momento la legendaria Lluvia Larga.

Elkerael lo había explicado hacía tiempo: en una ocasión fue el agua la que puso fin a un ciclo. Esta vez lo haría el fuego.