El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 105
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CAPÍTULO 105

Crónicas de Antigua Pangea

Últimamente Altair pasaba horas delante del Espejo de Obsidiana.

Días. Noches enteras. Se consumía delante de su reflejo esperando que se le ofreciera alguna respuesta.

Algo nuevo. Pero el Espejo de Obsidiana, como si hubiera enmudecido, ya no le mostraba nada, solo la negrura sin fin de su superficie fría y hueca.

Las guerras entre ángeles y demonios llenaban cada espacio de su mente.

Quizás era por eso. Cada día caían en la batalla tanto unos como otros.

Pero, ¿de qué servía? ¿Por cuánto tiempo más se prolongaría semejante hecatombe?

Y mientras tanto ella seguía allí, alejada del ruido y de la muerte, dando instrucciones y esperando que el espejo solucionara sus problemas.

Una amargura muy profunda se había adueñado de su carácter.

No recordaba cuándo había salido al sol por última vez o había olido el perfume agreste de los cantuesos en las praderas.

Ni siquiera sabía si las praderas seguían existiendo o si el fuego de Keriel las habría calcinado.

Sin embargo, ese día sucedió algo que marcó el fin de una era. Y es que, de pronto, Keriel entró allí. Sí, en el Útero de Madre Tierra. ¿Cómo había encontrado ese lugar? Si solo los ángeles más allegados de Altair conocían el paradero de esa cueva de calma y meditación…

La espada de los ángeles, con su hoja flamígera, se presentó de inmediato en las manos de Altair, que se colocó en posición defensiva dispuesta a darlo todo en aquel combate contra Keriel, su peor enemigo, su antagonista, el ser al que probablemente más odiaba de toda Pangea.

Porque Altair, aunque era un ángel, estaba llena de odio. Le rebosaba.

Pero había algo que no terminaba de encajar.

Keriel caminaba cabizbajo y con torpeza, tambaleándose y chocándose contra las paredes de la cueva.

Portaba su sable de oro rojo enfundado en el cinturón.

Ni siquiera lo había desenvainado. No aparentaba estar en condiciones de luchar. Tampoco parecía desearlo.

Cuando llegó ante Altair se desmoronó por completo. Se arrodilló ante ella y murmuró:

─ No puedo más…

Pero, ¿era cierto lo que Altair veía? ¿A Keriel rendido, con lágrimas en los ojos, totalmente abatido? La espada de los ángeles desapareció de sus manos y entonces, movida por un sentimiento visceral, acudió a socorrerlo.

─ Keriel, ¿qué te ocurre? ¡Keriel!

El Rey de los Diablos lloraba. Lo hacía sin remedio, con un desconsuelo atroz.

─ ¡No puedo más, Altair! ¡Esto tiene que terminarse!

Altair percibió a través de los poros de su piel el característico olor del vino de fruta roja. Sabía que Keriel se emborrachaba muy a menudo. El vino le aportaba calma y sostén… mientras duraban sus efectos. Luego aterrizaba nuevamente en su aciaga realidad y necesitaba beber más.

Y al contrario de todo lo que se habría imaginado que haría si Keriel se presentaba ante ella, lo refugió entre sus brazos.

Fue sorprendente lo poco que tardó en amarlo de nuevo.

Su cornamenta, sus alas, sus garras, que la habían repugnado durante siglos, de pronto eran casi imperceptibles.

Ahí dentro seguía morando Keriel, el ángel al que había amado desde el principio.

Al que siempre amaría, ahora estaba segura.

Podrían haberse dicho muchas cosas, haberse hecho mil reproches…

No era necesario. Altair sintió una terrible compasión por él, comprendiendo en un instante todos los años de sufrimiento que le había provocado su propia maldad.

Y Keriel, suspirando con calma por fin, tuvo la grata sensación de regresar a su hogar mientras se vencía sobre el pecho de Altair, que con el tiempo se había quedado helado.

Escuchó los latidos de su corazón, pero no deseó devorarlo.

Le bastaba su dulce música para apaciguar sus tormentos.

─ Pongamos fin a esta guerra, Keriel ─ le susurró ella al oído ─ . Vamos a arreglar las cosas y a volver a comenzar.

─¿Cómo? Si yo ya no tengo corazón…

Altair se separó suavemente de él. Keriel la miró con atención. Ella suspiró.

─Llevo mucho tiempo pensando en eso. Y sé cómo solucionarlo, Keriel.

Entonces se colocó ambas manos sobre el pecho. Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Cuando le mostró a Keriel las palmas de sus manos, estas contenían un cristal diamantino que irradiaba una hermosa luz blanca.

─¡Altair…! ─se sorprendió Keriel.

─Aquí está mi corazón. Sé que llevas siglos deseándolo. He decidido que quiero compartirlo contigo.

Los dedos de Altair, ante el asombro de Keriel, partieron el cristal en dos mitades exactamente iguales. Entonces, una se tornó de color azul índigo. La otra se tiñó de tonos anaranjados. Y en la superficie de las dos se dibujó una espiral.

─Yo me quedaré la azul ─dijo Altair─. Toma, la otra es para ti. Me recuerda al color de tus ojos.

Antes de aceptarla o de responder nada, Keriel la abrazó.

Y lo hizo como en los primeros tiempos, acariciándola con tanta veneración como si fuera el mayor tesoro que el Cosmos hubiera sembrado sobre Pangea.

Altair había añorado durante tanto tiempo el calor de su piel y su olor que se entregó a ese abrazo conciliador sin importarle ya su aspecto, su forma o cualquiera de los errores cometidos, perdonando sus crímenes, volviendo a empezar.

Pero Altair y Keriel ese día no estaban solos en el Útero de Madre Tierra.

Alguien desde las sombras los acechaba. Alguien que solía pasar desapercibido, un genio en la práctica de los entuertos capaz de cosechar tanta amistad con los diablos como con los ángeles.

Y, sobre todo, alguien a quien no gustó en absoluto el final feliz de Altair y Keriel.

De pronto, un dardo envenenado fue disparado por la espalda a Altair y esta murió en el acto mientras su mano inerte dejaba caer las dos gemas.

Cuando Keriel escuchó el sonido de los cuarzos al rebotar contra el suelo y notó a Altair desplomándose sin vida, ahogó un grito.

No comprendía nada, ¿por qué estaba muerta?

¿Era una pesadilla, un delirio fruto de su embriaguez? ¿O de verdad Altair había muerto?

─¿Qué es lo que has hecho, Keriel? ─preguntó en susurros la voz gélida del joven ángel Nabil mientras abandonaba las sombras para mostrarse ante él.

─¡Yo no la he asesinado! ¡No puede ser!

Nabil lo miró con desprecio.

─¿Cómo eres capaz de negarlo? ¡Mírala! ¡Está muerta! ¡Y has sido tú! Pero vas tan borracho que no sabes ni lo que haces.

Keriel abrazó el cadáver de Altair mientras un sollozo desgarraba sus pulmones.

─¡Perdón…! ─gimió─. ¡Perdón…! ¡Perdóname, Altair, por favor! ¡Yo no quería! ¡Perdón…!

─¡Acabas de matar a nuestra reina! Mereces morir, Keriel. Por este y por todos tus crímenes.

─¡Lo asumo! ¡Mátame, Nabil! ¡Ponle fin a mi vida de una vez por todas y que tu pueblo acabe con mi estirpe para siempre!

Keriel, depositando el cuerpo de Altair con mucha delicadeza sobre el suelo, se colocó de rodillas ante Nabil. Y aquel, desenfundando su sable de plata sin el menor atisbo de duda, le cortó la cabeza.

En cuanto Nabil se quedó a solas con los dos cuerpos sin vida de Altair y de Keriel, buscó rápidamente las gemas. Pero en ese momento, unos pasos veloces irrumpieron en la cueva: cuando el joven Elkerael descubrió aquella tragedia, se quedó sin palabras.

─¡Nabil! ¡He venido lo más rápido que he podido! ¡Me dijeron que Keriel había entrado aquí! ¿Cómo ha sucedido?

Nabil, disimulando su fastidio porque alguien había truncado sus planes, resultó bastante convincente en su relato. Parecía abatido, compungido al hablar:

─¡He intentado detener a Keriel! Pero su fuerza era extraordinaria. Altair y él se enzarzaron en un combate atroz. Ella consiguió cortarle la cabeza con la espada de los ángeles. Para entonces, él había logrado clavarle un dardo envenenado. Y los dos han caído al mismo tiempo.

Elkerael al verlos se enjugó los ojos. No solo sentía compasión por Altair, sino también por Keriel. Quizás llegó a tener la esperanza de que él y ella se perdonaran y firmaran la paz. De pronto, un estruendo ensordecedor llegó desde el exterior.

─¿Qué sucede, Elkerael?

─Es la señal indiscutible de que nuestro mundo se termina. El cielo se ha roto. Lloverá durante lunas enteras. Yarbha está en el campo de batalla todavía. ¡Tenemos que salir a ayudarlo, vamos! ¡A él y a los hermanos que ya no tienen alas! ¡No hay tiempo!

Elkerael comenzó a correr delante de Nabil cuando, movido por una fuerte intuición, se dio la vuelta de forma repentina, momento en el que vio las gemas en el suelo.

─¿Qué es esto, Nabil?

─Parecen ser de Altair y de Keriel ─respondió aquel comprendiendo que, definitivamente, sus planes habían sido frustrados─. Es el resto sólido de sus corazones ya sin latido. Quizás deberíamos dejarlas junto a sus cadáveres. Les pertenecían.

Elkerael cogió las dos gemas y las examinó un instante.

─Son cristales gemelos. Y los cristales guardan memorias. En este caso, las memorias de Altair y Keriel. No olvidemos que ellos fueron los primeros ángeles. Tal vez algún día estas gemas sean útiles para evitar que esto vuelva a ocurrir.

Y se las guardó dejando a Nabil con la miel en los labios, rabioso porque las cosas no habían salido del todo como él quería, pues, ¿cómo podría robarle a Elkerael esas gemas? Y, ¿qué pasaría si se descubría lo que ese día había sucedido realmente dentro del Útero de Madre Tierra?